Opinión
La Jornada
26/10/2026 | Ciudad de México
La
victoria de Luis Inácio Lula da Silva en la segunda vuelta de la elección presidencial celebrada ayer en Brasil es un gran motivo de alivio para ese país, en la medida en que despeja la amenaza de un retorno del bolsonarismo autoritario, corrupto y entreguista que se cernía sobre el gigante sudamericano. Lo es también para el continente, cuyos países han venido cayendo en los abismos de gobiernos ultraderechistas, antipopulares e incondicionales de Donald Trump. Y lo es, en especial, para México, que se ha ido quedando solo en Latinoamérica tras la llegada al poder de Javier Milei en Argentina, de Daniel Noboa en Ecuador, de José Antonio Kast en Chile, de Keiko Fujimori en Perú, de Nasry Asfura en Honduras y de Abelardo de la Espriella en Colombia, exponentes todos ellos de una reacción oligárquica alineada con el trumpismo.
En unos comicios menos inciertos como el de ayer, una victoria por un margen de tres puntos y medio –que fue la ventaja de Lula sobre su rival, Flávio Bolsonaro– podría parecer pequeña. Pero si se toma en cuenta que el presidente venía de perder la primera vuelta y que prácticamente todas las encuestas indicaban un empate técnico, ese margen es indicativo de la sorprendente capacidad de movilización del Partido de los Trabajadores (PT) y de la sorprendente recuperación de su máximo dirigente, uno de los más curtidos estadistas de la escena política mundial.
Con todo, este nuevo periodo de Lula en el Palacio de Planalto será mucho más difícil que el anterior, pues en la primera vuelta del pasado 4 de octubre, los partidos de derecha y de ultraderecha –con el Liberal de los Bolsonaro a la cabeza– obtuvo un apabullante triunfo en los comicios legislativos, por lo que el veterano dirigente del PT tendrá un margen de gobierno por demás estrecho y acotado y deberá mantener complicadas negociaciones para lograr cosas tan básicas como la aprobación de los presupuestos, e incluso para evitar golpes de Estado legislativos como el que defenestró a su correligionaria Dilma Rousseff hace poco más de una década.
De cualquier forma, se ha evitado la tragedia política, económica, social y hasta ambiental que habría significado la vuelta al poder de los Bolsonaro, los cuales –ambos, el ex presidente Jair y el candidato derrotado ayer, su hijo Flávio– representan el golpismo antidemocrático y la represión, el neoliberalismo más salvaje y depredador, el desprecio a las clases populares, el extractivismo sin límites y la adhesión al sionismo genocida.
Por lo demás, la jornada electoral de ayer en Brasil tiene evidentes repercusiones en Latinoamérica, por cuanto significa que las dos mayores economías de la región seguirán orientadas por proyectos progresistas y que la doctrina Monroe retomada por Trump no las tiene todas consigo. En el ámbito internacional, la victoria de Lula aporta un factor de certidumbre al multilateralismo y particularmente, al grupo BRICS, el cual no ha dejado de crecer y de consolidarse como alternativa del llamado sur global a los empeños estadunidenses por reconstruir su declinante hegemonía mundial.
Por otra parte, los resultados de la elección muestran los límites de esas prácticas de manipulación de la opinión pública puestas al servicio de la reacción por los dueños de las redes sociales más importantes y cuya suciedad se ha dejado entrever con la reciente detención en Bolivia de Fernando Cerimedo, presunto feminicida, destacado operador de granjas de bots y mercenario digital a sueldo de las facciones reaccionarias que se han hecho con el poder político en tiempos recientes.
Cabe esperar, finalmente, que la relección del viejo obrero metalúrgico brasileño sea un punto de inflexión en el avance mundial y continental de la ultraderecha. Sólo falta que lo confirmen así las elecciones que tendrán lugar dentro de ocho días en Estados Unidos.
Edición: Ana Ordaz