Opinión
Rodrigo Colorado
08/10/2026 | Mérida, Yucatán
La investigación de Penny Spikins, de la Universidad de York, contribuye a transformar la imagen tradicional de los neandertales como seres exclusivamente violentos, primitivos y orientados a la supervivencia inmediata. La evidencia paleoantropológica muestra que estas poblaciones desarrollaron formas organizadas de cooperación, entre ellas el cuidado de personas enfermas, heridas o con discapacidades. Esta práctica no debe interpretarse únicamente como una expresión de compasión, sino como una estrategia social y ecológica que favoreció la supervivencia individual y colectiva.
La principal evidencia procede de restos óseos con fracturas consolidadas, enfermedades crónicas, infecciones superadas y lesiones graves. Casos como Shanidar 1, La Chapelle-aux-Saints 1 y Feldhofer 1 indican que algunos individuos vivieron durante años con limitaciones importantes. Sus discapacidades probablemente les impedían participar plenamente en la caza, la recolección o el desplazamiento; sin embargo, alcanzaron edades relativamente avanzadas. Esto sugiere que recibieron alimentos, protección, acompañamiento y otros cuidados por parte del grupo.
Desde una perspectiva ecológica y evolutiva, el cuidado de la salud funcionaba como un mecanismo de reducción del riesgo. Los neandertales vivían en ambientes exigentes, enfrentaban temperaturas bajas, accidentes, enfermedades y peligros relacionados con la caza de grandes animales. En esas condiciones, ayudar a un miembro lesionado no beneficiaba solamente a la persona atendida: también protegía la estabilidad del grupo. Un individuo que ya no podía cazar podía aportar conocimientos, vigilar el campamento, fabricar herramientas, cuidar a otros o transmitir experiencias. Por tanto, la cooperación sanitaria formaba parte de un sistema más amplio de reparto de alimentos, crianza compartida y ayuda mutua.
Esta cooperación tenía además consecuencias demográficas. En grupos pequeños, la muerte de adultos en edad reproductiva podía afectar gravemente la continuidad de la población. Disminuir la mortalidad y favorecer la recuperación de los heridos constituía una inversión colectiva con beneficios a mediano y largo plazo. El cuidado sanitario fortalecía los vínculos sociales y permitía conservar capacidades, conocimientos y relaciones esenciales para la vida comunitaria.
La ayuda a individuos vulnerables no es exclusiva de los neandertales. Lobos, elefantes y algunos primates protegen, transportan o acompañan a miembros debilitados. Sin embargo, en los homininos esta conducta adquirió una relevancia particular debido a la bipedestación. Una lesión en las piernas podía limitar de manera extrema la movilidad, por lo que la dependencia del apoyo social era mayor. Existen indicios de cuidado en homininos anteriores, como Homo erectus y Homo heidelbergensis; los neandertales heredaron y posiblemente desarrollaron esas prácticas dentro de contextos sociales más complejos.
El cuidado sanitario fue especialmente importante para la ocupación de regiones frías y templadas del norte de Eurasia. El clima, la escasez estacional y los riesgos de la caza hacían necesaria una fuerte interdependencia. La atención a enfermos y heridos interactuaba con el uso del fuego, la fabricación de herramientas, la organización de la subsistencia y la cooperación cotidiana.
Gracias a esta red de apoyo, los neandertales pudieron enfrentar ambientes difíciles y ampliar sus posibilidades de supervivencia.
Los neandertales (Homo neanderthalensis) fueron una especie humana distinta de Homo erectus y Homo heidelbergensis.
Vivieron aproximadamente entre hace 400.000 y 40.000 años, principalmente en Europa y algunas regiones de Asia. Su origen se relaciona con poblaciones europeas de Homo heidelbergensis, mientras que Homo erectus representa una especie más antigua y un antepasado lejano dentro de la evolución humana. Los neandertales poseían cuerpos robustos, grandes capacidades craneales, dominio del fuego, herramientas sofisticadas y estrategias de caza; además, coexistieron y tuvieron intercambio genético con Homo sapiens.
*Antropólogo de la educación, de El Salvador
Edición: Ana Ordaz