Opinión
Cristina Rivera Garza
22/09/2026 | Ciudad de México
Hace no mucho, en un viaje relámpago a Buenos Aires, visité la zona de un parque en que reparaban estatuas averiadas. Cercado por una reja de hierro, el sitio albergaba una serie disímbola de figuras en piedra o metal a la vista de todos: algunas, desnudas bajo la lluvia, se aproximaban la una a la otra en un beso trémulo y perene al mismo tiempo, mientras otra, sentada sobre un rectángulo de piedra, sostenía un mazo en el aire listo para golpear, en algún momento de la eternidad, el cincel que moldearía una pieza grande de mármol. Algunas elevaban el brazo derecho para siempre. Otras se preparaban para alzar el vuelo con su par de estáticas alas blancas. Los bustos de unos cuantos hombres, con toda seguridad héroes patrios o militares o sabios, se alineaban sobre estrados de concreto como si fueran los proverbiales niños de escuela que esperan, desesperadamente, el recreo. Tal vez el espanto o el aburrimiento que trasminaban sus gestos no se debía al tiempo, que se acumulaba frente a sus ojos fijos, sino al hecho de no tener cuerpo.
¿De qué sufrían estas estatuas? ¿Qué las aquejaba a ellas, que fueron construidas para la inmortalidad? Un óxido rojizo y poroso se adhería al metal de algunas, debilitando su estructura. Otra, de espaldas a la cerca, lucía un agujero de bordes informes en la levita militar que le llegaba de otra manera hasta la rodilla. A algunas les faltaban dedos. La lluvia ácida había desdibujado los rasgos de otras, que divisaban ya sin expresión hacia el cielo. Seguramente algunas sufrían de la labor soterrada de hongos o líquenes y muchas, por no decir todas, lucían las manchas blancuzcas de los excrementos de las palomas que las sobrevolaban. El Estado, que las había creado para enaltecerse a sí mismo, las cuidaba también en esta especie de hospital al aire libre donde pasaban sus horas, encerradas en su inmovilidad.
Pero no todas las estatuas terminan sus días en el lánguido vaivén de un parque en el centro de una ciudad bulliciosa. Algunas, después de haber desatado oposiciones feroces y multitudinarias, exhalan su último suspiro al estallar contra el duro suelo, ya hechas añicos o ya mutiladas para siempre; heridas, en todo caso, de muerte. Las imágenes del derribo de estatuas de Lenin o Stalin después de la caída del Muro de Berlín le dieron la vuelta al mundo. Lo mismo pasó con la estatua de Sadam Hussein, cuando la derribaron en la plaza Firdos en 2003. Los manifestantes de Black Lives Matter arrojaron la estatua de bronce de Edward Colston, un traficante de esclavos del siglo XVII, a las aguas de Bristol en 2020. ¿Sabían lo que les esperaba estas estatuas? ¿Se resignaron, de verdad, ante su sino?
El Memento Park en las afueras de Budapest salvaguarda, por otro lado, unas 42 esculturas y monumentos de la era comunista húngara en una especie de asilo al aire libre. Ahí, expuestas a la ávida atención de los turistas, las estatuas, ya viejas, tal vez cansadas, expulsadas, en todo caso, de su propio tiempo, despliegan sus facciones todavía firmes y los lemas que las impulsaban hacia un futuro que nunca alcanzaron o las dejó atrás. Una réplica de las botas de Stalin se sostiene, amenazante, a la entrada del recinto, pero tantas otras, diseñadas con base en personajes anónimos, hombres y mujeres comunes y corrientes vestidos con ropas simples, todavía abren la boca como si estuvieran a punto de lanzar el grito por este sindicato o aquel partido o esta otra forma de vida. En lugar de ser destruidas, estas estatuas, como otras tantas alrededor del mundo, han sido reubicadas en lugares más discretos, arrinconadas o acordonadas en las afueras de grandes urbes, obligadas a impartir lecciones de historia o de moral bajo los auspicios de esta especie de pensión indefinida de la iniciativa privada.
Las estatuas de Berlín del Este encontraron un fin distinto en la ciudad reunificada. Algunas fueron demolidas, retiradas para siempre del especio público, pero el material de casi todas fue fundido y reutilizado –tan eficientes los alemanes, después de todo– en nuevas estatuas. No todos los padres que pasean con lentitud por el zoológico de la ciudad, señalándole a sus hijos las estatuas de los animales con los que se topan, saben que en realidad les muestran los remanentes físicos de otro régimen. Las estatuas, y lo que representan, no desaparecieron del todo: se transfiguraron en otra cosa, en algo más. Le toca al presente decidir qué significan ahora. Qué nos quieren decir.
Nos rodean, en todo caso. Se querían inmortales, pero enferman y decaen, se aburren, se equivocan, envejecen, agonizan. Así y todo, continúan aquí, entre nosotras, reaccionando ante el aire y la lluvia, respondiendo a las miradas que resbalan por sus rostros. Nos sobrevivirán.
Edición: Ana Ordaz