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Foto: Efe

Hasta el cierre de esta edición, las elecciones celebradas ayer en Brasil dejaban un apretado resultado en el que el opositor ultraderechista Flavio Bolsonaro, hijo del ex presidente del mismo apellido –Jair, hoy en prisión domiciliaria por haber organizado un conato de golpe de Estado a principios de 2023–, superaba por dos puntos porcentuales (47.03 por ciento) al presidente Luiz Inácio Lula da Silva (45.16), en tanto que el partido de los Bolsonaro, el Liberal, se impuso ampliamente como primera fuerza en el Senado y en la Cámara de Diputados. De esta forma se desvanecieron las esperanzas del Partido de los Trabajadores (PT) del mandatario de alzarse con el triunfo en primera vuelta, como parecían sugerirlo sondeos previos en los que Lula aparecía con una leve ventaja sobre su rival y la incertidumbre se traslada a un balotaje a realizarse dentro de tres semanas, el 25 de este mes.

La expectativa trasciende ampliamente las fronteras brasileñas, porque lo que está en juego en esta disputa electoral no es sólo la continuidad de un gobierno de centroizquierda, no alineado y con sentido social frente a un retorno acentuado del autoritarismo corrupto, oligárquico, depredador y sumiso a Washington que encabezó Bolsonaro padre entre 2019 y 2022; es, también, la persistencia de un integrante fundamental en el grupo BRICS, que representa un bastión mundial del multilateralismo; en Sudamérica, el gobierno del PT y el del Frente Amplio en Uruguay son ya los únicos exponentes progresistas, tras la llegada al poder en cascada de la ultraderecha y después del viraje impuesto manu militari en Venezuela por Estados Unidos.

El contraste entre la propuesta política de Lula y la de Flavio Bolsonaro pareciera llevar a una decisión obvia, habida cuenta de que la sociedad brasileña ha vivido la experiencia de ambas: combate a la pobreza, ampliación de derechos, políticas soberanas y protección del medio ambiente, en un caso, e incremento de las desigualdades, medidas represivas, alineamiento servil con Washington y depredación, en el otro. En tal circunstancia, no deja de resultar sorprendente que casi la mitad del electorado se haya inclinado por un candidato presidencial muy próximo al fascismo. Es innegable que, a pesar de sus éxitos sociales y económicos, los sucesivos gobiernos del PT (Lula, 2003-2006 y 2007-2010, Dilma Rousseff, 2011-2014 y 2015-2016, y nuevamente Lula, de 2023 a la fecha) han implicado un desgaste político y que en su último periodo en el Palacio de Planalto el actual mandatario, forjado en las luchas sindicales, no logró generar un consenso amplio entre la ciudadanía; ésta, por el contrario, ha permanecido polarizada entre el progresismo moderado de Lula y el alarmante ultraderechismo de los Bolsonaro.

Pero es claro también que tal polarización ha sido en buena medida inducida por un aparato mediático orgánicamente conectado con la oligarquía y, en épocas más recientes, por el brutal injerencismo –judicial, mediático, electoral, digital– de la administración trumpista, la cual, lejos de realizar a trasmano sus intromisiones en América Latina, las exhibe como signos de poderío. Ese injerencismo que pudo resultar determinante en los comicios de Honduras y Colombia para llevar a la presidencia a aventureros de corte fascista que hasta poco antes de resultar electos eran casi completamente desconocidos por las opiniones públicas de sus respectivos países. La reciente detención en Bolivia del mercenario digital Fernando Cerimedo, cofundador de La Derecha Diario y operador de redes de bots propagandísticos de la ultraderecha internacional, ha sacado a la luz la forma en la que la reacción articula campañas para atizar el odio y la desinformación en vísperas electorales. Y es inevitable suponer que algún efecto tuvieron tales operativos de guerra cognitiva en los comicios brasileños de ayer.

Cabe esperar, finalmente, que el próximo 25 de octubre Lula consiga remontar el resultado adverso de ayer y que Brasil permanezca a salvo del fascismo, que preserve su democracia y que logre continuar su posición a favor del multilateralismo y la defensa de su soberanía.


Edición: Emilio Gómez


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