Andrés Silva Piotrowsky
La Jornada Maya

Para mi amigo, Ariel Guzmán

Si todos nacemos con un sino, el de Mirta May fue el de esa combinación nada infrecuente de pendencia con genialidad. Heredó de su madre un furor carnal y tal promiscuidad que la identidad de los padres, de los hijos de ambas, se barajaba en una oferta tan vasta que había que esperar a que los rostros de los críos afirmaran sus facciones para que, por asociación fenotípica, se pudiera determinar su origen. El de ella, al parecer, era de la Patagonia, pues un librero mapuche que pasó por la península, se dejó llevar por la belleza de soberana maya de su madre que además era proclive, a pesar de su pobreza, a la lectura. Su correspondencia libresca, pronto hizo que unieran y desjuntaran sus morenuras. El librero partió de regreso a su lugar de origen, con el pretexto de ir a dar sepultura a su vieja, dejando su semilla argentina en vientre y tierra maya. Mirta cobró el nombre de su pretendida abuela, porque a su madre le resultaba extravagante y el apellido de su padre era impronunciable, así que su existencia se cifró en tres sílabas.

No fue la lectura, sino la gana de imaginar otros mundos lo que heredó Mirta de su madre. Con tal de superar la pobreza, desde los doce años, con su primer novio aprendió albañilería y a manejar motocicleta; un oficio llevó a otro y a los dieciséis, ya sabía cómo cambiar un céspol, instalar un retrete o tender líneas eléctricas. El embarazo de su primera hija fue la pausa que aprovechó para desarrollar la inclinación que tuvo por el dibujo, desde antes del temprano abandono de su madre. Cualquier superficie era propicia para llenarla de puntos hasta lograr texturas y figuras que habitaban sus sueños. El abandono sucesivo de sus distintas parejas, cada cual con su respectivo fruto, la llevó a ganarse la vida robando carteras en centros comerciales, en compañía de uno de sus amantes; luego, como empleada doméstica, no perdió oportunidad de sustraer valores que por su dimensión pasaran desapercibidos. Conoció y perturbó muchas casas y a muchas familias, siempre con el justificante de dar de comer a sus vástagos, hasta que la vida la puso frente al pintor que acrisolaba sus veladas aspiraciones artísticas. Observaba el quehacer de aquél hombre que con serenidad, a veces, y con furia en otras ocasiones, acometía los lienzos, blandiendo sus pinceles. Una tarde en que se encontraba sola, impulsada por su larga trayectoria transgresora, arremetió contra uno de los cuadros, ocupándolo, en un arrebato de horror vacui, con puntos multicolores, unos más grandes que otros, unos excéntricos y otros concéntricos, unos dentro y otros fuera. El resultado: una magnífica obra que bien podría haber realizado el más experimentado miembro de la tribu maorí. Exhausta, esperó la llegada de su patrón y su consecuente despedida. Ocurrió todo lo contrario. Los ojos del pintor supieron ver que estaba frente a un garbanzo de a libra y lejos de retornarla a su vida disipada, fomentó su quehacer pictórico, dejando de lado la escoba y el trapeador, hasta el punto de lograr varias exposiciones en las que vendía su arte ante los atónitos ojos de los concurrentes. Fue tan grande la expectativa que causó, que de otros lugares llegaron a documentar el increíble surgimiento de la pintora maya con una inverosímil influencia de Oceanía. El destino, sin embargo, conjugó su corazón con el del peor de los hombres que había conocido. Se trataba de un sofisticado robador de casas, que poco a poco se ganó la confianza del mecenas de Mirta, haciéndose parte de su paisaje familiar. Arreglaba cualquier desperfecto de la casa y se acomedía, durante las fiestas, a servir con diligencia a los invitados. Pocos meses duró la presteza del felón. Al regresar de un viaje corto, el pintor encontró su casa vacía. Al principio se sintió víctima de la creciente delincuencia en su país y del infortunio, atribuyendo a desconocidos el despojo del que había sido protagonista. La sospecha se hizo certidumbre, pues la desaparición de la naciente y exitosa artista y de su impresentable amante que, por supuesto, había contado con su adhesión, confirmó en manos de quién había ocurrido el desfalco. El pintor tuvo que pintar un poco más para reponer su menaje, mientras que Mirta había sido abandonada, una vez más, por el hombre que su insaciable apetito venéreo había mal elegido. Frente a un horizonte desconocido, sola en una tierra lejana, añoraba la ciudad que pudo haber sido albergue de una gloria sin par, en la cual se diluyó rápidamente la admiración que generó, y se preguntaba si acaso los cuadros que pintaba eran la representación de una vida que sus hijos, ahora abandonados por ella, estarían destinados a reproducir; se preguntaba si la vida tiene que ser por fuerza sólo un lienzo donde uno reproduce y reitera lo aprendido, tal como los puntos de sus obras que se repiten y se repiten hasta el infinito.


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