Opinión
La Jornada
06/11/2026 | Ciudad de México
La insustancialidad de la Cumbre Iberoamericana que tuvo lugar entre el miércoles y jueves en la capital española quedó plasmada en la Declaración de Madrid, un documento vacuo redactado no para decir, sino para callar. Así, los 20 puntos consensuados por los 22 países presentes omiten mencionar el genocidio silencioso que Washington perpetra contra el pueblo cubano desde 1961, y con crueldad indescriptible desde el primer arribo de Donald Trump a la Casa Blanca en 2017. Para sortear las reticencias de la abrumadora mayoría de gobernantes ultraderechistas, la declaración final se circunscribe a rechazar “la coerción y la aplicación de medidas” que “obstaculicen la capacidad de los estados para hacer frente a sus necesidades y prioridades en materia de desarrollo”. Ávidos de congraciarse con el imperialismo trumpista –incluso con su debilitada versión poselectoral– y la llamada “Doctrina Donroe”, se disociaron de esa tibia condena el argentino Javier Milei, el colombiano Abelardo de la Espriella (representado por su vicepresidente, José Manuel Restrepo), la costarricense Laura Fernández y el canciller paraguayo Rubén Ramírez Lezcano, representante de un gobierno en pleno desmoronamiento.
Tampoco se hizo referencia al secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro ni a la instauración de un protectorado de facto sobre Caracas, ni al tema que debería propiciar un cierre de filas en toda Latinoamérica: la bestial cacería que nuestros connacionales padecen en el Estados Unidos de Trump. Las escasas defensas de la legalidad y la dignidad humana fueron pronunciadas por el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, y los cancilleres Roberto Velasco, Mauro Vieira y Bruno Rodríguez, de México, Brasil y Cuba, respectivamente.
El anfitrión advirtió sobre “un tiempo en el que demasiados países han llegado a la conclusión desafortunada de que para protegerse deben cerrar fronteras, levantar muros, reducir cooperación , contemplar al resto del mundo como una amenaza en vez de una oportunidad. Debemos hacer lo contrario, abrirnos y ser sembradores de paz”, mientras que los tres funcionarios americanos enfatizaron el rechazo al criminal bloqueo contra Cuba. Los únicos acuerdos alcanzados versan sobre asuntos que difícilmente pueden considerarse de primer orden y que, para colmo, consisten en meras declaraciones de intenciones que pueden o no concretarse.
Lo extraño no es la intrascendencia de la cumbre, sino la insistencia en realizarla. El foro, cuya primera edición tuvo lugar en Guadalajara, Jalisco, fue creado en un contexto económico y geopolítico que ya no existe: los entonces mandatarios neoliberales Carlos Salinas de Gortari y Felipe González, así como el monarca borbón Juan Carlos I, lo concibieron como una plataforma para acelerar la denominada reconquista, es decir, la toma de los recursos naturales y los sectores estratégicos de la región por parte de multinacionales de España beneficiadas por el entreguismo y la oleada privatizadora. Asimismo, La Moncloa y La Zarzuela buscaban extender el área de influencia de ese país en momentos en que el proceso de integración europea ponía la economía española a la sombra de Alemania, Francia y Gran Bretaña. Hoy en día, en la mayor parte de América Latina y el Caribe impera un alineamiento tan acentuado hacia Washington que a los gobernantes de la región les queda poco tiempo para mirar en dirección a Madrid, salvo en busca del apoyo de los franquistas –declarados o encubiertos– que buscan poner fin a la presidencia de Sánchez en las elecciones del 29 de noviembre.
Acaso la siguiente cita, que tendrá lugar en Honduras en 2028, resulte menos incómoda para anfitriones e invitados ya con un ultraderechista probablemente instalado en La Moncloa. Pero la sintonía ideológica entre la mayoría de los asistentes no subsanará las falencias estructurales de una cumbre cuyo diseño impide la toma de decisiones vinculantes o la resolución de problemas comunes.
Edición: Ana Ordaz