Opinión
José Juan Cervera
17/09/2026 | Ciudad de México
Cuando se enfocan las relaciones de México con sus países fronterizos, las que sostiene con el vecino del norte suelen considerarse de manera preferente, sobre todo por la historia de conflictos y tensiones que registran los vínculos entre ambas naciones. Sin embargo, hacia el sur Guatemala ha desempeñado un papel significativo en la definición de acontecimientos relevantes en tiempos pretéritos. A principios del siglo XIX, el movimiento de independencia de la Nueva España repercutió en la antigua Capitanía General de Guatemala en la medida que su ejemplo inflamó algunas conciencias entre sus provincias en tanto que los poderes establecidos lo miraron con recelo.
De los sistemas políticos que enarbolasen las fuerzas en pugna dependían las simpatías o el repudio de los grupos sociales afincados al otro lado de la frontera. Las acciones armadas que encabezaron Hidalgo y Morelos con la concurrencia de masas empobrecidas alertaron a los grandes propietarios guatemaltecos que abrigaron el temor de que pudieran repetirse en territorio centroamericano. A estos hechos y a sus secuelas se refiere la obra Guatemala en la década de la Independencia, de Julio César Pinto Soria (Guatemala, Universidad de San Carlos de Guatemala, 1990).
Para apreciar con claridad el clima social prevaleciente en la capitanía de Guatemala es necesario recordar que en la ciudad conocida con ese nombre recaía el núcleo de gobierno central dependiente de la metrópoli hispana, y que sus intereses se imponían sobre las demás provincias de la región (Chiapas, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica), con un intercambio económico que resultaba desventajoso para ellas. El control ejercido mediante un eficaz aparato represivo logró erradicar los escasos brotes de rebeldía que acaecieron en aquellos días. En 1811 se gestó una insurrección en El Salvador cuyos cabecillas tuvieron contacto con los revolucionarios de la Nueva España, pero fue sofocada igual que la ocurrida en 1814.
Los criollos salvadoreños se distinguieron por ser productores de añil, cacao y azúcar, pero quienes obtenían mayores ganancias derivadas de estos cultivos eran los comerciantes guatemaltecos; las relaciones sociales en El Salvador eran más dinámicas y por ello se hizo notar el deseo de emanciparse de las autoridades coloniales. La participación del clero fue importante en estas circunstancias, pues en tanto los ministros de culto de mayor rango constituyeron un factor garante del predominio de las oligarquías, los curas de pueblo que tomaron parte en las tentativas insurgentes fueron perseguidos. Un caso representativo de esta toma de posiciones es el de José Antonio Chamorro, vicario general de Granada, en la provincia de Nicaragua, que lanzó una proclama en 1812 en la que tildó a los insurrectos de traidores a Dios, a la patria y al rey.
El Plan de Iguala, que marcó con connotaciones conservadoras el inicio de la vida independiente en México en 1821 y abrió paso al Imperio de Iturbide en el año siguiente, significó la coyuntura para que los oligarcas de la capitanía centroamericana proclamaran la independencia de manera incruenta forzados por las circunstancias, con el propósito de mantener sus privilegios: “la debilidad de la aristocracia guatemalteca en poder seguir disponiendo su hegemonía en el Istmo, la empuja a buscar en Iturbide un sustituto del poder colonial”. Los mismos terratenientes y comerciantes inclinaron la balanza para que Guatemala declarase su anexión a México dadas sus afinidades ideológicas con el régimen imperial, en contra de la cual se organizó un movimiento armado en El Salvador. Con la caída del Primer Imperio Mexicano, Centroamérica se desligó de este país.
A partir de entonces iniciaron los trabajos de la Asamblea Nacional Constituyente que implantó el sistema federal en Centroamérica y, consecuente con ello, creó una confederación entre las anteriores provincias en la que los liberales se vieron favorecidos, bajo la presidencia del caudillo salvadoreño Manuel José Arce, quien luego les dio la espalda tras pactar con sus antiguos adversarios. A lo largo de este proceso fue notoria la explotación y la carga discriminatoria que siguió pesando sobre las etnias originarias, tal como el académico Pinto Soria apunta en este estudio fundamental para comprender esta etapa singular de la historia centroamericana.
Edición: Ana Ordaz