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Pepe Elorza
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Jueves 19 de julio, 2018

A mediados de los años noventa llegué a visitar a mis padres en Tapachula, era temporada navideña y como muchos, acostumbrábamos reunirnos y pasar esos días en el que había sido nuestro hogar… yo presumía mi teléfono celular, como novedad tecnológica. Iba y venía hablando por los corredores de la casa, hasta que en un momento mi padre me detuvo e inquirió, ¿esas llamadas que estás haciendo no me las van a cobrar a mi? Claro que no papá, sonreí, este es mi cel, tu teléfono es aparte.

¿En qué consiste? No sé, yo hice un contrato con una telefónica en Oaxaca y pago una cantidad por el servicio, que es como el tuyo pero portátil.

Más tarde pensé, él había nacido a principios del siglo, 1905 para ser precisos, cuando no existían en aquellas tierras del Soconusco: los aviones, los automóviles, los teléfonos, la luz eléctrica, el gas doméstico, el pavimento y el ferrocarril se inauguró cuando él cumplía seis años… luego decidió estudiar Leyes en México a fines de los veinte, y me contó que había visto el avión de Lindhberg, aquel piloto temerario que había atravesado el Océano Atlántico, surcando los cielos de la ciudad de México… y aunque siempre fue afecto a comprar los adelantos tecnológicos, ahora ya era un anciano y estaba retirado, su secretaria (él era Notario Público) nunca usó computadora.

Seguramente en enero, cuando llegó el recibo telefónico, hurgó en el enlistado a ver si hallaba mis misteriosas llamadas.

[i]La casa de arena[/i] (2005) es una película brasileña dirigida por Andrucha Wadington, que narra la saga de tres mujeres a lo largo de dos terceras partes del siglo veinte.

La historia comienza cuando una pareja llega a una lejana y solitaria playa donde el marido adquirió un terreno, sin embargo, el hombre fallece al poco tiempo y ella queda desolada, embarazada, con su madre que la acompaña… la mujer no sabe cómo regresar y busca a alguien, pero no halla y tiene que parir ayudada por unos negros cimarrones que ni siquiera saben que la esclavitud ya se abolió.

Un día su madre muere enterrada por una extraña tormenta de arena, y sola, con su hija, acepta ayuntarse con un joven negro que la desea… así transcurren los días y los años, la pareja envejece y la niña silvestre se hace mujer, y harta de los pocos pescadores que viven en aquellos confines de la tierra, se va…

Un dia llega con su pareja a bordo de un Jeep… ahí siguen su mamá y su padre adoptivo en su choza de palma, amorosos la reciben. Son los años setenta, ella le muestra su radio de transistores y le comenta… ¿Ya sabes mamá que el hombre llegó a la Luna?, e incrédula repite la madre ¿A la luna?. Sí, los americanos lo hicieron, y entonces la madre pregunta qué hallaron, a lo que la hija responde: Nada, bueno, arena.

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