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Jesús Mejía
05/10/2026 | Mérida, Yucatán
De ser un instrumento pastoril o de cacería, ya que su antecedente está en los cuernos de un carnero o antílope, la trompa o el corno francés, tubo de unos cinco metros de largo que remata en campana, fue el gran protagonista del tercer concierto de temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán.
Desde un principio el público quedó prendido por el virtuosismo del cornista español Juan José Pastor por el grado de dificultad en la interpretación en forma fluida y continua de las notas y melodías derivadas del Concierto para corno y orquesta Op. 91 del compositor ruso Reinhold Moritsevich Glière (1875-1956).
Sin embargo, lo que dejó extasiada a la concurrencia del Palacio de la Música fue la versión inesperada de la famosa canción Bésame mucho de Consuelo Velázquez, que el solista interpretó y la gente cantó gran parte del tema que adquirió el mito de haber sido escrito sin que la autora diera su primer beso.
Parecía fácil tocar la pieza con el corno, sin embargo, el solista sostuvo el legato, la sucesión de notas continuas, y pudo mantener la calidez tímbrica y afinación exacta en las partes extendidas, tratando de imitar la flexibilidad y la calidez de la voz humana que ha dado aliento a la famosa canción mexicana.
De gran peso en la dotación orquestal, ya que es puente entre los metales y los alientos maderas, el instrumento en manos de Juan José Pastor trascendió los montes alpinos y llanuras para resonar en las maderas de Cedro rojo, Tzalam y Pucté que dan brillo a la acústica del auditorio del Palacio de la Música.
Bajo la batuta del director huésped, Alejandro Basulto, la OSY interpretó los tres movimientos del poco conocido compositor ruso-soviético Glière, nacido en Kiev (actual Ucrania) con estudios en el Conservatorio de Moscú e influyó en destacados músicos como Serguéi Prokófiev y Aram Khachaturian.
Compuesto en 1951 para el legendario cornista soviético Valery Polekh, la obra constituye es una de las joyas indiscutibles y más queridas del repertorio para este instrumento, por el virtuosismo requerido y el discurso postromántico dado a la trompa, aunque existen otros valía como los de Mozart y Strauss.
A lo largo de su historia, el corno francés pasó de ser un instrumento de cacería a uno de los pilares más expresivos del escenario sinfónico, representado de manera preponderante en las obras de Beethoven, Tchaikovsky, Bruckner, Wagner y Mahler.
Hoy en día, el Op. 91 es piedra angular del repertorio romántico tardío con potencial para hacer lucir el virtuosismo pirotécnico y sus cualidades poéticas y melancólicas. De hecho, el corno es considerado por Pastor como uno de los más difíciles de tocar junto con el oboe.
El que hayan incluido un concierto para corno y orquesta en esta 46 temporada de conciertos de la OSY representa un gran acierto, sobre todo cuando en ese género predominan el piano, el violín, el violonchelo y la flauta transversa en los escenarios de la música.
La OSY abrió el tercer programa de su temporada 46 con la Obertura Las Hébridas de Felix Mendelssohn (1809-1847) que evoca en once minutos el oleaje y el choque con el conjunto de las islas del mismo nombre en su visita a la costa escocesa, misma que algunos críticos catalogaron como poema sinfónico y otros como música descriptiva.
El caso es que el compositor alemán también quedó fascinado por las olas, los acantilados, el viento y el murmullo del mar como ocurrió con Claude Debussy y su obra La Mer, Benjamin Britten con Four Sea Interludes y Ralph Vaughan Williams con A Sea Symphony.
El océano inspiró a en Richard Wagner para narrar en su ópera El Holandés Errante la historia de un capitán condenado a vagar por los mares hasta encontrar una mujer que lo ame fielmente, y lo mismo ocurrió con Sibelius y su obra Las Oceánides con sus ninfas y mitos de los océanos.
La cereza del pastel fue la versión para orquesta de cuerdas de Gustav Mahler basada en el cuarteto de La muerte y la doncella que compuso Franz Schubert en 1824 mientras enfrentaba una grave enfermedad. El tema central está basado en el diálogo entre una joven desesperada y la Muerte personificada.
Inspirado en un poema del mismo nombre de Matthias Claudius (1740-1815), más que el drama resalta la integración de las cuerdas, el desarrollo de las mismas, un trabajo proverbial de Mahler.
En este caso, seis contrabajos, siete violas y siete violonchelos, sumados a los primeros y segundos violines dejaron su huella con arcadas enérgicas, vivaces, propios de una tarantela, que despertó al público del insomnio y arrancó fuertes aplausos.
Edición: Emilio Gómez