Dreamers

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Eduardo del Buey
Foto: Reuters
La Jornada Maya

Viernes 8 de septiembre, 2017

La decisión del presidente Trump de patear la situación de los llamados dreamers (Hombres y mujeres jóvenes que fueron traídos a los Estados Unidos ilegalmente por sus padres a una temprana edad y han crecido allí) al Congreso ha afectado la vida de 800 mil personas y de sus familias, causándoles gran estrés y miedo del futuro. Esta acción, junto con los tuits en los que señala que “revisitará” el asunto en seis meses si el Congreso no toma una decisión, tienen por objetivo disociarlo del problema, dándole a su base la satisfacción de saber que su presidente ha actuado, mientras prepara al Congreso para asumir la responsabilidad si no pueden o no actúan oportunamente.

Todos estos dreamers han pasado inspecciones policiacas – todos son libre de cualquier dejo de criminalidad. Sin embargo, sus padres rompieron la ley. Todo se resume en preguntarnos si los hijos deben pagar por los errores de los padres. Aun cuando esta es una pregunta válida, debería ser hecha sobre el entendido de que los dreamers mismos no son culpables de cualquier intento de romper la ley, pero ahora son sus víctimas.

Los dreamers tienen por lengua madre el inglés en la mayoría de los casos, y muchos de ellos son estudiantes universitarios o graduados que bien podrían contribuir a la sociedad que les abra las puertas. De hecho, un porcentaje de ellos ha servido en las fuerzas armadas estadunidenses, y continúan haciéndolo.

La mayoría de ellos parece nunca haber tenido contacto con sus “países de origen”, pues eran muy jóvenes cuando sus padres se los llevaron a los Estados Unidos. Debido a que ahí estaban de ilegales, no podían regresar de visita a sus hogares regularmente, para experimentar sus culturas originales y echar raíces. De hecho, la mayoría tiene solamente un conocimiento básico de sus tierras nativas. Habiendo pasado la mayor parte de sus vidas en los Estados Unidos, es justo asumir que su identidad, sueños y aspiraciones yacen en la América del norte anglosajona, y no en otras partes.

El gobierno mexicano ha emitido declaraciones en apoyo a los dreamers mexicanos, y se ha comprometido a recibirlos con los brazos abiertos. Esto podría ser benéfico para el país. Recibir una gran cantidad de profesionales estadunidenses educados y entrenados podría contribuir a la economía nacional. México tiene la tarea de recibir 680 mil dreamers que son, de hecho, ciudadanos mexicanos.

Pero, podría la economía mexicana realmente recibir a 680 mil jóvenes (y sus familias), la mayoría de los cuales sólo tiene un conocimiento rudimentario del español y unos cuantos nexos con un país que no recuerdan o no conocen.

¿Podrían los países centroamericanos, golpeados por la corrupción, economías débiles, estructuras sociales y altas tasas de desempleo, ofrecer un hogar y un futuro a sus dreamers, quienes han tenido poco contacto con estos países y cuyo conocimiento de los mismos está limitado a las conversaciones que tuvieron con sus padres del tema?

Una situación difícil.

Como canadiense, puedo visualizar otras opciones.

Aceptar a un buen número de estos dreamers, quienes hablan inglés, tienen historiales criminales limpios, y tienen estudios universitarios estadunidenses, tendría sentido. Al no ser refugiados en el estricto sentido legal, los dreamers llegarían a Canadá con la habilidad de empezar a trabajar y contribuir con Canadá y la economía canadiense, desde el primer día.

Hay argumentos que podrían ser utilizados por aquellos que se oponen a la inmigración en Canadá. Por ejemplo, podríamos preguntarnos si la economía nacional puede absorber un número grande de dreamers. Si los canadienses están dispuestos a recibirlos con los brazos abiertos. Si los canadienses no han sido influenciados por las actuales políticas antinmigrantes de muchos líderes populistas alrededor del mundo.

Yo argumentaría que Canadá hizo lo correcto cuando aceptó a miles de refugiados de Uganda en los setentas, y miles más de Vietnam en los ochentas, la mayoría de los cuales tenían muchas menos credenciales y habilidades que los dreamers actuales. La mayoría de estas personas han hecho grandes contribuciones a la economía y sociedad canadienses y, con el paso del tiempo, los dreamers podrían hacerlo también.

El gobierno canadiense ha sido criticado por abrir sus puertas a aquellos que tienen poca experiencia o habilidades relevantes, y que no hablan francés o inglés, y que dependen de la generosidad del gobierno para sobrevivir, tras su llegada al país.

Abrirle las puertas a los dreamers sería un acto de amabilidad con miles de personas que se enfrentan a un futuro incierto y, posiblemente, cruel, pero que pueden llegar a Canadá con poco apoyo del gobierno, posiblemente con limites bien marcados, de acuerdo con la situación y para asegurarse que los costos al erario sean limitados.

Una situación en la que, desde la perspectiva política, social y económica, todos ganan.

Esto enviaría una señal de que Canadá se mantiene como un estado con sus puertas abiertas, a pesar de los movimientos globales que buscan restringir la migración y que esposan políticas nacionales chauvinistas, al mundo. Enviaría un mensaje a los Estados Unidos, al darle un ejemplo a la inepta administración actual, de la necesidad de adoptar políticas coherentes, especialmente aquellas que puedan beneficiar a la economía y sociedad estadunidenses.

Finalmente, enviaría el mensaje al mundo de que adoptar políticas más humanas cuyo objetivo sea restablecer a personas que encaran, en sus lugares de origen, incertidumbre o la posibilidad de expulsión (y en este caso los Estados Unidos son “el hogar” de la mayor parte de los dreamers), puede producir una situación favorable para todos. También podría llevar a que otros países como Australia, Nueva Zelanda y el Reino Unido, debido al ejemplo, abran sus puertas a estos potenciales futuros ciudadanos que ya son fluidos en el inglés, están bien educados y aclimatados a la cultura anglosajona.

Canadá siempre ha sido vista, globalmente, como una sociedad abierta y libre, dispuesta a hacer lo correcto en el momento correcto y creando una situación favorable para tanto los refugiados como para el país entero. De hecho, el mismo ministro de inmigración canadiense fue un refugiado de Somalia cuando inmigró al país hace 24 años.

Mientras mandaba este artículo para su publicación, me enteré de que la senadora canadiense Ratna Omidvar ya propuso que sean aceptados en el país 30 mil dreamers.

Este es un buen comienzo.

La senadora Omidvar debe continuar este diálogo con sus compañeros parlamentarios, y con el gobierno canadiense, para encontrar una manera de hacer que esto se vuelva una realidad.

En este caso, lo correcto está aquí, ahora.

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