La Jornada Maya

Grabar la herencia: El arte de Clarissa Alamilla May

La yucateca, originaria de Cenotillo, explora la comunidad, la memoria y la identidad desde su oficio

Grabar la herencia: El arte de Clarissa Alamilla May
Foto: Katia Rejón

Clarissa Alamilla May habló sobre el solar de su abuela una noche de abril del año pasado a un grupo de artistas y gestores. Estábamos debajo de una palapa, junto a una niña que contaba sapos de un estanque y una familia que calentaba pipián en un horno de piedra. Era el sexto T’oox del Centro Cultural Iin Ki Kalante en Tecoh, una actividad periódica que reúne a personas creativas de la región para platicar y cocinar. También era la clausura de la residencia artística de tres artistas yucatecos: Rosario Caldera, Edwin Baas y Clarissa Alamilla.

En una mesa de madera, la artista dibujó el mapa del solar familiar que ya no existe más que en su memoria. El traspatio de su abuela fue uno de los espacios donde creció y su proceso de desaparición fue cómo casi todo lo que desaparece en Yucatán por estos días: una sustitución a otro modo de vida más urbano, importado y postizo. 

“Al final de la residencia tenía apuntes y notas sueltas pero nada tangible. Estaba muy ansiosa, pero Ángel Avilés, el encargado de mi residencia, me dio bastante soporte”, confiesa en entrevista. 


Foto: Katia Rejón

Las notas, que leyó en la presentación de su obra, contenían una exploración mucho más larga. Una pregunta del ser o no ser y cómo ser una persona maya cuando la forma de vida de los y las abuelas no se hereda o no se puede heredar. 

“Cada vez abrazo más mi identidad como una persona maya. Pero me cuestiono qué tanto derecho tengo de explorarlo si no tengo los apellidos o no cumplo con, digamos, todos los parámetros de ser una persona maya”, aclara.


Foto: Katia Rejón

Las respuestas a esas preguntas la llevaban a sus recuerdos de la niñez en Cenotillo, un municipio del sur de Yucatán de donde es originaria. En las artes gráficas, dice, la vida cotidiana no se toma en serio o se encasilla en categorías como “costumbrismo” dejando fuera el potencial político que tiene la transformación de las rutinas y la problematización de la identidad, la pérdida o recuperación de la memoria familiar. 
 
Su obra, es decir, su vida relatada en clave artística, nos habla del cambio a estructuras sin genealogía, sin relato, genéricas, donde habitar pasa de ser una experiencia cultural a una decisión logística. El solar como espacio de cuidado y reproducción de la vida es ya una práctica de creación. No hay un solar igual a otro. Está compuesto por fragmentos de contemplación, naturaleza, soluciones cotidianas.   

Los abuelos de Clarissa tenían árboles de naranja dulce y naranja agria, de toronja blanca, chinalima, limón, zapote, ciruelas y guanabana. Tenían cedros y una mata de henequén. En el mapa-mesa que dibujó mostró las piletas para almacenar agua y un jardín con flores, donde vivían aves de corral, cerdos, gatos y perros.

“No pensé que leer mis notas iba a crear emociones en las personas que estaban ahí. Me sorprendieron mucho las reacciones porque no me considero escritora. Pero lo que escribí viene de ese proceso de pensar lo que me construye como persona, en mis raíces y en el lugar donde crecí”, dice. 


Foto: Katia Rejón

La mesa donde dibujó el mapa fue un préstamo. La casa de su abuela tenía una parecida y pintar en ese soporte también la sacó de su zona de confort. Fue una experiencia que, en general, la sacó de su zona de confort.

¿Cómo se llega a ser una artista gráfica?

Clarissa Alamilla May es una artista visual y grabadora que vive en Mérida, Yucatán. Estudió la licenciatura en Artes Visuales, aunque inicialmente entró por casualidad y pasó el primer año y medio dudando de si era el camino correcto. 

“Siempre tuve habilidades manuales pero hasta que me topé con la carrera no sabía ni siquiera que existía una licenciatura en artes. Los primeros semestres me preguntaba seguido qué hacía ahí, pero me quedé porque sabía que era la única oportunidad para estudiar, pues mi familia hizo muchos esfuerzos para que pudiera entrar a esa carrera en Mérida”, cuenta.


Foto: Katia Rejón

Su conexión real con el arte comenzó con el profesor de dibujo Miguel Reyes, quien la motivó y eventualmente la invitó al taller de litografía del Centro de Artes Visuales. 

“Era pésima dibujante pero el profe Miguel Ángel siempre fue muy amable conmigo. Eso me motivó mucho y vi un salto entre mis primeras clases y al terminar el semestre. A varios compañeros nos permitía entrar a sus clases sin estar matriculados en ellas. Seguí, seguí, seguí. Me volaba otras clases para entrar a la de dibujo y estuve como tres años tomando la clase sin estar inscrita”, dice.


