Hacia un nacionalismo globalizado

La paradoja del fervor mexicano

Gabriel Aarón Macías Zapata
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Miércoles 1 de febrero, 2017


Desde el inicio de la apertura económica neoliberal hasta el momento actual, cuando México enfrenta la amenaza de Trump de cancelar el Tratado de Libre Comercio (TLC), advertimos la existencia de una serie de paradojas nacionalistas, dignas de mencionar, en esta etapa.

Iniciada la década de los ochenta del siglo pasado, el proyecto económico tomó un giro en el que se privilegió la apertura económica en el plano internacional. México aprovechó el marco que ofrecía el GATT, de hacer negociaciones bilaterales dirigidas a la reducción de aranceles según el principio de reciprocidad.

El avance del libre mercado obligó al nacionalismo a reinventarse. Se tendría que luchar contra las viejas ataduras del estatismo y el proteccionismo, principales elementos que habían distinguido al nacionalismo de la revolución mexicana en su afán de sostener la soberanía. Ahora la corriente neoliberal se inclinaba a favorecer a la iniciativa privada y a desaparecer programas sociales, subsidios y a privatizar los bienes en poder del Estado.

Los políticos neoliberales sabían que las privatizaciones harían mella entre los defensores de la propiedad nacional. Para contrarrestarlos se forjó la idea de que el impulso del país requería de medidas dolorosas, quizá extremas; como única alternativa para salvaguardar a la soberanía nacional en un mundo globalizado. No obstante, la paradoja del nacionalismo neoliberal era que algunos de sus principales elementos obedecían a mandatos de organismos internacionales, como el FMI. La apertura económica no sólo desdibujaba a las fronteras, además flexibilizaba a las ideas nacionalistas, al hacerlas más abiertas a los efectos de la globalización.

La oleada neoliberal se proclamó triunfante con la privatización de la telefonía y las televisoras, la banca y los ferrocarriles. Al fin se daba la opción para vender tierras ejidales y el capital privado construyó carreteras de cuota. En materia de acuerdos de intercambio, México celebró el TLC con Estados Unidos y Canadá. Esta última acción contribuyó a que el desarrollo del país se basara en las exportaciones, sector que en las mediciones macroeconómicas ha registrado datos positivos. En contraste, el mercado interno pasó a un segundo plano mientras que las cifras microeconómicas, en donde se encuentra la mayoría de la población, han reflejado datos no siempre satisfactorios.

Según la interpretación de Donald Trump, aquél acuerdo ha afectado de manera negativa a la economía estadounidense, motivo por el que anunció que dará por terminado el TLC. Su objetivo es proteger los empleos de ciudadanos estadunidenses e impulsar el auge de la industria de su país, apoyándose para ello en el proteccionismo arancelario. La amenaza va en serio, al lograr el retiro de una inversión de la Ford en territorio mexicano.

Si bien la mayoría de los mexicanos había consumido productos extranjeros sin mayor reparo, tan comunes en nuestro país por efecto de la globalización, ahora con la actitud amenazante de Trump se ha despertado una especie de nacionalismo consumista. En las redes sociales se hacen llamados a no adquirir autos Ford, o de la GM o Chrysler, en caso de que estas dos últimas decidan retirar inversiones en México.

También se llama a los mexicanos a consumir productos que en los códigos de barras comiencen con el número 750, señal de que son fabricados en nuestro país. El reclamo se ha extendido hacia otras firmas estadunidenses, como las franquicias que producen comida rápida, refrescos embotellados, cafeterías, golosinas, entre otros.

En Twitter se han abierto los hashtag #NoCompresUsa y #DignidadMéxico. En Facebook se construyó la página: “Compro lo hecho en México”, en la que se dan a conocer productos nacionales. Lo interesante es que algunos usuarios reflejan en sus comentarios un proceso de redescubrimiento del país, además de un renacimiento de la orientación del consumo de productos 100 por ciento mexicanos. De seguir así, la mercancía de origen nacional encontraría un importante nicho de consumidores, toda vez que hasta Carlos Slim señaló que la estrategia consiste en voltear hacia el mercado interno.

Lo paradójico del caso es que se ha observado que en México aún se producen autos Ford, y que aunque algunas franquicias son estadunidenses, inversionistas y trabajadores son mexicanos. De afectar a estas industrias, algunos nacionales también saldrían perjudicados.

Como resultado parece que se está gestando un nacionalismo globalizado sui generis, en el que, ante las amenazas del gobierno estadunidense, el consumidor que aceptó ser actor en esta guerra se enfrentará a disyuntivas. Lo ideal es adquirir productos mexicanos, pero ante la falta de una industria mexicana en algunos sectores, la idea es no consumir productos del país de donde proviene la amenaza. A la vez habría que cuidar los intereses de los empleados e inversionistas mexicanos en aquellas empresas; esto para evitar lesionar a la de por sí maltratada economía nacional.

A esta paradoja se enfrenta esta etapa del nacionalismo, en gran medida determinado por la globalización omnipresente. Lo nacional no consiste en apropiarse de la empresa trasnacional que opera en el país, más bien lo hace en términos de quienes participan en el proceso productivo, como son los empleados y empresarios mexicanos.

Chetumal, Quintana Roo
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