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Pablo A. Cicero Alonzo
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La Jornada Maya

1º de febrero, 2016

A veintitrés kilómetros de Kampala, la capital de Uganda, hay un bosque que alberga gran cantidad de plantas y animales, entre estos, insectos como polillas y mosquitos. Hace siete décadas se descubrió que uno de ellos, el [i]aedes[/i], transmite el virus que hoy tiene en alerta a gran parte de América Latina. Ese bosque africano se llama Zika.

Los primeros en presentar los síntomas de esta enfermedad fueron los monos; los registros de esas infecciones se remontan a 1947, el mismo año en que la India se independizó del imperio británico, de la mano de Gandhi. Un año después, un 30 de enero, Nathuram Godse asesinó al apóstol de la no violencia. En una odisea que tardó años, el [i]aedes[/i] voló cuatro mil kilómetros, del bosque de Zika a Nigeria, donde transmitió la enfermedad un humano. Desde entonces, este virus es una dolencia común en el continente negro.

Entre África y América hay un océano inmenso, que al ser humano le llevó recorrer siglos. El virus se las ingenió para hacerlo, tal vez como polizón del torrente sanguíneo de algún viajero. Librado el Atlántico, un nuevo mosco se encargó de propagarlo en esa población virgen de anticuerpos e ignorante del mal. Primero, se cebó con los brasileños. Aquí, en México, los primeros reportes sobre el zika aparecieron en octubre del año pasado. A finales de ese mes, el día 30, encontramos lo que en la prensa local podríamos calificar como la “nota cero” en Yucatán. [i]La Jornada Maya[/i] publicó una entrevista con un entomólogo de la Uady, quien hablaba sobre el dengue, el chinkungunya y este nuevo flagelo. En esos días, en paralelo, comenzaron a surgir reportes provenientes del Sur de que el zika estaba directamente relacionado con el aumento de casos de nacimientos de niños con microcefalia; el tema, entonces, comenzó a acaparar la agenda noticiosa nacional.

Concluimos el fin de semana pasada con una alerta de la Organización Mundial de la Salud, que señalaba que este virus estaba creciendo a pasos agigantados, amenazando a todas las naciones del continente, con excepción de Canadá y de Chile; la institución mundial calcula que de cuatro a cinco millones de personas caerán víctimas de esta dolencia, y urgió a las autoridades a tomar medidas al respecto.

Países vecinos a México, como El Salvador, han incluso sacrificado su futuro por blindar su presente: solicitaron a las mujeres no embarazarse hasta 2018. Es decir, la tasa de natalidad de esa nación sudamericana caerá notablemente, con todas las implicaciones sociales y económicas que eso implica. Un mosco, un mínimo insecto, está poniendo a temblar al Nuevo Mundo.

“La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido”. Eso lo dijo H.P. Lovecraft, quien bien sabía lo que era el miedo. Y, efectivamente, la incertidumbre y la falta de información es lo que hace del zika una amenaza aún mayor. Hace unos meses, era más probable que te hubiera dado un mal similar a que lo pudieras pronunciar: chin-kun-gun-ya. El virus, que significa, en el dialecto original, algo que dobla, que te quiebra los huesos, siguió una ruta similar a la de su pariente ugandés; sorteando el Atlántico, como navegante portugués.

Como si fueran feminicidios, las autoridades yucatecas —como las de la gran mayoría del país— reaccionaron mal y tarde; ellas igual tenían miedo de aceptar lo evidente. Nunca entendieron que la llegada entonces del chinkungunya (se pronuncia chikungúña) no los desenmascaraba como ineptos, era algo inevitable; la historia los iba a juzgar por sus reacciones: y éstas fueron lentas y caóticas.

Recordamos los copiosos sudores, como cataratas, que provocaron las preguntas de los reporteros al secretario estatal de Salud, doctor Jorge Mendoza Mézquita, quien en el génesis de la alerta del chinkungunya evidenció sus deficiencias como un comunicador. Mención aparte merece su colega de Oaxaca, Héctor González, quien incluso minimizó la situación: “A la gente a veces le empieza a doler la cabeza, el cuerpo, y les dicen que tienen chikungunya, y no, lo que tienen es cruda, así de fácil, o gripa”.

Aunque las autoridades aprendieron la lección, y al parecer están reaccionando de manera más presta con el zika que con su pariente africano, la (des)información continúa siendo un síntoma de su mediocridad. No entienden todavía que no se puede encapsular la labor de alertar a la población en una dependencia dirigida por profesionales que no saben cómo emitir un mensaje de una manera clara, directa y eficaz.

Aunado a eso, las oficinas formales de comunicación de las autoridades, con una mirada cortísima, miope, se han especializado en la propaganda, manteniendo como su único objetivo ensalzar la figura del gobernante. En días previos y posteriores al tercer Informe, los yucatecos fuimos blanco de un bombardeo mediático, sufriendo la omnipresencia del mandatario, tornado en emperador. La mayor parte del gasto en comunicación se dilapida en imágenes de abrazos y en decir que vamos bien. Si el diez por ciento de esa cantidad se hubiera utilizado en informar sobre estas nuevas enfermedades, la situación actual sería otra.

Las campañas de comunicación de la autoridad han sido prostituidas y transformadas en medio de control político, en lugar de jugar su importantísimo papel de mantener informada a la población, en especial con cuestiones que tienen que ver con su salud. La actual incertidumbre no se cura con ruedas de prensa ni con declaraciones de banqueta. Al final, lo que está ocurriendo es que el gobierno se está viendo superado por versiones periodísticas o rumores, que minimizan o que alarman, tan peligrosos los primeros como los segundos. Las autoridades reaccionan ante los bastonazos que dan los reporteros, ciegos y sin información de fuentes oficiales. La epidemia de la (des)información es mucho más grave que la del chikungunya y el zika.


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