Opinión
La Jornada
14/09/2026 | Ciudad de México
Las señales han sido constantes: cuando en marzo pasado el canciller francés, Jean-Noël Barrot, dijo en una conferencia en Berlín que la Unión Europea (UE) estaba atrayendo “candidatos inesperados” a ser socios de ese bloque económico y político, y mencionó entre ellos a Canadá, muchos rieron, pero otros aplaudieron. En junio, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se refirió a ese país norteamericano como “el más europeo de los no europeos”. Posteriormente, el mes pasado, vendría la ruptura de las negociaciones entre los gobiernos del primer ministro Mark Carney y el presidente Donald Trump, lo que derivó en lo que el primero llama abiertamente un guerra comercial, mientras el segundo no ha dejado de lanzar acusaciones ofensivas –e infundadas– contra su socio del norte.
Unos días después, Ottawa anunció que Carney viajará a Estrasburgo esta semana para tomar la palabra ante el Parlamento Europeo por invitación de la presidenta de ese órgano legislativo, Roberta Metsola; se trata de un privilegio excepcional que no suele concederse a gobernantes ajenos a la UE.
El invitado, por su parte, se quejó de que Canadá ha llegado a una dependencia excesiva hacia Estados Unidos y anunció su decisión de avanzar en la profundización de sus vínculos con Europa.
Ayer, el rotativo estadunidense The Wall Street Journal afirmó que el premier canadiense está analizando alguna forma de inclusión de su país en la UE y que Bruselas y Ottawa estudian el establecimiento de una figura de “miembro asociado”, hoy inexistente, para agilizar el ingreso de Canadá al bloque europeo, cuyas normas de admisión son conocidas por inflexibles.
Otras publicaciones reportan que ambas partes han estado negociando “durante meses” una integración en sectores como la energía, la inteligencia artificial, los minerales críticos, la defensa y el libre tránsito de trabajadores, así como el tendido de cables para conexiones atlánticas, la construcción conjunta de centros de datos y nuevos sistemas satelitales independientes de los grandes consorcios estadunidenses. Las negociaciones incluirían un redireccionamiento hacia Europa del gas que por décadas ha estado exportando a su vecino del sur y la apertura, por medio de barcos rompehielos, de rutas marítimas por el círculo polar ártico para transportar fertilizantes canadienses al otro lado del océano.
Es claro que una integración canadiense a Europa no sólo significaría la ruptura de una relación construida a lo largo de muchas décadas entre dos estrechísimos aliados y socios, sino también, por añadidura, el fin del Tratado México-Estados Unidos-Canadá y del bloque comercial de América del Norte. En lo inmediato, la sola perspectiva de esto que sería una transformación geopolítica mayor puede exacerbar la hostilidad del trumpismo, tanto hacia su vecino del norte como hacia la UE. Y es que, ciertamente, el mayor damnificado económico y estratégico en un escenario como el que parece configurarse sería el propio Estados Unidos.
Por lo que se refiere a México, nuestro país tendría que prepararse para una negociación estrictamente bilateral de sus vínculos comerciales con sus dos socios regionales –algo que, de cierta forma, ya ha venido sucediendo– y no está claro si ello representaría una circunstancia ventajosa o perjudicial. Lo que es indudable es que si se concreta una adhesión de Canadá a la Unión Europea, sea cual sea la figura que se adopte para ello, el gobierno de Trump habrá dado un paso más en la demolición de la estructura de alianzas sobre la que ha descansado por décadas el predominio de su país en el mundo.
Edición: Ana Ordaz