Manel Mercader, en las estrellas

La estrella que no admite pretérito

Joan Serra Montagu
La Jornada Maya

Lunes 18 de abril, 2016

Hablando de Manel Mercader nunca servirán los pretéritos. Manel Mercader no era. Manel Mercader es. A pesar de haber volado ya hacia las estrellas para reencontrarse con el gran amor de su vida, Irene, su esencia está aquí, en Mérida, entre nosotros, como una semilla que no puede hacer otra cosa que florecer de manera perenne, así como lo hacía su verbo elocuente, su porte de sabio, su mirada cándida y profunda y su enorme y contagiosa visión del amor, de la dignidad y de la justicia humana.

Dejó Catalunya cuando era muy joven y a pesar de haber nacido en el pueblo donde se asienta el aeropuerto principal de su tierra añorada -El Prat del Llobregat- él lo hizo en barco junto a otros jesuitas. La primera ciudad latinoamericana que pisó fue Río de Janeiro y a menudo recordaba su baño tropical en la alberca del hotel visualizando la figura del Cristo Redentor bendiciendo a todos los cariocas desde el Pan de Azúcar. El destino final de este viaje iniciático sin boleto de vuelta era Bolivia, donde fue misionero y maestro y donde, según él, volvió a nacer. Ahí, en una sociedad desigual, aprendió el valor certero de la lucha social y de la abolición de la opresión y escribió Cristianismo y revolución en América Latina, un libro de referencia para entender la participación activa que lideraron varios religiosos y religiosas contra las oligarquías y las dictaduras en una tierra que él llegó a amar profundamente tanto como hacía con sus raíces catalanas.

Años más tarde llegaría a México, dejaría la Iglesia, se enamoraría perdidamente de Irene Duch, tendría dos hijos, sería abuelo y fijaría su residencia en Mérida con el recuerdo de Bolivia siempre presente y entregado de lleno a los avances de la educación y de la pedagogía. Maestro de maestros, su casa es un templo del saber y varias figuras revolucionarias como Cristo o el Che Guevara custodian las salas donde él trabajó con tesón hasta el día de su vuelo. Decenas de tortugas se pueden encontrar por todos los rincones recordándole a su querida Irene que, con su “paso lento pero firme”, siempre ganaba la carrera, como ocurre en los cuentos infantiles, contra el conejo de paso ligero pero confuso. Junto a ella supo encontrar un amor que muchos de nosotros quizás jamás conocerá.

El señor Mercader depositaba amor en todo lo que hacía: en sus clases, con su familia, con sus amigos. El amor que sentía por Catalunya hizo que fundara el Casal Català de la Península de Yucatán, la entidad que vela desde hace casi 20 años por entrelazar la cultura yucateca con la catalana. Él era nuestro presidente honorario pero más allá de este título, claro está, era alguien mucho más especial para nuestra gran familia. Era el centro de todas las atenciones, el puntal de nuestro grupo, un líder incansable, un tótem coqueto, un corazón locuaz, irónico y seductor, de juventud eterna pero de alma muy antigua. Manel era un ser avanzado. Personas como él abren paso en el mundo a nuevas creencias y a renovadas maneras de entender la esencia humana. Él lo hizo siempre, desde su cotidianidad envolvente y entusiasmada, desde sus palabras acertadas, desde su ánimo invencible. Destacó en todas las facetas de la vida e hizo siempre lo que quiso. Esto lo convirtió en una persona libre que no temía a la muerte. Quizás porque, en vida, lo dejó todo resuelto para ser, siempre, y a pesar de su ausencia física, una estela que alumbra caminos y que deja huella en muchas más almas de las que se pueden contabilizar. Yucatán ha ganado una nueva estrella que refulge con toda la fuerza de la experiencia y del caminante que no decae nunca. Mirando hacia arriba en las noches estrelladas nos podremos comunicar con él como lo hacíamos en cualquier otra ocasión al calor de una buena conversación, como nos tenía siempre acostumbrados. Una abraçada ben forta, senyor Manel, i gràcies per tot! A reveure.

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