Foto: Katia Rejón

Como estudiante fue becada para una estancia en la Ceiba Gráfica en Coatepec, Veracruz donde la intensidad del trabajo y la convivencia con otros artistas la llevaron a tomarse en serio el grabado. Por esas fechas, el colectivo de artistas Calle Estampa abrió una convocatoria para sumar personas al equipo y se integró. 

De eso ya han pasado 13 años y sigue viendo el trabajo colaborativo como una forma de facilitar el acceso a materiales, espacios y apoyo mutuo. Recientemente, inició una nueva colectiva junto a la artista Jocelyn Chávez (Señor Tótem), enfocada en realizar intervenciones en espacios como librerías y cafés.


Foto: Katia Rejón

La gráfica ha estado en las calles desde tiempos remotos: carteles, propaganda, cartas, rótulos, libros, periódicos. Crea estampas repetibles a partir de una matriz que se entinta y se presiona sobre un soporte como el papel, la roca, la tierra. Es una huella. Gran parte de la historia antigua puede hoy comprenderse gracias al registro del grabado presente en todas las culturas.  

“La misma gráfica te anima a trabajar en equipo. Por lo general, cuando haces una edición, una persona entina y otra persona mueve la prensa y mueve el papel. Técnicamente, la gráfica pide colaboración”, agrega.


Otras formas de conectar a través del arte

En 2024, la maestra Teresa Mézquita Méndez publicó un artículo llamado Intervenciones, creación y vida diaria en las comunidades de Yucatán que recopila experiencias de prácticas artísticas en varios municipios. Uno de los casos fue el taller que impartió Clarissa en Texan Palomeque hasta 2022. En esa entrevista, Alamilla dice: “Este grupo de mujeres me enseñó más de la vida de lo que yo les pude haber compartido de una técnica de arte”.

La experiencia de Clarissa Alamilla en los talleres comunitarios es un proceso transformador que impactó profundamente tanto su identidad personal como su visión del arte como una herramienta de cambio social. 


Foto: Katia Rejón

Las mujeres de Texán Palomeque que asistían al taller de Clarissa Alamilla se comunicaban únicamente en maya, así que se apoyaba de las asistentes más jóvenes que eran bilingües. Sin embargo, había un teléfono descompuesto entre lo que se decía y lo que se interpretaba, así que los ejercicios fracasaban constantemente.   

“Eso me animó a aprender la lengua maya. Mis abuelos la hablaban pero por las razones que ya sabemos, colonialistas, mis padres no me enseñaron el idioma. Al principio las mujeres me tenían desconfianza y era un poco frustrante”, cuenta.

Una vez superada la barrera de comunicación, el taller se convirtió en un espacio importante tanto para Alamilla como para las participantes. Aunque Clarissa dejó de trabajar formalmente en el proyecto en 2022, el grupo de mujeres ha seguido trabajando de manera independiente, encontrándoselas ocasionalmente comprando materiales para sus creaciones y sigue en contacto con algunas alumnas por Whatsapp. Varias de ellas utilizan las técnicas de diseño y producción de prendas aprendidas en el taller para generar sus propios ingresos.

Uno de los resultados más gratificantes para la artista es ver cómo las mujeres pueden utilizar el arte como una herramienta y cómo la práctica artística, sin ser directamente una obra contestataria, puede ser política.


Foto: Katia Rejón

En una ocasión, por la agenda gubernamental que patrocinaba un taller, en el Día de la No Violencia de Género platicó sobre el Violentómetro. El ejercicio impactó a muchas de las asistentes que normalizaban comportamientos violentos de la vida cotidiana por parte de sus parejas.

“Compartir ideas y momentos con las personas, en espacios donde se genera confianza y hablamos de lo que nos preocupa, también puede ser un acto político. Pienso en cómo el hecho de que una mujer pueda salir, tomar un taller, modificar algo de su vida cotidiana y hacerse de su propio dinero a través del arte puede ser político”, explica. 

Recuerda ese periodo como una etapa muy bonita de su vida, pero también como una experiencia donde conoció la fragilidad de programas tanto de gobierno como de iniciativa privada que no toman en cuenta los vínculos que se crean pues tienden a cerrar de manera abrupta. “Sin más te dicen que ya acabó o que no se va a renovar y se rompe la comunidad que tardó en formarse”, aclara.

Clarissa Alamilla no heredó el solar ni la lengua, pero sí la pregunta de cómo habitar un lugar cuando las formas de hacerlo de los abuelos ya no son posibles. Y en lugar de responderla, la ha convertido en una práctica: el grabado, la colaboración, el taller comunitario, el mapa trazado sobre la madera. No para recuperar lo perdido —eso no se puede— sino para entender qué significa seguir aquí, con lo que hay, haciendo huella.


Edición: Fernando Sierra


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