La depredación hormiga

El individualismo y su desorganizado impacto depredador

Carlos Meade
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Lunes 31 de julio, 2017

Las hormigas nos sorprenden por su enorme fortaleza y por su organización. Cuando las vemos caminando en ordenada hilera cargando fragmentos de hojas que triplican su peso, pocas veces nos preguntamos dónde obtienen este material vegetal, tan necesario a la supervivencia de la colonia. Si seguimos la fila encontraremos los árboles, arbustos o hierbas que están siendo podados y podemos apreciar la magnitud depredadora de estos minúsculos insectos, capaces de dejar sin hojas, en cosa de horas, a un enorme y frondoso árbol. Así, encontramos que el tamaño de las hormigas nos puede confundir respecto de su incidencia en el entorno.

De la misma manera, la acción individual de personas, familias o negocios, si bien no organizada como en el caso de las hormigas, sí tiene el impacto sumado sobre el entorno, que puede ser tan letal como el de los grandes proyectos industriales, urbanísticos u hoteleros.

En la costa de Quintana Roo, uno de los factores del deterioro ambiental es, sin duda, la depredación hormiga. La construcción irregular y espontánea de vivienda o pequeños negocios ha representado la ocupación de áreas de alta fragilidad ecológica sin tomar ninguna medida para mitigar los impactos en el ambiente.

En Tulum, grandes y pequeños hoteles y restaurantes y fraccionamientos han ido extendiendo sus instalaciones, en la mayoría de los casos sin los permisos correspondientes e invadiendo y rellenando zonas de manglares, que ahora son estacionamientos, tiendas, restaurantes, bodegas.

La estrecha carretera que corre a lo largo de la costa, desde la zona arqueológica hasta la Reserva de Sian Ka’an, no cuenta con los puentes y ductos necesarios que faciliten la conservación del flujo natural entre los ecosistemas costeros, por lo que dicha carretera representa, en sí misma, una grave interferencia del flujo hídrico y biótico. A ello debemos sumar la depredación hormiga que avanza soterradamente día a día, sin que haya capacidad ciudadana de denuncia ni acción por parte de la autoridad responsable.

Con frecuencia se ventilan y denuncian las prácticas depredadoras de las grandes cadenas hoteleras, prácticas que han causado enormes daños ecológicos a lo largo de la costa de Quintana Roo.

Los grupos de activismo ambiental, por lo general, concentran sus acciones en cuestionar los grandes proyectos turístico-hoteleros. Desafortunadamente, existe también la depredación hormiga, que es muy difícil de combatir y aun de identificar, y que implica también graves impactos ambientales.

El caso de Tulum, actualmente, con su desordenado y acelerado crecimiento, es muy preocupante. Un día sí y el otro también, vemos nuevos edificios que se construyen, lotes completos que se despalman sin piedad por grandes máquinas depredadoras, mientras sabemos que en los lineamientos de Programa de Desarrollo de Tulum los coeficientes de despalme están regulados y que las alturas de los edificios y las densidades de habitantes o cuartos hoteleros están reguladas, aunque nadie parece ocuparse de que esos lineamientos se cumplan.

Otro factor muy agresivo de deterioro ambiental es el de las aguas residuales. Las poblaciones a lo largo de la costa crecen sin control y el volumen de aguas negras que se vierte al acuífero aumenta incesantemente, sin que las autoridades responsables tengan la capacidad técnica, financiera y de gestión social requerida para revertir esta situación. Ni qué decir que tampoco cuentan con la visión y compromiso con un modelo de destino turístico sostenible, aunque en su discurso así lo pareciera.

Los habitantes en estas poblaciones costeras, venidos de todos los rincones del país, ni saben ni se interesan sobre la fragilidad de los ecosistemas de los que depende la viabilidad del destino turístico. Sin saberlo, con sus sumideros, fosas de descarga o conexión a sistemas de tratamiento defectuosos e incompletos, diariamente contribuyen a la contaminación del acuífero, al deterioro de los manglares, a la baja calidad de las aguas costeras y a la muerte de los arrecifes de coral. Difícil no contribuir a este proceso pues, aunque en casa tengamos un sistema de tratamiento apropiado, cuando vamos al cine, a un restaurante o a un centro comercial ¿sabemos cuál es el destino de esas aguas residuales?

Desde luego existe, en todo esto, la responsabilidad de los funcionarios públicos, que están para resolver los problemas y dar viabilidad futura a los habitantes de la región. No lo están haciendo y, por desgracia, la sociedad civil tampoco tiene la visión y la fuerza para obligar a los servidores públicos a que cumplan con la misión para la que fueron designados.

Tulum, Quintana Roo
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