La Jornada Maya

Con un llamado a preservarla, la OSY reinició su temporada de conciertos con el vibrante ''Huapango de Moncayo

Pide el Patronato nuevos aliados, fortalecer sus finanzas y acercar la música a las nuevas generaciones

Con un llamado a preservarla, la OSY reinició su temporada de conciertos con el vibrante ''Huapango de Moncayo
Foto: Jesús Mejía

Con la avasallante interpretación de “Huapango” de Moncayo, la Sinfónica de Yucatán inició su segunda temporada 2026 con la advertencia de que el futuro de la orquesta dependerá de su capacidad para incorporar nuevos aliados, fortalecer sus finanzas y acercar la música a nuevas generaciones. 

De manera previa al concierto inaugural, la presidenta del Patronato de la OSY, Margarita Molina Zavala, planteó al público que acudió al Palacio de la Música que el desafío será conservar lo logrado y asegurar que dentro de muchos años la orquesta siga siendo un gran orgullo para el estado y el país.

“Hace más de dos décadas un grupo de ciudadanos creyó que Yucatán merecía una gran orquesta. Hoy esa visión sigue viva gracias al compromiso de quienes integran este patronato, de nuestros benefactores, autoridades, músicos y de todos quienes creen en el poder de la cultura para transformar una sociedad”, recalcó la también fundadora de la agrupación. 

“El reto ahora, no es solamente conservar lo alcanzado, sino fortalecerlo y proyectarlo hacia el futuro”, recalcó Molina Zavala, quien llamó a trabajar unidos para seguir haciendo de la Orquesta Sinfónica de Yucatán un motivo de orgullo para nuestro estado y legado para las próximas generaciones. 

Con el vibrante grito de “¡Viva México!”, los músicos de la OSY y su director Alfonso Scarano abrieron su temporada con obras de autores nacionalistas en un ambiente de fuerte apego a la identidad mexicana proyectado en el Mundial de Fútbol 2026 y ahora en las Fiestas Patrias por el 216 aniversario de la Independencia.

Desde el principio del programa, el público dio rienda suelta al júbilo con renovados ánimos al escuchar la hipnótica Sensemayá, obra cumbre del duranguense Silvestre Revueltas, inspirada en los versos afro-cubanos de Nicolás Guillén, todo un ritual de percusiones obsesivas y ritmos deslumbrantes.

La algarabía continuó con Ferial, del zacatecano Manuel M. Ponce, cuyas secuencias melódicas capturaron las fiestas comunitarias del país. El Programa Mexicano cobró renovados ánimos entre los asistentes con Sinfonía India de Carlos Chávez, una de las piezas más influyentes del nacionalismo musical del siglo XX.

Los asistentes se sumaron al homenaje a Daniel Ayala Pérez, el compositor de música orquestal más destacado que ha dado Yucatán en el siglo XX, en ocasión del 120 aniversario de su natalicio, de quien la OSY tocó su Sinfonía de las Américas, con la cual evocó raíces continentales y elementos de la cultura maya.

No es casual que, dado su amplio repertorio de obras – por cierto, la mayor parte inédita, lo que implica un gran compromiso su difusión- y trayectoria como violinista y creador y director de orquestas, Ayala haya formado parte del Grupo de los 4 con Salvador Contreras, Blas Galindo y Pablo Moncayo. 

Como parte del reconocimiento al compositor nacido en Abalá en 1906 y fallecido en 1975, acudieron a la cita su nieta Beatriz Nicté Ha Ayala Cortés y el bisnieto Israel Ruiz Ayala, quienes recibieron el aplauso en memoria de Daniel Ayala. 

La OSY dio paso a nuevas propuestas de la música contemporánea tras el estreno mundial Navem, Maris Et Venti (Barco, mar y viento) del también yucateco Roberto Abraham, obra compuesta inicialmente para piano y que cobró gran dimensión sonora en versión orquestal con tintes de new age, con gran aceptación de la concurrencia.

La alegría fue general cuando la orquesta tocó los primeros compases del popular Danzón No. 2 de Arturo Márquez, cuyos solos melancólicos de maderas y contagioso crescendo rítmico evocaron la elegancia y coquetería de los salones de baile de Veracruz, Oaxaca, Yucatán y CDMX.

La orquesta mantuvo la alegría con la vertiginosa Conga del fuego nuevo, fruto de la desbordante creatividad de Márquez, compositor sonorense, cuya secuencia brillante de los metales, entre ellas un solo de trompeta, y el trepidante pulso de sus tambores llevaron a la audiencia al ambiente de fiesta.

El broche de oro de este reconocimiento musical del nacionalismo mexicano llegó con los acordes del ya inmortal Huapango del jalisciense José Pablo Moncayo, considerado el segundo himno nacional desde su estreno hace 85 años, el 15 de agosto de 1941 en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. 

Tras la coda, el crescendo de los sones jarochos El Siquisirí, El Balajú y El Gavilancito, los músicos gritaron “¡Viva México” y desataron la euforia con este homenaje musical por la patria, más aún cuando apareció en el escenario una niña con traje indígena que obsequió a la orquesta y a su director un colorido ramo de flores.

Edición: Ana Ordaz


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