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Pablo A. Cicero Alonzo
Ilustración: Frank Miller, con texto de Pablo A. Cicero
La Jornada Maya

Mérida, Yucatán
Jueves 22 de septiembre, 2016

Se creen Leónidas. Se imaginan pateando al rival, gritando: “¡Esto es Yucatán —o Campeche, o Quintana Roo!”. Quieren vengarse de los traidores, los que se vendieron por unas cuantas monedas. No son 300; son 60 mil. Y están listos para defender su propia Termópilas y evitar que el invasor entre al Sureste. La irrupción de Uber en la península ha logrado lo impensable: aglutinar a un gremio clave, el de los taxistas. Ayer, aquí en La Jornada Maya, leímos que más de 60 mil choferes de seis estados conformaron el Frente Único Peninsular de Taxistas para hacer frente a la aplicación de transporte en el Sureste. Este frente anunció, entre otras cosas, una rodada, a nivel peninsular, y manifestaciones simultáneas en carreteras estatales y federales de cada entidad. Llama, incluso, a un paro.

Este hecho tiene muchas similitudes con la épica protagonizada por Leónidas y sus hoplitas. 300 espartanos se enfrentaron en un desfiladero a miles de persas, una horda con mercenarios de todo el mundo conocido; Leónidas y los otros 299 sabían que era una batalla perdida, pero aún así dejaron como legado unos hermosos cadáveres y una inspiradora historia. Los taxistas peninsulares igual se enfrentan a una derrota segura. Uber ha pulverizado a gremios igual o aún más poderosos que los de Yucatán, Campeche y Quintana Roo. Se impuso a los taxistas de Nueva York, de París, de Sao Paulo… ¿Podrán los David yucatecos, campechanos y quintanarroenses imponerse a este Goliat internacional? No lo creo. Ni con el apoyo total de sus respectivos gobiernos.

Los taxistas peninsulares tienen mala prensa, especialmente los de Yucatán y Quintana Roo. A los primeros se les relaciona con tarifas caras y con ser un grupo de choque del PRI; un gremio violento, monolítico, acaudillado por líderes polémicos. A los segundos, peor aún, se les ha involucrado con mafias criminales. Uber, por su parte, representa una opción fresca, diferente, cosmopolita. Sin embargo, en el caso específico de Yucatán, se ha demostrado que es otra la realidad. En estos meses que ha funcionado esta aplicación se han caído varios mitos; Uber no es la panacea. Aún así, sus tarifas son más baratas y es más sencillo solicitar sus servicios; es una opción específica para un nicho.

Espartanos y persas, todos con claroscuros. La irrupción de Uber —y de aplicaciones similares, como Cabify— no supone la desaparición de los taxistas tradicionales. Sí, en cambio, en una merma de su mercado, que aún así, con todo lo anterior aumenta; personas que nunca han solicitado taxis son ahora usuarios asiduos de Uber. La competencia, para nosotros, los usuarios, es buena; muy buena. Todo monopolio es perjudicial, y la convergencia de dos o más prestadores de una oferta similar redunda en tarifas más bajas y en mejores servicios. También, y no hay que olvidarlo, se salda en la pérdida de empleos y en la erosión de una importante influencia. En este contexto, a ninguna de las tres administraciones estatales de la península le conviene que los gremios de taxistas pierdan poder; ellos, en muchas ocasiones, les hacen el trabajo sucio. Uber, por su parte, implica también una pérdida de control para los gobiernos, situación que han esgrimido para su regularización, poniendo como pretexto la seguridad.

300 o 60 mil. El epílogo va a ser el mismo. Al final, los persas marcharon a través de las Termópilas, pisoteando los restos de los hoplitas kamikazes. Uber, no queda de otra, operará en toda la península, hagan lo que hagan los taxistas. Héctor Fernández Zapata, el caudillo de los choferes yucatecos, prometió que no habrá violencia, que será una protesta pacífica, algo que dudo; el de Billy es un clan bravo, acostumbrado a actuar con total impunidad. Uber se enfrenta a situaciones ya conocidas y estudiadas; la historia de su arribo se repite una y otra vez. Ha afinado la estrategia al punto de que va dos, tres jugadas adelante. Los tiburones de esta multinacional saben que se enfrentan a monopolios rupestres, propensos a la violencia… Y por eso los azuzan, les gritan ¡toma agua, perro! Un chofer herido por un taxista es un triunfo mediático para esta plataforma, que inmediatamente se convierte en el mártir del progreso frente al troglodita del estatus quo.

Lo más destacable de la actual situación es que los gremios hayan unido fuerzas. Veremos en estas jornadas de furia un gran músculo, pero totalmente inflado con esteroides; los taxistas peninsulares se unieron como última opción, es la patada del ahogado. Para ellos, el futuro consiste en la coexistencia. Hagan, pues, la rodada, las manifestaciones, el paro, pero conscientes de que sólo le están robando minutos al resultado ya anunciado.


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