Donald Trump no pudo brindar en primera vuelta por los resultados electorales de Brasil, pero es previsible que agudice sus mecanismos de intervencionismo para tratar de derrotar a Lula da Silva en segunda vuelta y colocar al ultraderechista Flavio Bolsonaro como nueva pieza de la colección latinoamericana de marionetas políticas en la región.
El descarado entrometimiento de la Casa Blanca en elecciones latinoamericanas ha estado presente en Honduras (a favor de Nasry Asfura, conocido como Tito), Chile (con José Antonio Kast), Costa Rica (Laura Fernández Delgado), Perú (Keiko Fujimori) y, para sostener gobiernos ya en funciones, Argentina (en las elecciones intermedias que Javier Milei parecía destinado a perder) y Ecuador (en apoyo de Daniel Noboa, abiertamente servil a intereses del país en que nació, Estados Unidos).
En varios casos se advirtió a los ciudadanos del respectivo país que se frenaría la ayuda económica de EU si la izquierda llegaba a ganar las elecciones. El cinismo de esa virtual compra del voto se ha reproducido en la propia nación imperial en decadencia: cual mapache infame, Trump está prometiendo 5 mil dólares a cada ciudadano gringo (el “dividendo Trump”, con independencia de por quién hubiera sufragado) si el Partido Republicano mantiene el control de las cámaras en las elecciones de noviembre, que apuntan a una derrota de los republicanos y Trump. Además, el ocupante de la Casa Blanca ha avivado el fantasma de una crisis económica, como la de 1929, si el Partido Demócrata gana los próximos comicios.
En Brasil, Trump ha ensayado contra el gobierno de Lula con su clásico amago de los aranceles, provocaciones (el retiro de la visa a la embajadora de Brasil en Washington, luego de que Lula cerró la puerta a una “comisión de auditoría electoral”, y sanciones financieras y de visado contra el ministro de la Suprema Corte de Brasil, Alexandre de Moraes, quien condujo las investigaciones y el juicio contra el golpista ex presidente Jair Bolsonaro.
The Guardian publicó antes de las elecciones un informe indicativo de que Trump presionaba a un fondo de ayuda en materia de derechos humanos, del Departamento de Estado, para dirigir 175 millones de dólares a proyectos injerencistas, uno de ellos contra el Tribunal Supremo de Brasil: habría “un premio de un millón de dólares” para distribuirse a grupos “de la sociedad civil”, contrarios a Lula, bajo el concepto de “Cómo contrarrestar la guerra jurídica y la censura en Brasil”.
Lo sucedido en las elecciones de este domingo abre la puerta a una mayor intervención trumpista rumbo a la segunda vuelta, a celebrarse en 20 días más. Bolsonaro júnior ganó la primera vuelta con menos de dos puntos porcentuales y es probable que para la segunda votación logre nuclear a más segmentos de derecha y ultraderecha y el voto evangelista.
México debe leer con cuidado el primer resultado de esta contienda brasileña, de cara a las intermedias de 2027 y las presidenciales de 2030. Aparte de los factores externos, como el trumpismo, y los internos, como los hasta ahora grotescos intentos de organización de derechas y ultraderechas (Fox, Calderón, Salinas Pliego, Alito, Maru Campos, por citar algunos nombres), el movimiento autodenominado Cuarta Transformación necesita agudizar la crítica y la autocrítica (evitando, obviamente, el triunfalismo y la autocomplacencia), afinar la producción ideológica (hasta ahora virtualmente atenida a lo que va generando el ex presidente López Obrador), apurar la formación política que conjure oportunismos e infiltraciones, y esmerarse en corregir y potenciar lo que sea necesario para entregar buenas cuentas de gobiernos, legislación y administración de justicia.
Y, mientras Tatiana Clouthier Carrillo ha lanzado una especie de agrupación interna en Morena, con sus propias iniciales (Todos Con Conciencia), en rechazo a la “traición” del partido guinda al postular a Clara Luz Flores para gobernar Nuevo León, al que se considera en riesgo de ser “entregado”, ¡hasta mañana!
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Edición: Emilio Gómez