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¿Cómo inventan una bruja?

Más de tres siglos después, los juicios de Salem siguen siendo un símbolo de la intolerancia, la envidia y el poder de la persecución
Foto: Facebook Salem Witch Museum

Hoy en día, no cualquiera puede ser bruja. Se necesita ser inteligente, atrevida, justiciera, sanadora, propositiva, comprometida con la comunidad, visionaria, sorora, rebelde y generosa. Sara Poot, Olga Moguel, Flor Valdez, Candi May, Conchi León, Georgina Rosado, entre otras, hubiéramos sido arrojadas a las llamas o encerradas en conventos, como le sucedió a Sor Juana; hoy, esconden su miedo tras una sonrisa y simplemente prefieren ignorarnos.

Todos asociamos Salem con brujas, pero pocos conocemos la historia de cómo aprovecharon un escándalo para deshacerse de 200 mujeres acusadas de ser brujas y 300 años después, siguen presentes recordándonos el poder del miedo, la intolerancia, ignorancia y la envidia.

En 1689, el reverendo Samuel Parris llegó a Salem con sus hijos Thomas, Betty y Susannah, así como Abigail, una sobrina huérfana, como ministro de un templo. 

El vivía obsesionado con el juicio de dios y ansiaba el respeto de sus feligreses, pero la población pensaba que era demasiado rígido y se manifestaba codicioso, por lo que estaban muy pendiente de él, sobre todo de Tituba, la extraña esclava que el Sr. Parris había comprado de una isla del Caribe, quien, junto con su marido, John Indio, atendían a los niños. 

A Tituba le gustaba mucho contarles historias que ella había escuchado de niña y realizaba ceremonias vudú en el bosque, donde Betty, Abigail y, una amiguita, Ann Putnam, danzaban desnudas alrededor del fuego, mientras Tituba cocía pociones en un perol que, según decía, eran mágicas. 

Alguien las vio, y las historias comenzaron a circular hasta que fueron citadas para ser interrogadas. Ahí sucedió algo que provocó que la situación se complicara más. Betty, de 9 años y la sobrina, Abigail Williams de 11 años, comenzaron a comportarse de manera extraña. Las niñas gritaban, lanzaban cosas, hacían ruidos extraños y se contorsionaban. Llamaron al médico local que no encontró una explicación para tal comportamiento. Después de que Ann Putnam de 11 años, hija de una familia poderosa, comenzó a presentar la misma conducta, el médico, ante su incapacidad de diagnosticar algo que en el futuro seria llamado cierto tipo de alergia, aseguró que se trataba de posesión demoniaca.

El 29 de febrero de 1692, durante el juicio, las niñas, seguramente asesoradas por sus mayores, culparon de su extraño comportamiento a seres más vulnerables: Tituba, la esclava de los Parris, Sarah Good, una mujer indigente que vivía en las calles, y Sarah Osborne, una mujer pobre de edad avanzada. 

Tituba, Sarah Good y Sarah Osborne fueron llevadas ante las autoridades y pasaron varios días siendo interrogadas. Good y Osborne se declararon inocentes, pero Tituba, se defendió de una manera brillante. Respondió que sí, que el diablo se le había aparecido para pedirle que trabajara para él. Después relató cómo criaturas extrañas le solicitaron firmara un libro que también otros brujos del pueblo habían firmado, ya que su objetivo era destruir a los puritanos. Cerraba la acusación con la amenaza de que había visto los nombres de “otros” vecinos en el libro del mal.

El miedo pudo más que la lógica, la que aceptó trabajar para Satanás fue enviada a la cárcel, en la que permaneció únicamente un año, en cambio las dos Saras, que lo negaron, fueron enviadas a la horca. Tanta paranoia necesitaba culpables y la primera víctima fue Bridget Bishop, una mujer de edad avanzada, quien doce años atrás, había sido exonerada por la misma acusación y por ejercer su sexualidad libremente y haberse casado tres veces, seguramente acusada por esposas dolidas que esperaban su momento de venganza. Un granjero, aprovechó el revuelo para denunciar a su vecina de embrujar a sus bueyes y nos deja con la curiosidad de conocer sus razones. 

Era tal el revuelo, que, incluso llegaron a interrogar a la niña de cuatro años de Sarah Goodman, quien, por supuesto, fue encontrada culpable de ser bruja. ¿Se libraron con eso de cuidar a una huérfana?

Años después Ann Putnam pidió perdón a las familias de los ajusticiados y el reverendo Parris se llevó de Salem a su hija y sobrina y no se supo más de ellos.

El terror a lo desconocido, la envidia, el enojo acumulado, el despertar sexual de las adolescentes, entre otros, fueron los ingredientes de la pócima que se coció en el caldero de Salem, salpicando a todos sus moradores, de culpas reales o inventadas. Terror que supo aprovechar perfectamente Tituba para salvar el cuello.


Edición: Emilio Gómez


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