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La Jornada Maya
23/09/2026 | Mérida
La UNAM dio a conocer una investigación que realiza con granjas porcícolas de Yucatán para mejorar el tratamiento de sus aguas residuales y desarrollar tecnologías que permitan no sólo cumplir con los nuevos estándares de descarga, sino aprovechar recursos como agua, energía y nutrientes que actualmente pueden considerarse desechos.
El proyecto es encabezado por Francisco Javier Cervantes Carrillo, investigador del Instituto de Ingeniería de la UNAM, Unidad Académica Juriquilla, quien desde hace más de dos décadas estudia el tratamiento de aguas residuales generadas por la industria porcícola y actualmente trabaja con el Grupo Porcícola Mexicano, uno de los principales productores de cerdo del país, con presencia principalmente en la península de Yucatán.
En un trabajo publicado en la Gaceta UNAM, el investigador destacó que esta actividad tiene también un peso importante para las comunidades donde opera.
De acuerdo con Cervantes Carrillo, el grupo genera una derrama económica de alrededor de 40 millones de pesos en las comunidades yucatecas donde tiene presencia, cifra que representa 50 por ciento del Producto Interno Bruto de esas localidades, además de generar 12 mil empleos directos y 35 mil indirectos.
Por ello, el especialista, ingeniero biotecnólogo por el Instituto Tecnológico de Sonora y doctor en Ciencias Ambientales por la Universidad de Wageningen, en Holanda, resaltó la importancia de avanzar hacia adecuaciones para responder a normas de descarga más estrictas.
Detalló que las granjas cuentan con biodigestores anaerobios que reciben las heces porcinas para estabilizarlas y digerirlas; posteriormente, las aguas pasan a lagunas donde se inyecta aire de manera intermitente para eliminar contaminantes remanentes. Sin embargo, la infraestructura que anteriormente permitía cumplir con la regulación ya no es suficiente para los nuevos estándares.
Foto: UNAM
En este proceso, la labor de la UNAM consiste en identificar tecnologías adecuadas, supervisar su implementación y acompañar el monitoreo y optimización de los procesos, con el objetivo de que las soluciones sean técnica y económicamente viables para las empresas.
El investigador subrayó que uno de los principales retos en el tratamiento de aguas residuales no consiste únicamente en construir plantas, sino en garantizar que puedan mantenerse funcionando a largo plazo. En México, estimó, sólo se trata entre 52 y 57 por ciento de las aguas residuales y existen alrededor de 2 mil 600 plantas de tratamiento, de las cuales apenas 57 por ciento opera de manera óptima.
“El problema es que muchas veces se crea la infraestructura, pero no se hace una planeación de operación a largo plazo ni una selección eficiente de tecnologías que sean no sólo técnicamente viables, sino también económicas”, apuntó.
Por ello, Cervantes Carrillo consideró que las plantas de tratamiento deben dejar de verse únicamente como infraestructura destinada a eliminar contaminantes y comenzar a operar como centros de recuperación de recursos, concepto que ha cobrado fuerza en los últimos años.
Uno de los ejemplos se encuentra en los biodigestores utilizados en las granjas porcinas. El investigador explicó que una instalación con capacidad para 6 mil cerdos puede generar alrededor de 2 mil 300 metros cúbicos diarios de biogás mediante el aprovechamiento de sus residuos, cantidad que puede transformarse en electricidad y alcanzar una producción aproximada de 1.7 gigawatts-hora al año.
Foto: UNAM
El aprovechamiento puede continuar con el agua una vez que ha sido sometida al tratamiento adecuado. Cervantes Carrillo recordó experiencias desarrolladas en el sur de Sonora, donde las aguas residuales tratadas de granjas porcinas se utilizan para el riego de cultivos de trigo, lo que permite disminuir la extracción de agua de otras fuentes.
Esta posibilidad resulta relevante para la agricultura, sector que consume alrededor de 70 por ciento de los recursos hídricos, por lo que el reúso de agua residual tratada podría reducir la presión sobre las fuentes naturales, siempre que se cumplan las condiciones sanitarias y ambientales establecidas.
El académico puso como ejemplo la planta de tratamiento de Atotonilco, Hidalgo, que procesa alrededor de 23 metros cúbicos de agua por segundo y destina el líquido tratado a actividades agrícolas. La infraestructura también utiliza el biogás generado durante el proceso para producir electricidad y logra autogenerar alrededor de 80 por ciento de la energía que necesita para operar.
Sin embargo, advirtió que el reúso de aguas residuales debe realizarse bajo controles estrictos para evitar riesgos a los ecosistemas y a la salud. Dependiendo del tratamiento y del uso final, es necesario vigilar la presencia de patógenos, metales pesados y otros contaminantes.
“En la medida en que estemos tratando las aguas, saneándolas adecuadamente y cumpliendo con los estándares, se pueden destinar a distintos usos como cultivos que no impliquen un consumo directo en fresco como lechuga u hortalizas”, explicó.
En el caso de las granjas porcícolas de Yucatán, el proyecto de la UNAM surgió en buena medida ante la necesidad de responder a una regulación más estricta. El investigador señaló que algunas de las primeras alternativas disponibles provenían de empresas extranjeras, pero sus costos dificultaban su implementación, por lo que el Instituto de Ingeniería desarrolló proyectos ejecutivos y combinaciones de procesos biológicos y físico-químicos para reducir la inversión requerida.
El equipo del Instituto de Ingeniería desarrolló procesos en los que participan bacterias encargadas de degradar la materia orgánica y sistemas de coagulación y filtración para separar sólidos, con lo que ya existen granjas que cumplen con la nueva norma mediante tecnología e ingeniería desarrolladas por la propia UNAM.
Para Cervantes Carrillo, el trabajo también demuestra la importancia de fortalecer la relación entre las universidades y los sectores productivos para encontrar soluciones a problemas ambientales que, de otra manera, pueden representar inversiones difíciles de asumir.
“Muchas empresas pueden pensar que resolver sus problemas ambientales requiere inversiones imposibles, cuando hay opciones tecnológicas económicamente más viables y una buena asesoría desde la Universidad puede ayudar a seleccionar las tecnologías adecuadas”, sostuvo.
El investigador planteó que el objetivo de fondo es modificar la manera en que se entiende el agua después de su uso, para que deje de ser considerada únicamente un residuo y pueda reincorporarse a distintos procesos productivos.
“No debemos verla simplemente como algo que hay que desechar. Es importante recuperar agua, bioenergía, nutrientes y materiales que puedan volver a incorporarse a la cadena de valor”, concluyó.