Opinión
José Díaz Cervera
21/09/2026 | Mérida, Yucatán
La economía de mercado tiene bondades indiscutibles determinadas por su capacidad para producir bienes de índoles muy diversas y para generar riqueza; en sentido contrario, el esquema de producción estructurado a partir del capital como factor decisivo de nuestras relaciones de producción tiene las desventajas estructurales determinadas, por un lado, por su escasa capacidad para repartir con justicia esa riqueza y, por el otro, su necesidad viciada de convertir cualquier cosa en mercancía. La economía de mercado juega con nuestras necesidades biológicas, pero también con nuestra afectividad y con todos los factores que configuran nuestra condición humana, convirtiendo en objeto de consumo todo aquello que tiene la categoría de satisfactor.
Una mercancía, sin embargo, es comúnmente un satisfactor tramposo; la economía de mercado se colapsaría si los consumidores satisficieran plenamente una necesidad fisiológica, una carencia afectiva o una incomodidad existencial. El capitalismo vive de nuestra insatisfacción perenne, fabricando necesidades y ofertando mercaderías que le hagan creer al consumidor que su carencia ha quedado solventada, solamente para estimular que ésta reaparezca más violentamente (el esquema de utilización de las tarjetas de crédito es un ejemplo de lo anterior, al igual que la necesidad de poseer un automóvil lujoso o un celular de última generación).
Más en el escaparate de mercaderías que se nos ofrecen, se ha venido desarrollando una serie de productos curiosos que, jugando con nuestro ego, nos prometen prestigio y reputación.
Así hemos visto recientemente organizaciones con nombres rimbombantes que ahora refiero con sorna, como la Academia Intergaláctica de Literatura, la Confederación Plurisideral de Artistas o el Consejo Interplanetario de Metaforizadores Didácticos, que otorgan reconocimientos, premios y hasta títulos académicos de validez discutible, pues muchas de esas organizaciones no tienen facultad jurídica para ello.
Lo más curioso es que muchos de los que aceptan participar en ese juego (seguramente mediante un estipendio) comienzan a usar esos títulos como componentes de su nombre propio, y así se hacen llamar “Doctor Juan Ramírez” o “Doctora Clodomira Martínez”, ostentando un grado académico cuando a veces no terminaron ni la preparatoria, sin darse cuenta que incluso están cometiendo un delito. El mercado de doctorados honoris causa pone su almacén en oferta.
Malamente, estas “instituciones” juegan con nuestro anonimato y con nuestra necesidad de acumular alguna reputación, en una sociedad donde competir es la única interacción humana plenamente socializada y el individualismo es la única forma en que interactuamos con el mundo. Los vendedores de nuevos títulos nobiliarios se burlan de sus compradores y los que observamos el timo nos movemos entre la risa, la lástima y la pena ajena. El fraude, sin embargo, está en marcha.
El sistema trafica hasta con nuestros complejos de inferioridad.
Edición: Ana Ordaz