Ricardo E. Tatto
La Jornada Maya

1° de febrero, 2016

[i]Hombre es mitad polvo, mitad deidad, igualmente incapaz de hundirse que de volar”[/i]
[i]Lord Byron[/i]

Un murmullo recorre la antesala del Peón Contreras: Schumann, Ritter,Tchaikovsky, son los crípticos nombres que se comentan por lo bajo. Para cuando se abren las puertas y uno sube las escaleras de mármol del centenario recinto las expectativas son altas. No es para menos, ya que siendo únicamente dos piezas a interpretarse en lugar de las tres acostumbradas, la velada nocturna del último viernes del mes se convierte en una apuesta.

Sin que el director Lomónaco medie palabras previas al recital, Rodolfo Ritter aparece en escena arropado por los aplausos. Algunos escépticos nos reservamos las palmas para el final de la ejecución. Se sienta y escuchamos las primeras notas del Concierto para piano, Op. 54 de Robert Schumann. Allegro affetuosso es un primer movimiento donde solista y orquesta miden sus fuerzas amigablemente. El piano dialoga con las cuerdas, donde pronto ceden el protagonismo, discretas y precisas, acomodándose en torno al aterciopelado golpeteo de las teclas. Intermezzo: andante grazioso da lugar a un mayor lucimiento técnico de Ritter, músico mexicano acomedido que pronto alcanza la belleza que sólo el lugar común puede describir: el espíritu se inflama y el arrebato estético llega como cuando uno se enamora de una nínfula risueña, pero pronto deviene en un tema dulce que inicia y se detiene emulando lúdicos escarceos juveniles. Justo cuando uno comprende este juego de manos, Rodolfo arremete de nuevo con pasión y presteza.

Allegro vivace no me resulta tan alegre, pues la sonora respiración de alguien congestionado comienza a sacarme de mis cabales, insuflando pensamientos psicópatas que contrastan con el movimiento final sosegado y melódico. Me controlo, concentrándome e imaginando a Clara, pianista -y esposa- del compositor, interpretando por primera vez esta pieza en Leipzig en 1841, cuando de súbito la ovación me saca de mis ensoñaciones. Ahora sí, los aplausos bien merecidos nos granjean un regalo del invitado: otra pieza de Schumann. Durante el bis se deja escuchar “De lugares y tierras extranjeras”, donde por breves minutos Ritter nos lleva con su fraseo a conocer gente de otras épocas y latitudes.

[h2]Byron vs. Tchaikovsky[/h2]

El poema “Manfredo”, de Lord Byron (un drama metafísico que da cuenta de un fáustico noble agobiado por la tortuosa culpa ante la muerte de su amada Astarte), impresionó tanto a Tchaikovsky que trabajó sin solaz hasta terminar la que en su momento creyó su mejor composición. La Sinfonía Manfredo, Op. 58 es una composición de altos vuelos, fuerte y apasionada, que reta a toda la orquesta a un duelo a muerte con el escucha, que se deja llevar por una andanada de golpes y emociones. El primer movimiento, Lento lúgubre, no tiene nada de solemne como su nombre hace pensar, sino todo lo contrario: es un gancho al hígado. Las percusiones y metales se confabulan para arrancar con una golpiza sobre el escucha, cuyas sensibilidades se encuentran confundidas y, sin embargo, impactadas por la intensidad de lo escuchado. Por si esto fuera poco, justo cuando uno quisiera recuperarse, Vivace con spirito llega como un segundo aluvión de combinaciones certeras, sorprendente segundo round donde la paliza es orquestada por cada sección del ensamble de músicos. Ya en el suelo físico y emocional, un par de arpas y una pandilla de cornos vienen a rematarnos, hasta que de una manera obstinada irrumpen los violines con un punzante pizzicato perpetrado por los concertinos Collins y Skhirtladze, azuzados por una runfla de arcos y cuerdas.

Pastorale. Andante con moto nos encuentra devastados, mas contrasta el sentimiento general renovando nuestro aliento, inyectándonos bríos por su belleza calma, prístina como las manos de una hermosa mujer prestando asistencia a un abatido caballero. El arpa y el triángulo son esgrimidos con finura, acariciándonos el lóbulo de la oreja en un placer auditivo sin igual. Allegro con fuoco aparece para darnos el golpe de gracia. Agotados como estamos por la miríada de sonidos y artificios orquestales, resulta en una explosión de coloratura donde los instrumentos de viento dan un paso al frente, empujándonos al abismo mortal, Rainier Pucheaux y demás clarinetes provocan el descenso al olvido existencial. Entonces las arpistas reaparecen otorgándonos una bocanada de aliento fresco que nos revive, mas todo está perdido,z ya que agonizamos musical y apasionadamente. “Morir no es difícil; es más difícil ser condenado a vivir eternamente en un caos de pensamientos incontrolables”, nos dice Manfredo, doliente. Sólo nos queda sonreír antes de perecer con una muerte gloriosa, excelsa y magnífica, justo como esta noche.

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