de

del

Rafael Robles de Benito
Foto: Notimex
La Jornada Maya

Miércoles 7 de agosto, 2016

Para Jaicy Jael Maldonado y Javier “Chacate” Nadal, con admiración y hondo cariño.

Las tortugas marinas, que además de su pesado caparazón, cargan con nombres tan simpáticos como [i]Erethmochelis imbricata[/i] (Carey), [i]Caretta caretta[/i] (Caguama), y [i]Chelonia midas[/i] (Blanca) visitan todos los años las playas de Yucatán, y de otros estados costeros de nuestro país. Con una insistencia pausada, que parece cansina pero tenaz, salen del mar y trepan playa arriba hasta encontrar sitios apropiados para cavar sus nidos en la arena, desovar, cubrirlos de nuevo y volver a sumirse entre las aguas.

Y todos los años nos encontramos con las noticias contrapuestas de los nidos depredados y los cadáveres destazados hallados por las playas de la región; y de otro lado, los triunfales números de los nidos protegidos y los nacimientos registrados. En esta lucha de cifras, que parece apuntar, al final de las cuentas, a un avance en los resultados de los esfuerzos de conservación, queda un factor ausente, que no se puede soslayar: la disminución del hábitat disponible, adecuado para el arribo de tortugas en busca de sitios de anidación.

Cambio climático aparte (aunque se sabe que afectará la distribución de las playas, y por tanto, de las especies que hacen uso de ellas), haremos bien en buscar las causas de esta disminución de hábitat en el avance de ciertas malas prácticas humanas (sociales, económicas y políticas) en la apropiación de los paisajes costeros.

Las playas se alimentan de las dunas, que retienen la arena que mueven el viento y el oleaje, los eventos de nortes y los huracanes. A sabiendas de que esto es una sobre simplificación, no cabe duda de que, en la medida en que se pierden zonas de dunas costeras, se pierde la fuente de arena que permite la existencia de extensiones saludables de playas: la destrucción de las dunas favorece y acelera la erosión costera.

El empecinamiento en la construcción de infraestructura costera sobre las dunas, especialmente frenético en el occidente del litoral yucateco; y los intentos falaces y desesperados por detener la erosión resultante mediante la construcción atropellada de espolones y escolleras, aseguran que lidiaremos con la erosión de las costas en una batalla frustrante y constante. La recuperación de playas mediante la importación de arenas de otros sitios será siempre una solución parcial, temporal y costosa.

Mientras tanto, las tortugas marinas tendrán que recurrir a las cada vez más pequeñas, y más amenazadas, playas protegidas, y al trabajo, frecuentemente heroico, de quienes dedican largas noches de sus vidas a buscar tortugas y sus nidos, y a cuidar que el producto de sus actividades vuelva al mar, en forma de cada vez más tortugas juveniles. En tanto suceden mejores cosas en las playas de la región, debemos agradecer y respaldar sus esfuerzos.

[b]Mérida, Yucatán[/b]
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