Opinión
Rubén Torres Martínez
19/10/2026 | Mérida, Yucatán
Históricamente, México reconoce la importancia de sus regiones, pero organiza sus decisiones estratégicas desde el centro. La concentración del poder político, del presupuesto y de las oportunidades ha moldeado un país de varias velocidades. Incluso cuando se busca corregir esa desigualdad, suele reproducirse la secuencia de fortalecer primero la capital y después atender a la provincia.
La expansión de la UNAM fuera de la CDMX busca modificar esta dinámica. Las Escuelas Nacionales de Estudios Superiores (ENES) de Morelia, León, Juriquilla, Mérida y Oaxaca representan una apuesta por construir capacidades científicas, profesionales y culturales fuera de la capital. Por ello, el anuncio de una nueva ENES en el suroriente de la CDMX plantea una pregunta incómoda: ¿cómo equilibrar la expansión de la UNAM sin debilitar el propósito descentralizador de las ENES foráneas?
Las decisiones sobre dónde invertir, qué instituciones crear y cuáles fortalecer trascienden el ámbito administrativo. En Instituciones, cambio institucional y desempeño económico (1990), Douglass North sostiene que las reglas formales e informales que estructuran la interacción social influyen en los incentivos, las oportunidades y las trayectorias del desarrollo. Las decisiones acumuladas generan inercias que favorecen ciertos territorios y limitan a otros.
Desde esta perspectiva, el centralismo mexicano implica una estructura institucional que concentra capacidades de decisión, recursos y prestigio en la capital. Su densidad de instituciones, redes profesionales e infraestructura científica tiende a reproducirse: cuanto mayor es la concentración, más incentivos existen para mantenerla.
La UNAM participa de estas dinámicas. Aunque su autonomía le permite desarrollar estrategias propias, sus decisiones sobre recursos, plazas, infraestructura y formación pueden transformar o reforzar las desigualdades territoriales.
Las ENES foráneas no solo reciben estudiantes: forman comunidades académicas, investigan problemas regionales y establecen vínculos con gobiernos y organizaciones locales. En Mérida y Juriquilla, por ejemplo, adquieren relevancia ante la urbanización acelerada, las desigualdades socioespaciales y la presión sobre los ecosistemas.
Estas capacidades no surgen al inaugurar un campus. Requieren tiempo, sensibilidad social, inversión sostenida, plantas académicas consolidadas y condiciones para dar continuidad a la investigación y la docencia. Una institución presente, pero insuficientemente fortalecida, corre el riesgo de convertirse en una promesa incumplida.
La discusión sobre una nueva ENES no debería reducirse a una competencia entre territorios. La zona metropolitana de la CDMX enfrenta rezagos educativos, desigualdades de acceso y problemas de movilidad que justifican ampliar las oportunidades de formación. La cuestión es si esa expansión forma parte de una política integral o reproduce la vieja secuencia: atender primero al centro y dejar para después la consolidación regional.
North invita a observar los objetivos declarados de una política, sus incentivos y efectos acumulativos. Si una nueva escuela implica posponer inversiones indispensables en las ENES existentes, podría ampliar la presencia territorial sin corregir las asimetrías entre sedes. Si se acompaña de financiamiento, fortalecimiento académico, acompañamiento comunitario y evaluación diferenciada de necesidades, podría ampliar oportunidades sin sacrificar la descentralización.
La pregunta no es si debe, y dónde, crecer la UNAM, sino bajo qué criterios y responsabilidades territoriales. Una política equilibrada debe considerar la demanda educativa, las desigualdades regionales, la capacidad instalada y el impacto social de cada sede. También debe garantizar decisiones transparentes para evitar que las prioridades inmediatas desplacen los compromisos de largo plazo.
La autonomía universitaria permite concebir la educación superior como bien público. La UNAM puede demostrar que descentralizar significa construir condiciones duraderas para distribuir el conocimiento, la investigación y las oportunidades educativas. Un país integrado plenamente no hace crecer sus regiones después de fortalecer su centro: comprende que el desarrollo de cada territorio forma parte de un mismo proyecto nacional.
Edición: Emilio Gómez