Jorge Miguel Cocom Pech
Ilustración: Chakz Armada
La Jornada Maya

9 de julio, 2015

La voz de una mujer anunció su nombre.

De inmediato, un joven mayor de cuarenta años se dirigió sin prisa rumbo al podium. Mientras camina, recuerda que sólo cuenta con ciento veinte segundos para discurrir su mensaje. No más.

No obstante, nada parece perturbarlo.

Ha medido sus palabras.

No decir más, pero tampoco decir menos, es su propósito.

Y en eso piensa mientras –casi tropezándose– se abre paso entre el personal femenino que transita cerca de las mesas de trabajo. Se lleva de ellas un exquisito aroma de perfume.

Huele a café al interior del local. El viento, un intruso que se cuela a la reunión por las ventanas, hace llegar un tufillo agrio de sudor.

Y a él, que quiere llegar delante del atril, se le hace eterno transitar esos dos metros para estar frente al micrófono.

Sabe que sus adversarios, conociéndolo como un tribuno sin igual, no querían que llegue al podium… Saben que él – sin papel alguno, porque no lo necesita– no llevaba palabras de combate, sino persuasivos misiles cuya eficacia acababa por convencer hasta al más necio de sus opositores; pero el tiempo a veces es largo para unos y puede ser corto para otros. Él quiere llegar, concluir e irse; los otros no quieren que llegue. Quisieran que algo o alguien lo detenga: tal vez un ataque al corazón, un disparo…

Aunque un poco ajustada, lleva puesta una oscura camisa roja que lo distingue de los candidatos opositores, uniformados éstos con playeras de color rojo vivo o verde ecológico.

No lleva nada escrito. Su alocución implica un riesgo: que pueda rebasar el tiempo prefijado para todos y decir más de lo previsto. Mas, por la notoria serenidad en la expresión de su rostro, no le preocupa. Sabe del tiempo fugaz del que dispondrá. Y sabe de esa brevedad con la que dispone, porque le fue notificada con una semana de anticipación; por eso mismo, está consciente de que frente al micrófono no estará luchando contra el tiempo. Él, experimentado en el arte de la concisión, habrá de ser un virtuoso en la parquedad. Lo que dirá, lo hará sin protocolos y sin artilugios. Las palabras tendrán que acertar al objetivo. Y es que él ya sabe lo que habrá de decir, y a quiénes. Y lo hará sin confrontar con nadie y sin callar lo que debe decirse de frente, sin agredir a sus adversarios.

Por eso, más que medir el tiempo ha medido sus palabras. El público presente en la reunión lo sabe y está expectante. Hay interés por lo que habrá de señalar respecto del comportamiento sesgado de los consejeros electorales, proclives a favorecer al gobierno y su partido; por eso el disertante, camino al podium, ha medido calculadamente la duración de la exposición oral. Sabe que el tiempo existe no sólo en el pasado, por haber transcurrido, sino que también está en la preñez del futuro que, estando en el presente, no es si no termina su inmediatez. Si no durase la enunciación de las palabras, no daría lugar a la existencia del tiempo. La palabra oral, efímero prodigio del verbo, es el tiempo inaprensible; por tanto, la palabra escrita es el epígrafe de la palabra oral.

De cara al público, cuando al fin está frente al micrófono, con respetuosa energía saluda a las autoridades convocantes. Decir mucho con poco, como el arte de escribir poesía, lo obliga a hacer un repaso conciso sobre el suspicaz desempeño del Instituto Estatal Electoral; porque, como es del conocimiento de la ciudadanía, la inexistencia de una prensa radial, televisiva y escrita independiente, ni certeza, ni imparcialidad son las divisas del órgano electoral que garantice la realización de un proceso apegado a derecho. El partido oficial, violando la Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales, no era conminado por el órgano electoral a comportarse conforme a lo dispuesto por esa ley. Omisos. Silentes. Desentendidos. En los días previos al proceso electoral en ciernes, prevalecía, como siempre y era costumbre, la continuidad de procesos electorales pasados con sus vicios conocidos por todos: la masiva compra de votos en las comisarías del municipio, que posteriormente se exhibía como si fuera trofeo de guerra; la presencia de mercenarios amenazando y destruyendo vehículos particulares, propiedad de militantes y candidatos de la oposición, mostró el rostro de la prepotencia del gobierno y de su partido, que actuaban con soberbia impunidad, nunca vista en la pequeña ciudad de 14 mil habitantes, “fundada en 1441” por originarios mayas kiches.

Todo, calculadamente y sin perder la ecuanimidad, todo eso expuso sin alterar la voz, pero sin expresarlo con tono apagado. Fueron sí, minutos inasibles, huidizos, fugaces, ante el silencio del numeroso público atento, conteniendo la respiración, hasta que el ruido de unos tacones inmediatamente hizo que todos dijeran: sssshhhhiiiitttt.

–Me pidieron expresarme en dos minutos y termino con 30 segundos que no ocuparé –expresó con firmeza Jorge Antonio Caamal Noh, candidato a la presidencia de la junta municipal de Dzitbalché, Calkiní, Campeche.

Sin embargo, antes de resumir con brevedad el programa de su partido, en caso de ser favorecido por la mayoría de los votos, acotó

–Al pueblo… no mentir, no robar… no traicionar.

No hubo aplausos.

No los esperaba. No fue a cosechar aplausos. Fue a sembrar. Y los que siembran esperan un tiempo para la cosecha.

Mas, antes de ocupar su asiento, de pronto alguien comenzó a aplaudir. Aplauso estruendoso que hizo que Jorge Antonio se pusiera de pie; como puso de pie a miles de mayas que, por vez primera, se sacudían de sus verdugos color de sandía.


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