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El arte de la conversación

En medio de la contingencia

Rafael Rojo*

La pandemia nos ha llevado a varios escenarios de convivencia en casa evocadores de situaciones que, por alguna razón, vamos perdiendo en las noches de los tiempos.

Hace muchos años, poco antes de que la siempre noble ciudad de Progreso tuviera la gentileza de adoptarme por una temporada, veía con enorme envidia a la gente de Mérida que sacaba su mecedora para tomar el fresco.

Ya un muy querido amigo (hijo legítimo de las tierras del Mayab) quien se encuentra, como yo, autoexiliado en la capital del país, me había contado con enorme entusiasmo cómo sus padres y abuelos disfrutaban de las tardes, charlando con los vecinos y meciéndose en su silla.

Desde ahí veían pasear a los transeúntes bajo la sombra de frondosas ceibas, mientras practicaban “el arte de la conversación”, como decía mi abuelo. Así empezaban:

-¿Cómo está usted, Don Fulanito? 

-“Muy bien, Doña Zutanita, qué gusto saludarle; hace algunos días que no la veía; salude, por favor, al doctor, su esposo”.

Me figuraba a mis abuelos y tíos que también tenían esa costumbre, pero en la calidez de la otra península (la de Baja California), donde sobre un porche de madera montaban pesadas sillas para tratar de aliviar el calor después de arduas jornadas de trabajo en los campos.

Presa de mi propio romanticismo, en medio de la contingencia, llegué a pensar que eso sería posible en la selva de asfalto de la gran metrópoli. Decidí poner mi silla en la entrada de mi pequeña residencia, en el poniente de la ahora flamante CDMX. El sol acariciaba mi rostro, mientras esperaba que pasara alguna persona con quién conversar. El primero y último fue Don Pascual, quien, entre entusiasta y agitado, me narró la forma en que un grupo de “alegres parroquianos” irrumpió en el zaguán de la esquina, donde una señora había instalado un puesto de garnachas; los sujetos arrasaron con los escasos recursos de la caja e, incluso, hurtaron en especie: se llevaron las viandas, incluidas las verduras y las salsas. 

Decidí, sigilosamente, mudar mi particular tribuna para honrar la palabra a un pequeño patio interior del piso superior de mi casa. Definitivamente no encontré el reposo que esperaba y me conformé con un soliloquio, a falta de interlocutores. Al menos podría disfrutar un poco la tarde; mientras no me lloviera, claro. 

Mi solaz fue estruendosamente interrumpido por los frenos de un camión del sistema de transporte colectivo que pasó por la vía de atrás de la casa, dejando una densa estela de humo, que hizo del paisaje una escena de Turner. Mientras practicaba algunos recordatorios de la progenie del delicado conductor, me percaté de que no estaba sólo en mi acometida, los automovilistas orquestaban un coro de claxonazos.

Después de mi literal desahogo, respiré profundo y decidí ignorar el evento, para mirar con ánimo bucólico a las aves que retozaban en las ramas de un árbol. De pronto, mi vista se detuvo en una de las ventanas del edificio contiguo; una pareja de vecinos resolvía sus diferencias a grito en pecho: “¡Me tienes harta!” decía la mujer mientras arrojaba objetos a diestra y siniestra y el hombre contestaba con improperios. 

La tarde no estaba cumpliendo con mis expectativas que pretendían seguir el modelo meridano. No hubo más remedio que regresar al encierro donde reina Netflix y Facebook.

¿Dónde quedó el esplendor de la convivencia?, me preguntaba; en tanto recordaba mi vieja estadía en Progreso, donde fui bien recibido pese a que todos miraban cautelosos al adoptado que era todo un misterio, no tenía referencias, nadie había estudiado con él, no era oriundo de ninguna colonia y nadie conocía a sus padres.

Mi pensamiento dio un viraje, decidí dejar el ostracismo de las plataformas digitales y las redes y replicar lo que decía Rafael Mérida Cruz Lascano: “me voy pa’Mérida”.

 

*  Ingeniero, empresario y consultor ejecutivo. Radica por temporadas en Mérida

 

Edición: Gina Fierro

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