Rafael Robles de Benito
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya
Mérida, Yucatán
Miércoles 28 de septiembre, 2016
Un tema que no puede dejarse de lado al hablar del cultivo de especies transgénicas en la península de Yucatán, porque además ya está sobre la mesa, es el de la producción de mieles. Uso el plural con toda deliberación: en la península de Yucatán no se produce una sola miel, uniforme y proveniente de una sola especie de abeja, con un sabor, color, consistencia y textura uniformes. Desde la oscura miel de las [i]melipona[/i] locales – las “abejitas mayas” – hasta la viscosa y dorada miel de las abejas europeas ([i]Apis melífera[/i]), se pueden encontrar decenas de mieles diferentes, unas más dulces que otras, con aromas y colores muy diferentes, y con viscosidades distintas, dependiendo no solamente de qué abejas las producen, sino de la época del año, y de la floración dominante en una región determinada. Que luego el mercado demande la recolección, mezcla y uniformización de las mieles en grandes volúmenes atractivos para la exportación, es otra historia. El punto es que las mieles son también una expresión – dulcísima, por cierto – de la biodiversidad regional.
El privilegio de la diversidad de mieles que nos ofrecen las selvas que constituyen lo que queda de la vegetación originaria de esta península no es compatible con la agricultura de monocultivos que demanda la producción de alimentos acorde a las condiciones de los mercados liberales de nuestros días. Se trata, pues, de elegir una vía estratégica para el desarrollo de nuestros pueblos: o se apuesta por forzar las condiciones ambientales existentes, de manera que las tierras peninsulares puedan producir eficazmente las especies de granos y leguminosas (transgénicos o no) que permitan a los agricultores participar del mercado dominante, sin considerar que esto termine por hacer a nuestro país aún más dependiente del comercio exterior para intentar abatir los niveles de pobreza de las zonas rurales; o bien se toma la determinación de explorar vías de diversificación productiva que, para que puedan abonar al desarrollo de las comunidades de la región, obligarán a reconsiderar las formas de organizar la sociedad y los mercados, de maneras distintas a las que parece imponer la globalización.
Se puede discutir quizá acerca de las bondades de acceder a sembrar transgénicos, y a aplicar los agroquímicos que requieren, partiendo de una argumentación que favorece un supuesto ingreso rápido, que mejore la situación económica de cierto número de familias de campesinos. Pero si ponemos las miras en el largo plazo, y hacemos algo más que simplemente utilizar la sustentabilidad como un bonito adorno del discurso, entonces tendremos que apostar por la diversidad, condición que demandan las características ambientales de la región, como garantía para emprender formas de producción que ofrezcan algo parecido a la solidaridad intergeneracional.
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