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Mario Barghomz
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Viernes 6 de octubre, 2017


[i]La edad de un adulto mayor, sin duda[/i]
[i]es un don, pero también una tarea[/i]


Atravesamos hoy una época donde después de siete mil años en que tuvieron asiento nuestras primeras culturas, nunca habíamos visto tantos ancianos vivos en el planeta.

Naturalmente esto se debe, sobre todo (aunque los pesimistas y renegados siempre estén dispuestos a debatirlo), a la calidad de vida actual, al elevado desarrollo científico y tecnológico, los avances médicos, la dieta alimentaria, la higiene y la formación educativa. Todos ellos, elementos para que adultos mayores, de este nuevo siglo y del reciente estreno de milenio, sea más proactiva, autodependiente y sana.

Nunca como ahora hubo tanta gente, con más de 60 años, viviendo en el planeta, puesto que todavía a finales del siglo XIX la perspectiva de vida para la población mundial en general, no rebasaba los 45 años. Y en épocas anteriores la mayoría de la gente en el mundo no vivía más de treinta años.

Hacia 1900 el número de personas mayores de sesenta años se estimaba en 15 millones, menos del 1 por ciento de la población total. Dentro de 3 años (en el 2020) habrá en el mundo más de 700 millones de personas mayores de 65 años, más del 20 por ciento de la población mundial.

Los ancianos de ahora, por su número y condición de vida, representan sin duda el avance evidente de la evolución humana. De tal manera que con lo que hay que lidiar ahora no es con la muerte temprana, sino con la enfermedad generada en muchos casos por la edad. Porque si bien es cierto que la gente de hoy logra ser más longeva, tampoco quiere decir que lo haga sin tener que atender la vida en esta etapa.

El cáncer, el Párkinson, el Alzhéimer y otras enfermedades crónico-degenerativas, son sin duda los nuevos dilemas contra los que hay que luchar y a los que tenemos que sobrevivir, al menos, por más tiempo.

Pero fuera de ello y salvo los casos también de indigencia, pobreza y relegación familiar; los nuevos adultos deben vérsela consigo mismos ante una circunstancia nueva y diferente a todo lo ya vivido por la humanidad. “En la vida uno puede vencer todo aquello que nos salga al encuentro –dice un pensamiento japonés–. Pero lo verdaderamente difícil es vencer al mal en uno mismo”.

Mi trabajo en talleres y cursos que he diseñado especialmente para adultos mayores, y sólo después de varios años de lectura, investigación y ejercicio, me ha hecho entender que la edad mayor representa para todo ser un nuevo renacimiento, una nueva edad, única y distinta que nos permite la oportunidad de volver a vivir, tener emociones y experiencia, expectativas y propósitos que nunca antes se habían vivido con el amor, la familia, los amigos y uno mismo. Además de la paz, la tranquilidad y la quietud que a otra edad son prácticamente imposibles en el itinerario cotidiano.

Tener más de sesenta años es una nueva oportunidad que nos brinda la vida para hacer, pensar, sentir y vivir lo que nunca antes hemos hecho. Para ello es necesario replantear nuestras expectativas, hacer los cambios necesarios; manteniendo, por supuesto, aquello que consideramos aún relevante. Apearnos a ella sin mucho equipaje; sólo con aquello que consideremos altamente significativo. Porque si bien es cierto que hay que estar plenos, también hay que aprender ahora a crear espacios de supervivencia, amor y fraternidad.

Un cuerpo que no ha aprendido, es sólo una extensión de una mente desperdiciada y una vida suspendida o perdida en el limbo de la inseguridad y la debilidad de la edad mayor. La dignidad de un anciano no radica sustancialmente en su edad, sino en su madurez.

En el Evangelio de Juan (Jn.3, 1-21), Jesús le dice al viejo Nicodemo que, ante las limitaciones de su edad y su idea de ser, debe “volver a nacer”; ser menos físico y más espiritual. Nicodemo, que siendo un maestro judío ahora cree en la palabra de Jesús, no debe resignarse ante sus límites, pero debe desechar su autosuficiencia y dejarse renovar por el espíritu.

Así, atendiendo el evangelio; nuestro nuevo renacimiento tendrá que valorar cada año, cada mes, cada semana, cada hora y cada minuto del día para que valga la pena y, si se acaba, que bien haya valido la pena. Sólo entonces la muerte también podrá ser bienvenida, sin miedos ni excusas, porque es ella la gran liberadora de todo exceso, todo dolor y todo cansancio. Es ella quien finalmente nos acoge en el espíritu y nos muestra el camino de regreso a Dios y lo eterno. ¡Cómo despreciarla después de haber vivido!


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