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Pensamiento mítico y conciencia atribulada

El arte de la palabra descubre caminos que terminan por ramificarse en muchos más

Todo escritor conoce los materiales con que trabaja y sabe qué hacer con ellos, aun sin poder anticipar del todo su resultado, porque el arte de la palabra descubre caminos que terminan por ramificarse en muchos más. Precisa el dominio de la técnica pero también de haberse imbuido de la vivencia y de hacer acopio de contenidos particulares cuya convergencia significativa se refleja en el acto de la creación estética.

Si ha incursionado con fijeza metódica en los terrenos de la historia como una de las vertientes de su formación humanística, con seguridad tomará elementos de ella para recrearlos literariamente. Si estudia la cultura popular con la atención privilegiada de quien reconoce en ella valores menospreciados, éstos nutrirán de una fuerza sustantiva los rumbos que su pluma adopten como senda.

El maestro Roldán Peniche Barrera da testimonio de ello con la floración de su obra en los varios géneros que cultiva: cuando elige el cuento para este propósito saltan a la vista sus dotes de hacedor de síntesis y enlaces. La pasión según Cristóbal Cupul (Editorial Dante, 2002) es un libro de prosa narrativa en que los ecos del pasado arrojan significaciones nuevas que reformulan episodios, figuras y motivos espigados de los años de la dominación española en Yucatán, de los esplendores decimonónicos y de las cuentas que la Revolución pretendió ajustar con el orden que la precedió. Más remoto aún es el sustrato mítico que resuena en los acertijos del lenguaje de Zuyua y en las correrías de los hombrecillos de barro que cobran vida para vaticinar las mudanzas de los elementos de la naturaleza según la voluntad de las deidades primigenias.

Al igual que Bernardo Ortiz de Montellano, Peniche Barrera ofrece una versión propia del relato de oralidad maya referido al conflicto conyugal en que la cabeza de la mujer abandona su cuerpo durante las noches para consumar actos de hechicería. Mientras el autor de El trompo de siete colores le confiere reminiscencias de Salomé bíblica, el narrador yucateco le atribuye visos de Gorgona y exhibe la debilidad del esposo que después de poner fin a la transformación nocturna de ella se abandona al alcohol y a la desesperanza, echando de menos la compañía y el deleite que su consorte le procuraba.

Algunos cuentos fincan su desarrollo en imágenes oníricas y en perfiles de quimera que bordan escenas de invención fantástica; en todos emergen paradojas, dilemas y penurias en tanto seña indeleble de la vida humana, que nadie puede conjurar con sólo desearlo ni por estar a disgusto con su realidad inmediata. La náusea, la angustia y el desasosiego sobrevienen sin remedio en toda ruta existencial, sea desde la primera hora o en la contundencia de un instante furtivo. Y cuando alguien parece rozar un horizonte de plenitud o de contemplación serena, a su alrededor habrá de aflorar la envidia o la amargura de quien se siente imposibilitado de atraer para sí un don espiritual equivalente.

Es memorable la manera como, por ejemplo, representa alegóricamente el punto en que el fluido vital va cediendo fuerza para dar paso a su extinción completa: “A mi izquierda y a mi derecha, huelgan, en decúbito supino, la vida y la muerte entreveradas y encontradas, pero es la muerte la que lleva la mejor parte: en medio de la penumbra retorcida de las seis de la tarde me es posible columbrarla en su óseo blancor, rumbeando en chancletas entre las camas de este cuarto de hospital”.

Dada la brevedad de los textos, la caracterización de los personajes adquiere sentido en algún rasgo fundamental que los convierte en portadores de obsesiones, manías y anhelos resquebrajados; excepcionalmente, la rutina laboral amortigua los achaques del tiempo, lejos de constituirse en un remedio definitivo. O bien los estigmas mesiánicos de un destino inexorable revelan el sacrificio de un hombre de fe bajo el asedio de sus hermanos de sangre aborigen.

La vasta producción bibliográfica que avala la trayectoria del maestro Roldán incita a rastrear los vasos comunicantes que desembocan en otros títulos suyos, de crónica y ensayo, e incluso en sus poemarios. La calidad unitaria de sus letras preside un marco de solidez creativa y convicción profesional.

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Edición: Ana Ordaz 

 

 

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