México, país de ensueño

Habitantes apabullados, indiferentes, enajenados

Margarita Robleda Moguel
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Martes 13 de febrero, 2018

Me preparo para un viaje largo en busca de imágenes y experiencias. Mientras organizo papeles, me pregunto cómo sería escribir una nota de las que acostumbro compartir sobre las visitas a otros países si viniera del otro lado del mundo por primera vez a México.

Qué país más hermoso. No me canso de mirar su belleza, de disfrutar su diversidad: ¡tiene todo! Selva, desiertos, petróleo, playas maravillosas, ciudades hermosísimas, gente encantadora.

No me había tocado un país con tanta riqueza gastronómica. ¡Una delicia! Su gente es amable y hospitalaria, alegre y gentil. Es un país tan grande, que se puede encontrar una gran variedad de personalidades producto de 56 culturas indígenas y mezcla con personas de todos los rincones del planeta. Los observo curiosa: les encanta la fiesta y como son muy generosos, gastan hasta lo que no tienen a la hora de festejar. Aunque ya en confianza, platicando con algunos, me contaban que andan medio “norteados”, ¿enojados? Están apenas en la pre campaña política y ya los candidatos han gastado lo equivalente a todas las medicinas que hacen faltan en los hospitales, todo el material y reparación de aulas de las escuelas, toda la cultura que habrían podido disfrutar sus ciudadanos. Están tan “sacados de onda” que, en algunas ciudades, su lugar favorito para encontrarse son los velorios que abundan con tanto “ajuste de cuentas”. Me pregunto si ahí es donde les gusta juntarse o si es porque en los últimos años, con el recorte al presupuesto para la cultura de apoyos al teatro, actividades artísticas y promoción a la lectura, sólo tienen los centros comerciales o las capillas de velación para socializar, y los centros comerciales como quiera les cuesta.

Me dicen que al presidente actual lo eligieron por guapo. Una televisora local le hizo una telenovela y la boda de ilusión fue casi en la víspera del día de la votación. Ahora la cosa está del “cocol”, palabra que usan para decir que está difícil; a la televisora ya casi nadie la ve y los candidatos no “atrapan” a los votantes. El pueblo está harto de tantas mentiras y abusos. La gente recibe encantada de cada partido: su gorra, camiseta, bolsa de sopa y un billetito, y al final me pregunto si llegarán a votar.

Y es que, cómo no van a estar hartos de tanta impunidad. Por lo menos cinco ex gobernadores andan prófugos de la justicia y otros se salvaron porque “maquillaron” mejor las cuentas, pero de que la gente sabe, sabe. Y algo que no logro comprender: ¡el gobierno patrocina a los partidos sus campañas! Sí, suena increíble pero es verdad. Que con cierto número de firmas les dan el registro de partido político, negocio que ha resultado muy atractivo para varios y que, mientras logren un mínimo puntaje, sin importa el color de las alianzas, puedan continuar su comercio de votos y premiar a sus elegidos con curules plurinominales.

Qué pena. México tiene todo para ser un país de ensueño. Pero veo a sus habitantes apabullados, indiferentes, enajenados. Me recuerda el ambiente de tristeza que percibí en Líbano después de 15 años de guerra fratricida. Pero cómo no van a estar así los mexicanos cuando ven lo que sus gobernantes hacen tan impunemente. Por ejemplo, cerca de Chichen Itzá en Yucatán hay un estacionamiento con todo y señalización en medio de la nada… Ahí está como burlón recordatorio del saqueo. Me contaron que Tenancingo Tlaxcala es el punto de acopio y exportación de trata de blancas y la actividad de “padrote” es, según escuché horrorizada, una vocación atractiva para las nuevas generaciones, y lo peor, todo esto con el conocimiento de las autoridades.

Es una pena. Con la riqueza y conocimiento tan extraordinario que ofrecen sus zonas arqueológicas, no puedo más que pensar que ha de haber sido brutal la conquista, porque una gran cantidad de mexicanos esconde sus raíces indígenas y quiere ser parte del grupo conquistador: ayer españoles, franceses en tiempos de don Porfirio, ahora norteamericanos y me pregunto si, como están las cosas, también querrán ser chinos. Eso sí, a la hora de las tragedias, brota una generosidad extraordinaria en los habitantes de esta nación.

Me voy del país con una sensación mezclada del gusto de haber disfrutado México y un algo de tristeza de verlos como su volcán Iztaccíhuatl, la mujer dormida. Espero de todo corazón que logren despertar y dejar de ser presa de los vientos de la ignorancia y la indiferencia y que, unidos, se reconozcan y comprometan por el bien de México: el país que lo tiene todo.