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Pablo A. Cicero Alonzo
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

17 de febrero, 2016

Mientras en Topo Chico, Nuevo León, los presidarios vivieron una pesadilla de cuchillas y llamas, en Rumania, tatuados reos descargaban su ira sobre los teclados de olivettis con caries, vestigios congelados del Telón de Acero. Hablan de amor, de violencia, de locura, de pobreza, de política, de botánica, de recuerdos, de injusticias, de héroes y de canallas; escriben sobre la vida y la muerte.

Las autoridades rumanas implementaron un programa por medio del cual se le reduce un mes la pena carcelaria por libro escrito. Este plan ha tenido un éxito sin precedentes, lo que ha generado un boom de libros de autores presos: desde 2013, se han publicado más de 450; el triple que en las dos décadas anteriores. La literatura te hace libre. Literalmente, aunque sea en Rumania.

Y es que “seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría”. Como ladrón rumano, me robé lo preso entre comillas, que no es más sino el tuétano del discurso que pronunció Mario Vargas Llosa en la ceremonia de la entrega del premio Nobel de Literatura, el 7 diciembre de 2010.

En estos días se están afinando los últimos detalles de la Feria Internacional de la Lectura Yucatán (Filey), que se realizará del 12 al 20 de marzo próximo, en el Centro de Convenciones y Exposiciones Yucatán Siglo XXI. ¿Por qué hilo las políticas carcelarias de Rumania con este evento? Porque la Filey puede convertirse en la tabla de salvación de nuestra sociedad, cuya urticaria a lo impreso se recrudece con el paso de las generaciones.

Leer estos cinco mil caracteres tal vez no cambien tu vida. Sin embargo, el hábito sí que puede ayudarte a tomar más y mejores decisiones; te puede poner en alerta y revelarte qué político te miente con descaro; te puede brindar herramientas para los pequeños improvistos de tu vida diaria o para las decisiones más trascendentales de tu existencia. Metafóricamente, leer, como le sucede a la letra a los presos rumanos, te hace libre.

A fines de 2015 se dieron a conocer los resultados de la Encuesta Nacional de Lectura y Escritura. En un baile de cifras alegres, se presumió que, en América Latina, México sólo fue superado por Chile. Esta ficción la aplaudió el entonces titular del Conaculta, Rafael Tovar y de Teresa, hoy flamante secretario de Cultura. El funcionario destacó que los mexicanos leemos 5.3 libros al año, un cualitativo salto respecto al pasado 2014, cuando la cifra fue de 2.9. Desde ahí no cuadraron los datos, sobre todo si se observaba la drástica caída en la producción de libros: 330 millones en 2014 frente a los 306 millones de 2015.

Además, había que tener en cuenta que en el sondeo triunfalista de Tovar y de Teresa se incluía la lectura de redes sociales, como Twitter y Facebook, y que el 47 por ciento confesaba que dejaron sus libros a la mitad. Otro dato curioso, y que poco destacó el secretario de Cultura: en el [i]top five[/i] de libros leídos el año pasado se encontraban [i]Cincuenta sombras de Grey[/i], de E. L. James; [i]Crepúsculo[/i], de Stephenie Meyer, y el [i]long seller Juventud en éxtasis[/i], de Carlos Cuauhtémoc Sánchez.

¿Cómo estamos en Yucatán? Confío más en mis fuentes, y una de ellas es Álvaro Quiñones Aguilar, de Decide Market Research, quien en una encuesta sobre este tema nos reveló que “el 58.3 por ciento de los encuestados —seiscientos, en Mérida— declaró no haber comprado ningún libro durante este año y el 40.7 por ciento no había leído”. Hoy día, informó Quiñones, se está leyendo por obligación en las universidades y lo que se lee por gusto es narrativa —novela y cuento—, seguido de libros de historia, los científicos, de religión y textos para niños. “Tenemos una comunidad que produce libros, pero no lee”.

Con esos datos, que forman parte de la Encuesta de Consumo Cultural 2014, que se levantó del 29 de septiembre al 8 de octubre de 2014 en el municipio de Mérida, incluyendo comisarías, no se puede negar la crisis en el hábito de la lectura, ni presumir un trabajo que no se ha hecho. No hay nada de malo reconocer que no se lee —pregúntenle de nuevo al presidente Peña Nieto cuáles son sus tres libros preferidos— mientras se trabaje al respecto, con planes integrales y transversales. En ese aspecto, en Yucatán estamos a la vanguardia, y mucho en parte gracias a la Filey.

Esta será la quinta edición de este evento, y se espera que acudan más de ciento sesenta mil personas. Para eso, además de que participarán los principales expositores del rubro —300 invitados de diez países y 50 editoriales—, se está preparando un amplísimo programa con más de ochocientas actividades.

Con este ritmo, y a pesar de sólo tener un lustro de vida y ser la feria literaria más joven de México, la Filey ya es la tercera en importancia, detrás de la de Guadalajara y la Feria de Minería. Lo anterior no lo sostengo yo, ni los organizadores: lo recalcó Ismael Ordóñez, secretario técnico del Consejo Editorial del gobierno del Estado de México, cuando se presentó el evento en la capital del país. La Filey acorta nuestra sentencia en la cárcel de la ignorancia, y por eso es necesario que la arropemos como nuestra.


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