Opinión
La Jornada
01/10/2026 | Ciudad de México
El presidente estadunidense, Donald Trump, declaró que el retiro de Irak de las últimas tropas de ocupación de su país supone “un gran día” para Estados Unidos. Calificó la salida de 2 mil 500 militares que permanecían como asesores de las fuerzas armadas iraquíes de una gran victoria, lograda gracias a que “establecí una misión clara, proporcioné a nuestros comandantes las herramientas para completarla y me negué a que una presencia temporal se convirtiera en permanente”. Asimismo, comparó esta maniobra ordenada con la caótica huida de Afganistán que tuvo lugar en el primer año de mandato de Joe Biden.
Lo que el republicano omitió es que la salida de Irak fue acordada y organizada durante el gobierno de su antecesor, mientras el fiasco de Afganistán fue resultado del pacto que él firmó con el régimen talibán mientras éste ocupaba porciones crecientes del país. De manera más amplia, la visión de Trump sobre lo ocurrido ayer refleja la desconexión de la realidad que lo hace empecinarse en presentar fracasos como triunfos. Y no hay ninguna duda de que la retirada habrá de inscribirse en la lista de fracasos de Washington: se va cuando en dicho territorio todavía hay grupos armados hostiles a Estados Unidos; pierde una base de operaciones más en Medio Oriente después de que Irán destruyera o dañara seriamente sus instalaciones en el golfo Pérsico; deja a la deriva a un gobierno aliado cuya capacidad de mantenerse a flote sin la presencia estadunidense no puede darse por sentada. Y a fin de cuentas, abandona su aventura colonial sin haber cumplido los objetivos con que la emprendió hace 23 años y tras despilfarrar 770 mil millones de dólares sólo en operaciones militares, los cuales superan 3 billones de dólares si se consideran los intereses de la deuda y la atención médica a veteranos.
También debe señalarse la incompatibilidad de la salida con la aparente obsesión de Trump por aniquilar las aptitudes militares de Irán y erradicar su influencia en la región.
Del mismo modo en que la cacería de migrantes en Estados Unidos es inconciliable con el propósito de revivir la manufactura local, es inevitable que el fin de la ocupación de Irak facilite los movimientos de la población mayoritaria chiíta que simpatiza con Teherán y fortalezca a las milicias de la misma tendencia. Por ello, el retiro es visto como una admisión de que Washington no podía garantizar la seguridad de su exiguo contingente y no dispone de los recursos para elevar esa presencia a un nivel remotamente parecido a los 170 mil uniformados que llegó a desplegar en 2011.
Además, aunque el magnate hable de una victoria definitiva, no hay ninguna garantía de que ésta sea el fin de los quebrantos iniciados con la invasión de 2003 y el derrocamiento de Saddam Hussein. Cabe recordar que la superpotencia ya se había retirado durante la administración Obama, pero tuvo que volver bajo ese mismo gobierno para evitar que todo Irak cayera en manos del Estado Islámico, en su momento, el más poderoso y extremista de los grupos armados surgidos del caos sembrado por las propias aventuras belicistas estadunidenses. Como ya se dijo, las autoridades iraquíes son frágiles y nada garantiza su continuidad. En este sentido, poco ayuda al primer ministro Al al Zaidi que Trump se refiera a él como “alguien a quien apoyé desde el principio y a quien di mi total respaldo”; por el contrario, esta presunta afinidad debilita su legitimidad a ojos del pueblo iraquí y erosiona su posición en un escenario de sectarismo y fragmentación política-territorial.
Poco sorprendente, pero no menos indignante, es la ausencia de cualquier mención a las víctimas. Sólo en los primeros cinco años de ocupación estadunidense, más de un millón de iraquíes murieron a causa de la violencia directa, la destrucción de los sistemas sanitarios, de la infraestructura eléctrica y de agua potable. El número de heridos, desnutridos y desplazados es incalculable. Miles más han muerto desde entonces por el extremismo y la práctica desaparición del Estado. Todo este sufrimiento, para que un grupo de halcones en la clase política estadunidense consumara su intención largamente planeada de apoderarse del petróleo de Irak y repartir el país entre las grandes compañías de hidrocarburos y los contratistas de defensa.
Edición: Ana Ordaz