Nada más un lector de Juan Rulfo

Lo que Comala me enseñó

Carlos Martínez García
Foto tomada del libro Noticias sobre Juan Rulfo, de Alberto Vital
La Jornada Maya

Miércoles 10 de mayo, 2017


No soy especialista en la obra de Juan Rulfo, nada más un lector agradecido. Sus breves libros, solamente por el número de páginas, son caudales imposibles de contener por los críticos más eruditos. Lo que escribió ha concitado múltiples miradas, lecturas desde distintos ángulos reveladoras de vetas que enriquecen el acercamiento al autor cuyo nombre evoca al de los personajes rulfianos: Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno.

Como multitud de adolescentes en el país, mi primer contacto con los escritos de Juan Rulfo lo tuve en el bachillerato. Debí conseguir un ejemplar de El llano en llamas, lo que hice fácilmente gracias al gran tiraje impreso por el Fondo de Cultura Económica y su precio accesible. Ignoraba todo acerca del autor y que para cuando estaba iniciando su lectura él ya era un clásico, reconocido por todas partes como maestro de la narrativa y admirado en la república de las letras.

Cada cuento del pequeño volumen me hablaba de un mundo lejano para mí, al ser un adolescente urbano, pero, extrañamente, al mismo tiempo evocaba antecedentes familiares, ya que mis ancestros paternos y maternos provenían del mundo rural mexicano. Leer cada narración de El llano en llamas fue cautivante, sus pocas páginas hicieron posible iniciar y finalizar uno a uno de los cuentos en algunos minutos. Sin formación literaria, de todas maneras pude darme cuenta de algo que es una característica ejemplar en lo escrito por Juan Rulfo: los impactantes inicios de sus narraciones. En las líneas iniciales está embrionariamente lo que después contará de manera magistral.

¿Cómo aprendió, quién le enseñó a redactar en pocas palabras los comienzos de sus narraciones? Aquí van algunas evidencias de su maestría, joyas de balazos literarios: "Los difuntos Torricos siempre fueron buenos amigos míos" ("La cuesta de las comadres"); "Aquí todo va de mal en peor" ("Es que somos muy pobres"); "¡Diles que no me maten, Justino!" ("¡Diles que no me maten!"); "De los altos cerros del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso" ("Luvina"); "Me voy lejos, padre; por eso vengo a darle el aviso" ("Paso del Norte") y "Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo" (Pedro Páramo).

Algún experto en la obra de Gabriel García Márquez podrá decirnos si tras de que Álvaro Mutis le descubrió a Juan Rulfo, fue que el futuro Premio Nobel de Literatura comenzó a escribir de forma deslumbrante la primera línea de sus cuentos y novelas. Lo cierto es que la impronta de Rulfo quedó en la escritura del colombiano/mexicano.

Poco después de haber llegado García Márquez y su familia a México en 1961, Mutis le hizo un obsequio definitorio: “Lea esa vaina, carajo, para que aprenda. Era Pedro Páramo. Aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura. Nunca, desde que leí La metamorfosis de Kafka en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá –casi diez años atrás– había sufrido una conmoción semejante. Al día siguiente leí El llano en llamas […] Con la lectura de Rulfo aprendí a escribir de otro modo” (Gabriel García Márquez, Breves nostalgias sobre Juan Rulfo, en Federico Campbell, La ficción de la memoria. Juan Rulfo ante la crítica, UNAM-Ediciones Era, México, 2003, p. 450; y "Mi amigo Mutis", en Yo no vengo a decir un discurso, Editorial Mondadori, México, 2010, p. 76).

La reiterada lectura de Rulfo me ha enseñado que las líneas iniciales de un escrito son la clave para su desarrollo. Yo no escribo cuento ni novela, me gustaría hacerlo, pero no tengo el don. Sin embargo, procuro, gracias a Rulfo y otros autore(a)s maestros en el arte de redactar las primeras líneas (como Charles Dickens), que los comienzos de mis artículos, ensayos y libros sean breves y directos. Para lograrlo es necesario capturar, por así decirlo, el espíritu o el tuétano de lo que se va a escribir. Igualmente, los desenlaces rulfianos son docencia permanente para quienes hacen literatura, pero también para los dedicados a la crónica y a la historia.

En estos días, cercanos al centenario del nacimiento de Juan Rulfo (que se cumple el 16 de mayo) he vuelto a leer de corrido, pero detalladamente, El llano en llamas y Pedro Páramo. Del primero, publicado inicialmente en 1953, dado el tiempo de campañas electorales que viven algunas entidades del país, adquirió en mi relectura inusitada relevancia El día del temblor. Este cuento narra la visita del gobernador a un poblado que devasta un sismo. Los empobrecidos habitantes son testigos de la parafernalia desatada por la comitiva del político. Los pobladores son mera escenografía para el lucimiento de quienes desde el presidium lanzan floridas peroratas. Con ironía, Rulfo narra la otra devastación vivida por el pueblo, la de los encumbrados visitantes: después de los temblores cayó por aquí el gobernador para ver cómo nos había tratado el terremoto. Traía geólogo y gente conocedora, no crean ustedes que venía solo. Oye, Melitón, ¿cómo cuánto dinero nos costó darles de comer? Algo así como 4 mil pesos.

Como dije, no soy un experto en la maravillosa obra de Juan Rulfo, soy nada más un lector agradecido que continuamente regresa al universo rulfiano.