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Jornadas de guerra

Escritores yucatecos y el relato novelado

 Aunque los estudios históricos y la creación literaria pueden ostentar elementos compartidos, sus métodos y sus propósitos difieren de manera notable. Sucesos y personajes enriquecen los frutos de su labor pero, aparte de sus rasgos disciplinarios, la apreciación que les dispensa el público varía de acuerdo con sus expectativas: hay quien lee sólo para informarse, para aprender y para analizar contenidos, mientras otros lo hacen por distracción o por placer. O combinan algunas de estas aspiraciones.

Muchos escritores yucatecos han guiado su pluma en los sinuosos caminos del relato novelado que extrae una parte de su argumento de hechos pretéritos. Su destreza narrativa puede infundir nueva lozanía a los sujetos que se desenvuelven en el periodo de su elección, sugiriendo con ello una perspectiva distinta del mundo que reconstruyen las fuentes de la historia.

Ermilo Abreu Gómez sustentó la idea de que la literatura tiene mucho qué decir en nombre de los receptores de continua humillación, de los hombres y las mujeres marcados por el desprecio social de las clases privilegiadas, tal como lo dejó ver en varios de sus libros. La conjura de Xinum es uno de ellos: en él echa mano de su acostumbrada sobriedad de estilo, y con el vigor de sus enunciados concisos y persuasivos traza una versión singular del movimiento armado que inició en Yucatán en 1847, conocido como Guerra de Castas. La forma en que recrea las fases de esa contienda representa una muestra clara de su arte expresivo.

Miguel Ángel Asturias, voz crítica de las tiranías centroamericanas, portador de una sensibilidad nueva para acercarse a las tradiciones de su patria y hábil en revitalizar mitos autóctonos, dio gala al umbral de esta novela en que la cultura maya se deja advertir forjada en la paradoja de los tiempos que pueden repetirse en duraciones largas, acorde con una inmersión ritual en el sustrato de sus valores milenarios. Su prólogo tiende a destacar el sentido testimonial de las palabras de Abreu Gómez.

El autor yucateco intitula la mayor parte de los capítulos de su obra con los nombres de las localidades que vivieron episodios intensos del conflicto, desde sus primeras acciones hasta las acometidas de los bandos en pugna, lo mismo en los puntos de traslado de las tropas como en la erección solemne del santuario de la cruz entre las selvas orientales de la península. Y distribuye equilibradamente la responsabilidad que asume cada parte en el enfrentamiento bélico: “La guerra perdió todo sentido moral, nadie tuvo escrúpulos en cometer los más espantosos excesos. Indios y blancos iban a superarse en crueldad; sin pudor se disputaban la delantera de la barbarie”.

La vida cotidiana y la cultura popular ocupan el sitio privilegiado que invariablemente les asigna el padre intelectual de Canek y de Naufragio de indios. Enmarcan la atmósfera ávida de una taberna a la que se concurre para degustar mistela y anís, o bien desatan los sonidos inconfundibles de los instrumentos autóctonos, reflejando en su música las fluctuaciones de ánimo de sus ejecutantes.

Es elocuente al describir los caracteres disímiles de los líderes de la insurrección, e incluso los de los personajes secundarios. Las probadas dotes del narrador bastan para transmitir el dramatismo de la evacuación de Valladolid cuando sus moradores padecieron la amenaza de las huestes rebeldes ante sus puertas. También revive el espíritu vecinal de una antigua villa: “Peto era entonces una de las plazas fuertes del sur de la Península. Tenía, además, fama de bien trazada; sus calles estaban tiradas a cordel y en el centro y en los barrios se veían lindas plazas con fuentes, árboles y flores. En las esquinas no faltaban nichos con ornamentos –cálices y cruces- labrados en piedra”.

Abreu Gómez se vale del misterio y de la ambigüedad para incitar la imaginación de sus lectores, y por ello inserta pasajes como el de la extraña tropa de desarrapados que, en su capítulo final, se planta a la entrada de Chan Santa Cruz sin conseguir penetrar en ella, dejando intacto, hasta ese momento, el recinto de la figura sagrada que se negó a hablar con aquellos que no se reconociesen hijos del pueblo maya.

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Edición: Gina Fierro

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