Acompañamiento de guitarra

Una nueva aportación a la literatura musical peninsular

Enrique Martín Briceño
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Martes 15 de noviembre, 2016

La guitarra llegó a Yucatán del brazo de los conquistadores españoles. Es sabido que el disoluto Diego de Quijada, quien fuera alcalde mayor de Mérida entre 1560 y 1565, cantaba aires de su tierra acompañándose del instrumento. Tanto creció el número de ejecutantes y el gusto por el cordófono que, en 1761, el rebelde Jacinto Canek, durante su brevísimo reinado en Cisteil, se solazaba con música de arpa y guitarra. Ya en el periodo independiente, se hallan guitarristas a lo largo de toda la escala social y, aunque predominan los que tocan de oído, hay unos cuantos que leen nota y aun alguno compone para el instrumento.

La canción yucateca del Porfiriato, cuya figura central es Cirilo Baqueiro, Chan Cil, es inseparable de la guitarra, instrumento con el que aparece el trovador en la portada del famoso Cancionero de 1909. No se diga la canción de la llamada época de oro (1920-1940), en la que descuellan Ricardo Palmerín, Guty Cárdenas y Pepe Domínguez, y la del periodo siguiente (1940-1970), que ve brillar a Pastor Cervera, Coqui Navarro y Juan Acereto. Toda nuestra trova, pues, se creó y dio a conocer gracias a la musa de seis cuerdas.

No obstante, debido a la imagen social de la guitarra y a que se ha ejecutado siempre sin partitura –si acaso con cifrado–, las canciones yucatecas que han llegado al pentagrama se han escrito con acompañamiento de piano. Y si bien el valor artístico de la trova yucateca es reconocido en forma unánime más allá de fronteras regionales y algunas canciones yucatecas han sido arregladas para voz y orquesta y otras dotaciones, hasta ahora no se habían hecho versiones para voz y el instrumento que las trajo al mundo.

Por todo lo dicho, el libro Canciones y voz: panorama de la canción yucateca, serie de arreglos para voz y guitarra preparada por el guitarrista Víctor Celis –egresado de la Escuela Superior de Artes de Yucatán–, viene a llenar un importante vacío en la literatura musical peninsular. A su carácter pionero debe añadirse la sugestiva selección, en la que se han privilegiado canciones escasamente conocidas pero ilustrativas de los alcances artísticos de autores como Cirilo Baqueiro o Daniel Ayala.

El volumen abre con la primera canción publicada en Yucatán: El amor paternal, de José D. Sierra y Apolinar García, aparecida en la revista La Guirnalda en 1860. La versión de Celis a esta canción de cuna de forma binaria sigue, con acierto, la vía mostrada por Manuel M. Ponce para aderezar piezas similares.

Las siguientes nueve canciones provienen del Cancionero de 1909. Seis de ellas se deben a Chan Cil y son representativas de su producción de corte amatorio: las canciones Acuérdate de mí (Luis F. Pérez), Antes que el negro y solitario olvido (Fernando Velarde) y Un sueño (Manuel M. Flores), el vals Las campanillas de tu balcón (Gustavo Adolfo Bécquer), el vals-habanera Morir amando (José Peón Contreras) y la danza ¿Te acuerdas? (Rafael de Zayas Enríquez).

Las otras tres canciones procedentes de la misma recopilación son de estilo abajeño: Has de ser mía, de Ramón Gasque y Manuel Molina Solís, y Cuando la noche tienda y Sueño, de Alfredo Tamayo. La tercera fue tan popular que Manuel M. Ponce la conoció y, creyendo que era anónima, la arregló para voz y piano y la publicó en 1913 con el título Soñó mi mente loca, junto con otras “huerfanitas” que “adecentó” para presentar en sociedad.

Aunque respeta en general las versiones para voz y piano de la fuente original, Celis enriquece los sencillos arreglos de estas canciones porfirianas con preludios, interludios, figuras variadas en el acompañamiento, cantos, contracantos y otros ornamentos. Particularmente afortunadas en este punto son sus versiones de Las campanillas de tu balcón, Cuando la noche tienda y Mírame un momento.

De la época de oro de la canción yucateca, el arreglista escogió para esta publicación solo dos ejemplos: la danza La rosa, de Pepe Domínguez, con versos de Manuel J. Herrera, y La leyenda de Xtacumbilxunán, canto maya de Carlos Marrufo con letra de Víctor M. Martínez. Esta última, aparecida en Cantos de la tierra del Mayab (1934), es representativa del género que inauguraron Guty Cárdenas y Antonio Mediz Bolio con El caminante del Mayab.

Finalmente, Celis ha adaptado cuatro composiciones del músico académico Daniel Ayala: Soledad, El tejocote, La pera y El fogón. Soledad es la última de las Cuatro canciones para soprano y piano con textos de Juan Ramón Jiménez (1931). Las demás fueron escritas originalmente como cantos escolares en 1934. Todas ellas ejemplifican el característico interés del compositor por la exploración de escalas no occidentales.

Gracias a estos arreglos, cantantes y guitarristas de Yucatán y de cualquier parte del mundo podrán acercarse a una bien escogida muestra del repertorio peninsular y contribuir a que este sea conocido y disfrutado por un público amplio.


Víctor Celis, Canciones y voz: panorama de la canción yucateca, Mérida, Sedeculta-Secretaría de Cultura, 2016.

Mérida, Yucatán

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