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Jeremías de Stefan Zweig

Leer los tiempos

He manifestado siempre mi entusiasmo por los buenos poemas dramáticos así como por un autor tan poderoso como lo fuera Stefan Zweig, y, sin embargo, confieso nunca haber leído su Jeremías (Acantilado, 2020) hasta que ahora se reedita en castellano.

Sabía de la existencia de este poema dramático y de que había sido uno de sus últimos acercamientos al teatro, un género que fascinaba a Stefan Zweig pero en el que nunca tuvo suerte. Incluso corría una leyenda de que su mal fario victimaba a los actores desde los ensayos. Lo cierto es que desde 1916 dejó, hasta donde sé, de escribir para la escena e inclusive una ópera de Richard Strauss cuyo libreto le pidió fue vetada por Hitler a causa de que Zweig era judío.

A Zweig lo persiguió la guerra a pesar de que era, por sobre todas las cosas, amante de la paz y Jeremías fue escrito durante la Primera Guerra Mundial, no en el campo de batalla porque Zweig fue considerado inútil para las armas y nunca combatió pero sí en las oficinas militares desde las cuales el panorama de absurda destrucción, de locura y desperdicio de vidas humanas, sobre todo de una juventud que nunca pudo recuperarse, era un espectáculo apocalíptico que le horrorizaba. Tanto que le trajo a la memoria la figura del profeta bíblico que maldijo cualquier guerra y se lamentó ante la visión de la Jerusalén destruida.

Esa Jerusalén fue para Zweig la Europa culta y cosmopolita que él conociera. Aunque 1916, cuando fechó su espléndido poema dramático, no fue el final de Europa, sí parece que Stefan Zweig profetiza en sus lamentaciones el ascenso del nazismo y la Segunda Guerra Mundial más de tres décadas antes de que estallara. 

A la destrucción de Jerusalén que supuso la Segunda Guerra no se sintió capaz de sobrevivir a sus sesenta años y por ello decidió, en su exilio brasileño y aparentemente seguro, suicidarse junto con su esposa, convencido de que la barbarie destructiva de los nazis no sólo se cebaría con su raza sino que arrasaría el orbe entero hasta no dejar piedra sobre piedra de la única civilización que entendía, El mundo de ayer, como tituló su obra póstuma.

En cambio, a pesar del horror de la Primera Guerra, el Jeremías del poema emprende el éxodo junto con su pueblo y se abre a la esperanza. Mejor dicho, nos abre a la esperanza porque la destrucción que veía el profeta bíblico no deja de parecerse en lo fundamental al mundo que nosotros heredamos y que vamos a heredar a nuestros nietos.

Sin embargo, a pesar de todo, la esperanza a la que canta con tonalidades extraordinariamente bellas se abre al fondo de todas las terribles espesuras.

No estamos hoy en Occidente en medio de una conflagración como la que conoció la vieja Europa de Stefan Zweig, pero una buena parte de los pueblos del orbe se encuentra en condiciones aún peores y en el mundo entero nos encontramos en medio de una pandemia como la que conociera Zweig como “gripe española”. Además, el calentamiento global amenaza con borrar del mapa lo que llamamos nuestra civilización. El Jeremías del gran escritor es más que nunca pertinente.

A pesar de la facilidad para dejarse engañar por demagogos, apariencias, necesidad de chivos expiatorios o la propia codicia no queda más que la esperanza en la oscuridad del panorama al que se dirige Jeremías en medio de sus lamentaciones. Queda el pueblo de Dios como sujeto mesiánico. Para los cristianos ya se hizo carne y habita en nosotros, para los hebreos está por llegar. Para ambos pueblos y el orbe entero, con distintos signos o aun sin ellos, la poesía dramática contenida, simbolizada en Jeremías resulta perfectamente vigente.

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Edición: Laura Espejo

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