Arbus, la otra cara de la belleza

Seduciendo al sujeto

Hermann Bellinghausen
Foto: New York Magazine
La Jornada Maya

Lunes 20 de marzo, 2017


Diane (nacida Nemerov) encontró en los demás el refugio que necesitaba, pero el camino a esos otros la llevó a lugares cada día más extremos, a personas extrañas, distintas, únicas y, según muchos, monstruosas. Con un inmenso talento para la luz que ilumina los rostros y realza la vida, llevó su viaje hacia lo oscuro hasta perder el control. Esto no necesariamente explica su suicidio en 1971, a los 48 de su edad y con el reconocimiento reservado a los artistas importantes. Tal vez no era eso lo que quería. Vivía en su obra, lo cual exige un alto precio para los artistas. Su creación fue sin cuartel. No hay piedad en su mirada. Sí curiosidad y simpatía. Como los mejores retratistas de la fotografía moderna, Diane Arbus es una seductora. Sus sujetos siempre la miran. Para llegar a ese instante de entrega debió existir un trato, una conexión, una complicidad. Al volverse más y más sobrecogedores sus retratos, casi insultantes de crudos, ella se implica en relaciones visiblemente peligrosas. Todos los testimonios coinciden en que era una mujer valiente.

Su biografía es novelesca, sexy, perturbadora. Sin trivializar, pertenece a esas artistas estadunidenses, las originales desperate housewives, que se quitaron la vida siendo reinas (y madres) pasada la mitad del siglo XX: Silvia Plath, Anne Sexton, Diane Arbus. Cada una su corazón roto, cada una su depresión y su inusitado genio, sucumbieron al Dios Salvaje.

Diane nació princesa en Nueva York en 1923. Su madre, Gertude Russek, heredera millonaria de un almacén de ropa de lujo en la Quinta Avenida, se enamoró del joven que vestía los maniquíes del aparador, y con él se casó sin miramientos de clase. David Nemerov llegaría a ser director de la empresa. Gertrude se dedicó a sí misma, a verse arreglada y dar la mejor apariencia. David poseía un ojo fenomenal para las nuevas tendencias. Ella podía disfrutarlas y presumirlas, despertándose al mediodía sin dejar la cama antes de las 3, fume y fume, poniéndose cremas y colores. Luego bajaba hasta el carro de lujo donde su chofer la esperaba y podía irse a meter al almacén Russek en el papel que le encantaba: de dueña, sin casi atender a sus hijos. Para Diane, su madre fue un cascarón vacío y su padre un hombre distante y falso, dedicado al negocio de la belleza.

En ese desamparo dorado crecieron Diane y su hermano Howard Nemerov, tres años mayor, quien devendría refinado poeta. Los hermanos, dotados artistas sin de dónde heredarlo, desarrollaron una complicidad que se ha considerado incestuosa pese a los múltiples ocultamientos de la familia. Como apunta el nuevo biógrafo de Diane, Arthur Lublow (Portrait of a Photographer, Cape, 2016), Nemerov en el entierro de su hermana leyó un poema donde repetía seis veces la palabra "secreto".

Diane Arbus era bella. Su personalidad, filosa. Los retratos que hay de ella la muestran sólida e inquisitiva. La evolución de su rostro es notable. Retratada la retratista a lo largo de su vida, fue endureciendo la carne y luego se sumergió en las ojeras, dejando una cicatriz en el aire. Igual que su madre, se casó con un empleado de la tienda, Allan Arbus. Él pone un estudio fotográfico, independiente del emporio familiar, y en 1956 ella empieza a tomar fotografías en la calle.

Los museos de arte moderno de Nueva York y San Francisco presentaron recientemente la exposición Los comienzos de Diane Arbus, que abarca de 1958 a 1962. Siempre en locaciones neoyorquinas (Times Square, Coney Island, Bronx), en formato de 35 milímetros. Pronto lo dejaría por el cuadrado Rolliflex que selló su estilo. Su obra mayor vendría a finales de la década de los 60. Revisar el periodo previo a la desafiante galería de freaks que la hizo célebre y desesperó a Susan Sontag en Sobre la fotografía permite entender su método para seducir al sujeto, empezando por ella misma: en un autorretrato temprano frente al espejo, desnuda, embarazada, casi monta lúbricamente el bastón de la cámara y mira con descaro. Sontag la alucina, no aprueba sus retratos de fenómenos, tan asociables a la aberrante película de Tod Browning del mismo nombre (1933), favorita de Diane. Susan tampoco aprueba a Robert Frank. Las fealdades la ofenden.

Diane Arbus descubrió las honduras de la extrañeza con inusual ternura. Demolió siempre a su madre, evidenciando a las ridículas señoras ricas. En cambio, nos enseñó con casi crueldad el dolor de los otros más otros. Su grandeza nunca es grosera, aunque sí demasiado humana, a un grado insoportable.