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Su paso por la Tierra

Por momentos estaba. Por momentos se iba
Foto: Efe

Verónica despertó temblando de frío. El aire acondicionado marcaba 25 grados centígrados. Levantó el torso y se sentó sobre la cama. Su cuerpo pesaba más de lo normal pues toda su ropa de dormir estaba empapada. Su primer pensamiento fue: ¿cómo es posible que me haya orinado? Incrédula, exploró con la nariz jalando su blusa hacia la cara para buscar indicios de olor a pipí en la ropa. ¡Nada! No era orina.

—¿Qué diablos me pasó? —se dijo.

La noche había sido difícil para conciliar el sueño. Hubo bochorno, pero no el suficiente como para sudar la cama y amanecer con short, playera y calzón mojados.

Se levantó hacia el control remoto fijado a la pared y al dar el primer paso fuera de la cama, sus sienes comenzaron a palpitar fuertemente y sus venas craneales se sobresaltaron. Parecía una bomba con un detonador a punto de llegar a cero. Se desmayó. Su cabeza rebotó contra el ropero y luego contra el piso.

Despertó en el hospital con la visión borrosa y sentada en una silla de una sala de urgencias. La cabeza seguía latiendo sin cesar.

La acompañaba su padre, quien la había levantado del suelo y, con ayuda de su hermano, la habían cargado en condición de bulto para subirla al automóvil.

En aquella vieja sala de urgencias había siete consultorios numerados del 29 al 35; solo en dos consultorios atendían para la primera valoración. Ocho personas más y sus acompañantes esperaban inquietas, en condiciones miserables, a que una voz anunciara su nombre. Mientras tanto, cada cinco segundos su padre le acercaba a la nariz un algodón empapado en alcohol para mantenerla despierta.

Ella trató de conservar sus ojos entreabiertos, pero la visión borrosa controlaba su mirada perdida. Alcanzó a observar una báscula antigua, en condiciones de fierro viejo, con un letrero de papel que decía: “favor de no jugar con la báscula”. Arriba, destacaba una figura colorida con el título de Triage, como guía para “garantizar” la atención por nivel de gravedad y establecer el tiempo de espera estimado. Aquella imagen contaba con cinco colores de acuerdo con el nivel de gravedad. Claramente habría que adaptar un Triage para el servicio de salud pública mexicano, pues llevaban más de dos horas de espera, aquella zombi y su padre.

Por momentos estaba. Por momentos se iba. Volvió a desmayarse. Al reaccionar, se encontraba en una silla dentro del ala de urgencias, frente a una enfermera que alzaba la voz manteniendo la solicitud de liberar un camastro en cualquier espacio del pasillo en cuestión.

La enfermera era una chica chaparrita que se viraba de un lado para otro sin mantenerse quieta un instante. Al parecer la hiperactividad no la dejaba tranquila. Por un lado, ponía un catéter, en otro, inyectaba tramadol intramuscular. Regañaba a las aprendices de enfermeras que tenían caras asustadizas y que respondían inmediatamente y sin titubear a sus instrucciones. De vez en cuando sonreía tras regañar. Hablaba rápido y con un tono elevado que parecía que gritaba. Respondía al nombre de María José, pero con enojo, prefería el sobrenombre de Majo, a secas. Hacía cuatro años que despachaba en el ala de urgencias en la canalización después de la primera consulta; tenía 39 años.

Fue allí donde Él se presentó en la Tierra, a través de las manos de Majo. Habitaba en el dolor intenso que estrangulaba a Verónica, ese tormento que le pulsaba en los pies y le manaba por las sienes. Tomó forma de aguja y perforó la piel; ingresó a su cuerpo para expulsar a borbotones la sangre oscura acumulada, retenida por el dolor. Era ketorolaco. Directamente se fue a la cabeza, redujo aquel palpitar que había impulsado su presencia en el nosocomio. La mantuvo sobre el camastro hasta que dejó de temblar. Después de dos horas, por fin pudo levantarse, mantenía las babas escurriendo por la boca, el dolor se había marchado, también Él se lo había llevado.

En ese momento apareció Majo trayendo al urgenciólogo de turno, quien se dignó a bajar a piso, y mientras observaba las hojas con los análisis, diagnosticó hipoglucemia reactiva en un claro cuadro de prediabetes. Para cerrar su acto, el médico apantalló a Verónica y a su padre explicando que el páncreas produjo un exceso de insulina no aprovechado eficientemente que había causado un bajón brusco de glucosa horas después de comer, desencadenando una descarga masiva de adrenalina que causó sus temblores y palpitaciones.

Se marchó. Ya había dejado evidencia de su venida: el inicio de su diabetes.

Profesor de la Escuela Nacional de Estudios Superiores (ENES) Mérida, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). 


Edición: Ana Ordaz


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