Opinión
José Díaz Cervera
14/09/2026 | Mérida, Yucatán
Los libertarios han hablado de una batalla cultural en contra de los “zurdos de mierda”, y su propuesta exhibe un fondo truculento y fascista.
Si bien las culturas viven en lucha permanente porque a través de esas luchas se manifiestan perspectivas del mundo y se estructuran prácticas de resistencia y hasta de desafío abierto al orden, la propuesta libertaria es tramposa porque habla de “libertad” a partir del sometimiento de quienes no piensan como ellos. Los libertarios hablan a gritos para aturdir, buscando que no podamos ver lo que hay debajo de su discurso manipulador e incongruente.
La trampa libertaria (cuyas coordenadas deben revisarse para detectar sus inconsistencias) consiste en que las oligarquías buscan —como siempre— disfrazar sus intereses de clase de afanes didáctico-pedagógicos, convirtiéndose en tutores de todos los grupos sociales, pero sobre todo de aquellos que, legítimamente o no, aspiran a tener sus privilegios.
Aquí tendríamos que hilar más despacio en el análisis, pues no se trata de que la gente deje de disfrutar los frutos bien habidos de su esfuerzo y aún de las ventajas que ello supondría, pues la justicia social no opera como una especie de “Robin Hood” económico donde se esquilma a los ricos para darle a los pobres (que son vistos por la ultraderecha como “huevones”, tontos y hasta como vividores).
La justicia social se centra, en primera instancia, en buscar mecanismos de equidad económica y jurídica que permitan a todos los grupos sociales tener oportunidades reales de desarrollo humano (salud, educación, recreación, descanso, cultura e información).
Nadie en su sano juicio puede juzgar a alguien simplemente por tener ventajas económicas; el problema surge cuando estas ventajas se obtuvieron de manera fraudulenta y se acrecentaron a través de trampas cada vez más escandalosas, perpetradas casi siempre al amparo espurio de los postulados del “libre mercado” y mediante el esquilmo de los recursos públicos.
Así, ya ni siquiera como remedio sino como paliativo o mecanismo de defensa, en México se desarrolló un modelo de apoyos sociales para repartir entre la gente lo que antes se usufructuaba a través de la corrupción gigantesca de unos pocos. El problema es que este modelo de repartición tiene límites muy inciertos y la corrupción no ha desaparecido, aunque (sobre todo en este sexenio) ha sido combatida frontalmente. Como quiera, la corrupción no es asunto nuevo y es claro que durante el neoliberalismo alcanzó niveles escandalosos con el contubernio entre el poder político y algunos sectores corruptos del poder económico.
En ese contexto, tenemos entonces que comenzar a dar la batalla cultural contra los fascistas, reivindicando la cultura de la paz como esa capacidad colectiva de gestionar el desacuerdo y el conflicto, no solamente reivindicando aquello que tenemos en común todos los que nos asumimos como mexicanos sino también todo aquello que nos distingue como un grupo específico dentro de una comunidad. La batalla cultural no es contra la riqueza bien habida, es contra aquélla que se obtuvo de manera corrupta. Ese detalle nos involucra a todos los hombres de bien, más allá de nuestras capacidades económicas.
Edición: Ana Ordaz