Ricardo E. Tatto
La Jornada Maya

12 de febrero, 2016

"El mezcal no emborracha, el mezcal te pone mágico”, dijo Daniel, encargado del único expendio de mezcal en todo el carnaval. Y como no alcancé el derrotero, me dispuse a probar personalmente si sus argumentos eran ciertos. No contento con la degustación, me ofreció un mezcal que no estaba a la venta para el público. “Una mezcla de ingredientes especiales traídos desde San José del Pacífico, no apto para espíritus apocados…”, me advirtió.

Mientras caminaba por entre la marejada de gente que festejaba el martes de “Batalla de flores” en la llamada Plaza Carnaval, la celebración comenzó a revelar su verdadero rostro en su edición 2016, pues el color prístino de mi bebida poco a poco fue trasluciendo la realidad de lo presenciado, o al menos eso creí, ya que la magia y la fantasía se fueron colando por entre el iris de mis ojos hasta trastocar mi psique.

¡Tam… tam… tam… trapaca trapaca matraca matraca patracá!, redoblaban las tamboras de una sonora batucada, incitando a unirse a la algarabía de cuerpos en ebullición. La seguí con curiosidad hasta desembocar en una tarima, donde cinco chicas esperaban ya formadas para el concurso de twerking, que no es otra cosa sino el movimiento exacerbado de trasero, cintura y cadera, todo de manera inusitada hasta el infarto.

Pero a mi arrobamiento pronto le siguió el horror, cuando una niña de unos 10 años comenzó a bailar con movimientos y contorsiones dignos de un table dance. En el público, sus padres le festejaban sus gracias. La magia del mezcal obró efecto, ya que imaginé que las bailarinas se transfiguraban en Maciel, el Papa Francisco y Michael Keaton, protagonista de Primera plana, filme que versa sobre un caso de encubrimiento de sacerdotes pedófilos en Boston.

Más pronto regresé a tierra. A mis consideraciones morales pronto le siguieron desvaríos cobijados por el fantasma de Malcolm Lowry. “Para qué juzgar –me dije- si es la fiesta de la carne, donde todo pecado puede ser perdonado si es cometido antes de la cuaresma”. Así, con un carrizo mezcalero en la mano, continué mi periplo, de tarima en tarima, observando la estulticia, la suciedad, supermodelos de rancho (te pongo casa, mi reina), pero ningún disfraz. Y lo más sorprendente: pocos borrachos.

El ayuntamiento de Mérida jugó bien sus cartas al exiliar el carnaval hasta Xmatkuil. Encerrados como estábamos, no podíamos hacerle daño a nadie. Peor aún, algunos dueños de negocios se quejaban de su poca venta: todos le temían a los sendos alcoholímetros apostados a la salida. Un negocio redondo, sin duda alguna, ¿pero para quién? Sin embargo, tenía el regreso asegurado, razón por la que anduve obnubilado ante la profusión de luces al atardecer de un carnaval lleno, aunque algo deslucido. ¿O el deslucido era yo?

Las chicas Corona bailan y Los Méndez revientan mis tímpanos. Cuando recupero un poco la razón me doy cuenta de que estoy danzando con una gorda. El baile del pavo suena a todo lo que da. Aquella me unta sus lonjas en el ombligo. Bebo más de mi elíxir mágico hasta transportarme a otra tarima. Ya es de noche, el día se me ha ido como un trago delicioso. El grupo de reggae I & I se apresta a salir. Justo enfrente, el expendio de mezcales mágicos brilla en una explosión multicolor. Me llama. Entonces la música inicia, comienzo a sentir que floto por encima de la gente… “Ceremoniaaaaaaaal”, canta el vocalista rastafari. Es demasiado tarde, al menos para mí. Muevo las manos emulando el ritmo ondulante del público al cual miro desde arriba. Dejo de resistirme, el aire fresco de la noche me arrastra lejos, muy lejos de mi propia conciencia. Adiós a todos, yo ya estoy muerto.

Despierto en mi cama. El carnaval de Mérida ha terminado. Algunos me cuentan que el de Progreso fue mejor, azuzado y reinventado gracias a la guerra de las empresas cerveceras. No lo sé y nunca lo sabré. Me doy cuenta de que en realidad nunca salí de casa, que todo fue un sueño. Los estados alterados de mi mente fueron una pesadilla, para nada el producto de un mezcal mágico. Decido sentarme a escribir.

¡Carajo!, exclamo con pavor. Junto a mi computadora, un carrizo vacío. Lo olfateo y mis temores se confirman. Huele a magia. Y ahí voy de nuevo.

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