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Manuel 'loco' Valdés o 'El Grandioso Sanfarinfas'

La cultura popular urbana pierden a un actor, bailarín, comediante y conductor televisivo
Foto: Cuartoscuro

Abelardo Gómez Sánchez

A don Manuel Valdés, in memoriam

La industria mediática, la más excelsa farándula, la cultura popular urbana, pierden a un actor, bailarín, comediante, conductor televisivo, pero, sobre todo, a una personalidad inclasificable: Fernando Manuel Valdés (1931-2020): El legendario Loco Valdés. En efecto, sus mefistotélicas cejas (acicaladamente hirsutas), su antitética testa (simultáneamente calva y melenuda), su vitalicia y dinámica esbeltez arlequinesca, y su gesticulación (como ilusionismo facial) fueron la fisonomía ad hoc, para un nativo de la excentricidad, un lunático todo terreno, un daimon tangible y chocarrero, un extraterrestre —de ese planeta invisible que son las convenciones sociales: como su amigo imaginario, el intangible y lenguaraz Colofox.

Partícipe en más de medio centenar de películas (los títulos están circulando con profusión), el Loco Valdés no es el gran mimo de la comedia cinematográfica nacional, no le hizo falta (los referentes proverbiales son, ¡todavía! su hermano Germán Valdés Tin Tán y Mario Moreno Cantinflas).

El loco Valdés, es un producto netamente televisivo, pertenece a una promoción histriónica en la que la comicidad transita de la pantalla grande a la chica, y es aquí donde, como pocos, será pez en el agua: pez imposible de atrapar para guionistas y floor managers. Por eso, hablar del Loco Valdés es aludir a una generación pionera (de la masificación mediática), cuya foto mínima debe incluir a Héctor Lechuga, Chucho Salinas, Leonorilda Ochoa, Francisco Fuentes Madaleno, Guillermo El Brillas, Sergio Corona, Pompín Iglesias, Susana Cabrera, Héctor Suárez, Alejandra Meyer, Beto el Boticario, Javier López Chabelo, Kipy Casado, Gaspar Henaine Capulina, Carmen Salinas (cuya primera etapa fue de imitadora), Polo Ortín, Los polivoces (Enrique Cuenca, y ese otro gran sobreviviente, Eduardo Manzano), El Chino Herrera, Guillermo Rivas, Delia Magaña, etcétera. Este jocoso elenco supo aclimatar la muy larga tradición, de la vis cómica nacional, a un medio novísimo, y forjar, sobre la marcha (¡estamos en vivo cabrones!), una comicidad, muchas veces ácida y catártica: apta para la sobremesa, y cuyo foro sería la íntima domesticidad de (slogan sesentero): La gran familia mexicana.

La velocidad del ritmo televisivo fue un acicate de la maratónica ocurrencia de El Loco, así se consigna en los programas: Variedades de mediodía (1955-1957), Variedades de medianoche (1977), Ensalada de locos (1971-1974) y La hora del loco 1982-1986. Su torrente improvisador, despepitado aquí, allá y acuyá, le surtió un caudaloso anecdotario. Una anécdota celebérrima: su chistorete sobre don Benito Juárez, que encontró eco inmediato en la autoritaria censura echeverrista, esto le ganó (en el imaginario público) su verdadera ciudadanía de Loco, y lo convirtió en símbolo de la espontaneidad y el desenfado: lo transformó en un holograma viviente deambulando por la vía pública. Sin embargo, nada más ajeno al Loco Valdés, que la sátira política, para eso estaba Jesús Martínez Palillo (el último escolarca de la Carpa) y sus retahílas excomulgatorias de la clase política (desde el milagro mexicano hasta las pos-sesentaiocheras). Insisto, difícil clasificarlo, porque Manuel el loco Valdés logró borrar la frontera entre escenario y cotidianidad. 

Vaya aquí un mínimo homenaje al loco, el orate, el deschavetado, el sanfarinfas —arcaísmo, cálido y sabroso que usaban las abuelas para decirnos que nos faltaba un tornillo—. Gracias don Manuel por afianzar nuestra cordura, apuntalarla a contrapelo, con tu fértil y terapéutica locura; por cultivar la carcajada, en esa otra patria, no chica sino infinita, que es nuestra Nación Relajienta.

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Edición: Ana Ordaz


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