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Foto: FB U Péekbal waye'

El tema de la identidad indígena y la pertenencia a determinado pueblo originario ha estado presente en la antropología mexicana por lo menos desde hace medio siglo. Sin embargo, las principales preguntas siguen en el aire, y esto es porque existen intereses económicos y políticos para mantener una visión acerca de las comunidades y, en consecuencia, que éstas continúen en condiciones de pobreza extrema, sin acceso a servicios básicos, de educación y de salud dignos, y que se siga asociando el uso de las lenguas maternas a la ignorancia y falta de desarrollo.

Tal vez por ello sigue llamando la atención cuando algún integrante de estas comunidades destaca en las ciencias, tecnología, ingresa a corporaciones internacionales relacionadas con la investigación, o lidera instituciones académicas o del Estado. Lo cierto es que pertenecer a un pueblo indígena no implica tener limitaciones cognitivas por causas genéticas y sí: la falta de oportunidades y la continuidad de las condiciones de desigualdad han impedido a millones de personas alcanzar todo el potencial de su inteligencia.

Pero cuando los “garbanzos de a libra”, esos hombres y mujeres que muchas veces a fuerza de persistencia, disciplina, privaciones y algún apoyo o beca, llegan a un punto en el cual pueden dirigir la discusión de los temas de actualidad, lo que consiguen es atraer la mirada a ese ya añejo tema antropológico.

El fondo del asunto termina en cómo se entiende lo local y lo global; en cuál es el papel que puede desempeñar una comunidad, digamos maya yucateca, en el desarrollo de tecnologías de la información y la innovación técnica, y lo que se cree que estas mismas poblaciones deben realizar como “guardianas de sus tradiciones” y cómo es que éstas deben ser transmitidas.

Pertenecer a la etnia maya no es equivalente a estar encerrado en municipios rurales con tal de asegurar la preservación de un modo particular de vida. Por el contrario, tanto las sociedades como las tradiciones demuestran constantemente su inserción en la sociedad contemporánea conforme son capaces de adaptarse a ella, sin que esto signifique necesariamente desprenderse de las raíces. Al contrario, quienes han logrado insertarse en las dinámicas actuales lo han hecho adquiriendo conocimientos, conociendo otros idiomas y culturas. Eso significa que están a la par con los tiempos que se viven.

El hecho de que en estos días se celebre en el Gran Museo del Mundo Maya de Mérida a un encuentro en el que se discutirán, en el idioma maya, temas como la inteligencia artificial, desarrollo de software e innovación en las tecnologías de la información, constituye precisamente una demostración de la potencia de esa lengua: su capacidad de adaptación y de comunicar el vocabulario técnico e ideas abstractas es en apariencia un reto, pero no para quienes ya han demostrado que ser maya es también estar en el siglo, no confinados en una aldea, como algunos quisieran.

Desde La Jornada Maya, donde muchos no somos mayahablantes, nos hemos cuestionado insistentemente cuáles son los intereses de quienes sí pertenecen a las comunidades, especialmente en cuanto a lo que sucede en los escenarios de política internacional, las bellas artes, la cultura pop o las ciencias. De nuestra parte, dedicar la contraportada del periódico resulta un reto diario, un esfuerzo de traducción y la persistencia de la pregunta inicial: si el tema tratado es de interés para la población maya. Finalmente, lo que deseamos es establecer el diálogo.

Pero también reconocemos que nuestro esfuerzo no puede quedarse ahí, ni ser el único por parte de la sociedad yucateca, de la que las comunidades mayas también son parte vital. Por eso hoy nos toca aplaudir que aborden en su propia lengua los grandes temas tecnológicos actuales, porque sin esa discusión sería imposible hacer llegar los beneficios de estos desarrollos a más personas, especialmente a quienes sí han sido relegados de los avances. ¡Enhorabuena! Ki'imak óol.


Edición: Ana Ordaz


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