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Pablo A. Cicero Alonzo
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

3 de febrero, 2016

Beatriz Guadalupe Azueta Acosta vivía rayando la indigencia; sorteaba sus días, junto con sus dos hijos, en los paupérrimos campamentos de pescadores de Progreso de los que nadie habla. Estaba a merced de la naturaleza, como los pájaros y los peces; había días en los que Dios no proveía. A sus asesinos se les hizo muy fácil recrear que no fueron golpes lo que la mataron, sino las inclemencias del clima.

El cuerpo de la mujer fue hallado el sábado pasado, en un terreno baldío que se utiliza para depositar escombros; arrojada como basura, Beatriz Guadalupe aún respiraba cuando la abandonaron ahí. Antes, y durante horas, fue brutalmente golpeada, según peritajes dados a conocer, por hasta tres personas.

La mujer, puesta sobre un cartón y tapada con un guiñapo; despojada de toda humanidad, reducida a piñata, a [i]punching bag[/i] que agonizó en ese frío amanecer en el puerto, viendo cómo la vida se le escapaba con cada soplo, con cada latido; su sangre filtrándose entre la arena y la escoria, arrebatada con violencia por seis puños cobardes.

Las autoridades, se señala, ya identificaron a los verdugos. Dos de ellos vivían y sobrevivían con su víctima en el lumpen de esas chabolas de salitre; uno de ellos, se asegura, era el padre de los dos hijos ahora huérfanos de Beatriz Guadalupe. El cadáver de la mujer fue enterrado en el cementerio general del puerto; las autoridades presumen que los servicios estuvieron a cargo de la funeraria municipal gratuita.

Horas después, en la noche del domingo, Juan Diego Domínguez Beita llegaba a su casa, en la colonia San José Tecoh, en el sur vergonzante de Mérida. Ahí encontró a su esposa, a su suegro y al ahijado de éste. Los tres, se especifica en la crónica roja, estaban tomando alcohol. Juan Diego le reprochó a su mujer; le gritó y la golpeó. Los otros dos intentaron detenerle, sin éxito; estaba fuera de sí, embrujado por la ira.

Gritos, jaloneos, tropezones… Vecinos acechando la penosa escena ven cómo Juan Diego va en busca de un arma, de esas que llaman hechizas, de muy bajo poder. Le dispara a su suegro, [i]¡bang![/i]; a su esposa, [i]¡bang! ¡bang![/i], y al tercer comensal, [i]¡bang![/i] El agresor observa la escena, y el único pensamiento lúcido que ha tenido en los últimos minutos es el de quitarse la vida: [i]¡bang![/i]

Nadie muere en el acto. La agonía de los cuatro es lenta y dolorosa, ya que la magia negra de la hechiza no es efectiva. Juan Diego y sus cuatro víctimas están enzarzados, en este momento, en una feroz lucha con la muerte.

Las tragedias de este fin de semana se registraron en zonas de alta marginación, regiones cubiertas de un opaco velo de vergüenza para que no nos incomoden. También coinciden en que la tragedia gira en torno a mujeres. En el caso de Progreso, la víctima lapidada con puños; en el de Mérida, la esposa golpeada y después baleada.

Ambos hechos no tuvieron la difusión mediática que tuvo, por ejemplo, el caso de la jovencita Martha Martínez Ávila, cuyo cuerpo sin vida fue hallado en Conkal. Al estigma de mujeres de Beatriz Guadalupe y de la esposa de Juan Diego se les añade el de miserables; demasiada “pornomiseria”, incluso para los carroñeros que se alimentan de ella.

Con éstos casos, es aún más evidente la corrupción que sufre la sociedad, de la que tanto se habla y tan poco se hace. Esos son nuestros pecados de omisión como sociedad, ávida por leer detalles escabrosos y que sacia ese morbo rupestre con festines salpimentados de sexo y rumores. “¿Era prostituta?”, “¿La sodomizó?”, “¿Era amante del ahijado de su papá…?”.

Tanta es nuestra apatía hacia ese tema, nuestro desdén a encontrar una solución, que no nos atrevemos a levantar la voz cuando uno de los encargados de velar por nuestra seguridad —y la de Martha, y la de Beatriz, y la de la esposa de Juan Diego…— no compareció en la glosa del tercer informe.

No dijimos nada; nos quedamos callados, inertes, mudos. Los primeros señalamientos indicaban que el fiscal general Ariel Aldecua Kuk no acudió a ese ejercicio necesario “por motivos de salud”; el funcionario fue sometido a una intervención quirúrgica a fines del año pasado, pero después de prolongada convalecencia regresó a trabajar.

Sin embargo, el mismo fiscal señaló que su ausencia no se debió a su estado físico, sino a que “no fue requerido a comparecer ante el Congreso local, esto con base en lo que dicta la Constitución Política del Estado de Yucatán”. Lo clarificó vía un comunicado, reforzando la idea de que hoy día vivimos en una “boletinocracia”.

Parte de las obligaciones de Aldecua Kuk —y de cualquier otro funcionario público— es informar a la ciudadanía. ¿Cómo se está implementando la instrucción que hace unas semanas giró el gobernador Rolando Zapata Bello respecto a los feminicidios? Ya sea compareciendo ante diputados u ofreciendo su versión a los medios, necesitamos en estos momentos, como sociedad, el bálsamo de la acción, el confesionario de las repercusiones. Si el callo de nuestra alma nos impide clamar justicia por las mártires de este fin de semana, cuando menos que sea el miedo lo que nos mueva a pedir medidas extraordinarias.


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