Opinión
Cristina Rivera Garza
20/10/2026 | Ciudad de México
Dice la leyenda que, a fines de la década de 1960, en un restaurante cubano de Miami, un mesero le preguntó a la cantante Celia Cruz si tomaba el café con o sin azúcar. A lo que ella contestó: ¿Tú eres cubano y me preguntas eso? ¡Con azúcar, viejo! La historia se contrajo con el paso del tiempo hasta quedar contenida en el azúcar, ese vocablo que se convirtió en su canto de batalla. Con articulación impecable y esas notas graves y robustas que se meten en la piel sin pedir permiso, la reina de la salsa festejaba así el ritmo, la picardía caribeña, la sensualidad. El sentido del humor. Y, naturalmente, al azúcar.
Pero era otro mundo. Al azúcar todavía se le consideraba una fuente de energía si no saludable, por lo menos inocua. Los datos científicos se volvieron contra las grasas saturadas y al colesterol, pero faltaban años para que otros estudios, con otro tipo de financiamiento, finalmente ligaran el consumo del azúcar con la salud cardiovascular, el daño arterial, la obesidad y la diabetes. Los datos, cuando se fueron haciendo públicos, resultaron alarmantes. Según cifras oficiales, existen en el orbe un total de 589 millones de personas adultas afectadas por el azúcar, un 11.1% de la población. La Federación Internacional de la Diabetes asegura que 35 millones de personas padecen diabetes en América Latina, esperándose que esa cifra aumente a 52 millones en 2050. En México, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición, un 18% de la población adulta, es decir, unos 14.6 m millones de personas, viven con diabetes. Las causas son cada vez mejor conocidas: el consumo excesivo de bebidas azucaradas, como los refrescos y los jugos en lata, el principal entre todas ellas. Alimentos procesados. Alcohol. Falta de ejercicio. Si esto es cierto, y parece que lo es, ¿por qué las novelas o las colecciones de poesía preocupadas por los avatares del cuerpo no incluyen a la diabetes como uno de sus personajes principales?
Susan Sontag tenía razón cuando aducía que, en el amplio mundo de las enfermedades, solo algunas se convertían en “enfermedades glamurosas”, por ejemplo, la tuberculosis, personaje central en novelas canónicas como La montaña mágica, publicada en 1924 por Thomas Mann. La famosísima dama de las camelias padecía tuberculosis, y también Katerina Ivánova, uno de los personajes de Crimen y Castigo. El cáncer, por otra parte, recibió desde el inicio un trato contrario, descrito con frecuencia como algo vergonzoso y destructivo. Audre Lorde rompió el silencio de la medicina oficial cuando publicó por primera vez Los diarios del cáncer en 1980, un libro personal y estremecedor en el que la paciente se enfrenta con creces a lo que ella llamó “la violencia del silencio” oficial. Algo parecido sucedió con el sida en su momento, considerado por una mayoría conservadora como un castigo casi divino contra las preferencias sexuales de sus pacientes. La literatura y el cine tardaron en producir narrativas que abordaran el padecimiento con precisión y empatía. Pero llegaron.
Parece ser que la diabetes todavía espera su momento, al menos en América Latina. Lina Meruane, la autora chilena, le ha dedicado ya una trilogía de novelas a la enfermedad, dos de ellas a la diabetes: Fruta podrida en 2007 y Sangre en el ojo, que publicó con Eterna Cadencia en 2012, el mismo año en que recibió el premio Sor Juana Inés de la Cruz. Mezclando ficción y experiencia personal, la protagonista sufre una hemorragia vítrea—se queda ciega—debido a una diabetes mal cuidada. Entre clínicas de Nueva York y Santiago de Chile, la protagonista se da cuenta, con pesar y rabia entremezcladas, de la dependencia que nos une a los otros.
La autora y activista chicana, Ire´ne Lara Silva, rompió el silencio sobre un padecimiento que afecta con una fuerza descomunal a la comunidad mexicoamericana en Estados Unidos. En Blood Sugar Canto, publicado originalmente en 2016, y traducido hace ya casi una década por Julieta Corpus como Canto al azúcar en la sangre para Saddle Road Press, la poeta-curandera cuenta el día a día del padecimiento crónico, así como sus efectos en su cuerpo y en su mundo. Lejos de considerar a esta condición crónica como una falla individual o una mera desgracia genética, Lara Silva aborda y denuncia los factores económicos y sociales, el racismo y la desigualdad entre ellos, que yacen detrás de un diagnóstico que, en su caso, vino a cambiarle la vida. En sus cantos, se mezcla la rutina de la diabética—las jeringas, las mediciones de azúcar, la vigilancia de la dieta, la preocupación constante—y esa lenta pero segura creación de un espacio de sanación espiritual para su propio cuerpo.
Por cierto, Gloria Anzaldúa, la potente escritora chicana de Borderlands: The New Mestiza, padeció diabetes casi toda su vida, y falleció en 2004, a la edad de 61 años, a causa de sus complicaciones.
Edición: Ana Ordaz