Leonardo García Tsao
La Jornada Maya

Con la rapidez de las redes sociales, pronto se corrió la voz de que [b]Moonlight[/b] (Luz de luna), segundo largometraje de Barry Jenkins, había sido una de las favoritas del festival de Telluride. Así, una multitud hizo cola desde temprana hora para verla en su función de Prensa e Industria. Se trata de un sensible, pero discreto melodrama sobre el reconocimiento de un joven afroamericano sobre su homosexualidad.

Basada en una obra teatro, la narrativa se sitúa primero en la infancia del retraído Chiron, apodado Little por su corta estatura, quien vive el dilema de padecer a una madre (Naomie Harris) adicta al crack. Irónicamente, quienes le tienden una mano son un amable conecte de droga llamado Juan (Mahershala Ali) y su novia Teresa (la cantante Janelle Monae). Ya en la adolescencia, Chiron sufre el acoso escolar de ser llamado “faggot” y golpeado constantemente por ello; es entonces cuando experimenta su primer escarceo amoroso con su amigo Kevin (Jharrel Jerome).

Ya adulto, el protagonista (el ex atleta Trevante Rhodes) ha adoptado la misma profesión y el mismo estilo de Juan. Su físico ha cambiado y ahora es un músculo ambulante. Sin embargo, persiste su carácter tímido y parco. Le falta un reencuentro con Kevin (Andre Holland), quien también ha pasado tiempo en prisión, para poner sus sentimientos en orden.

Jenkins tiene el enorme mérito de saltarse los tópicos de las películas de educación sentimental y opta por un enfoque más impresionista. Una música bien seleccionada sirve de sólido apoyo emocional a las escenas clave. Y un reparto de uniforme solvencia –aún en los papeles infantiles—le da particular verosimilitud. Curiosamente, el tema del racismo no es abordado en ningún momento pues no aparece un solo personaje blanco en todo el relato. El enfoque es otro, más íntimo y es una de las raras aproximaciones centrales a un afroamericano gay en el cine estadounidense.

Otra historia de amor gay mucho más superficial se narra en [b]Below Her Mouth[/b] (Debajo de su boca), de la canadiense April Mullen. En este caso, la lesbiana Dallas (Erika Linder), quien acaba de terminar con su pareja, lleva a cabo la agresiva seducción de Jasmine (Natalie Krill), una aparente heterosexual, comprometida a casarse con su novio. Aprovechando un breve viaje de este, la segunda acepta una cita con Dallas lo que lleva a un inmediato y tórrido flechazo.

Gran parte del metraje de la película se dedica a las intensas actividades eróticas de las dos mujeres, bajo una estrategia típica de montar cuadros plásticos. Todo es epidérmico. Es la franqueza gráfica de La vida de Adèle (Adbellatif Kechiche, 2013) sin nada de la sustancia emocional. Este es el tipo de películas que puede resultar más exitoso entre espectadores masculinos, a quienes no les molestará, ni mucho menos, la visión estética de dos jóvenes hermosas en constante clinch sáfico.

Anoche fue la celebración del tradicional coctel mexicano ofrecido por Imcine. Se realizó en un salón tan pequeño del restaurante Los Colibrís, al grado que a la media hora la afluencia de invitados internacionales, ávidos de tequila y guacamole, había reducido el espacio vital de manera significativa. Esto como nota de sociales es muy pobre, pero es lo que hay.

(Por cierto, finalmente se restauró desde ayer el servicio de la escalera eléctrica en ambas direcciones. Es un alivio no llegar a las funciones echando el bofe).

Martes 13 de septiembre, 2016

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