Una historia de límites (y III)

Congreso de Quintana Roo frente a un reto

Felipe Escalante Tió
Foto: Jorge Ortiz
La Jornada Maya

Jueves 6 de junio, 2019

A finales de noviembre de 1901, el recién electo gobernador Olegario Molina describía al presidente Porfirio Díaz su estrategia para emplear la prensa como vehículo para convencer “por medio de la razón, á quienes no estén convencidos aún, y procurando influir favorablemente en el ánimo de las clases populares cuyo criterio necesita ser bien dirigido”, en el tema de la creación del territorio federal de Quintana Roo.

“Creo que no tendremos en contra más que un reducido grupo de personas, el mismo que se opuso al Tratado de Belize haciendo alarde de un patriotismo mal entendido”, ampliaba Molina, ya por concluir su misiva, que se resguarda en la Biblioteca Francisco Xavier Clavigero de la Universidad Iberoamericana.

En efecto, a partir de diciembre de 1901, personajes como José Inés Novelo, Arturo Castillo Rivas y Tomás Castellanos Acevedo publicaron en el periódico El Eco del Comercio sus argumentos sobre la legalidad y conveniencia de erigir el Territorio Quintana Roo, separando de la jurisdicción yucateca la parte oriental de la península, conforme a un plano elaborado previamente en la Ciudad de México. A decir de Olegario Molina, estos amigos suyos opinaban de acuerdo con él “y con la mayoría de la gente sensata que se muestra favorable a la idea”.

Eventualmente, lo que fue una cuestión que movió pasiones dio paso a episodios de oposición más bien simbólicos, en los espacios donde se esperaba el mayor debate; es decir, en las legislaturas. En mayo de 1902, por ejemplo, el senador Miguel Castellanos Sánchez, quien había sido gobernador del estado por unos meses en 1874, se enfrentó en tribuna nada menos que a Manuel Molina Solís, hermano de Olegario. Castellanos Sánchez, según recoge la prensa de entonces, manifestó “que un ciudadano yucateco, de cualquier modo que favorezca la mutilación o desmembramiento del territorio del Estado, será encausado por traidor y castigado como tal. Y el que habla, señores Senadores, preferiría cien veces la muerte, antes que llevar grabado en la frente el estigma degradante de traición”.

La respuesta de Molina implicaba, en uno de sus argumentos, que debiera pesar más el interés nacional que el local; pues aunque era cierto lo que esgrimía el senador Castellanos Sánchez, representante también de la generación de veteranos de la guerra contra el Segundo Imperio.

Delimitar las fronteras entre Campeche, Yucatán y Quintana Roo debe ir más allá de los sentimientos localistas. A lo largo de la historia se da un episodio al respecto que no hace más que ruido y el cruce de correspondencia, notas periodísticas y expedientes, sin que se resuelva el asunto. Así ha ocurrido con la creación del municipio de Calakmul, por parte de Campeche, ahora con la modificación a la Constitución de Quintana Roo. Y mucho antes, ya pasó durante el gobierno de Carlos Loret de Mola.

Lo único que existe de cierto es una mojonera que marca el Punto de Unión Territorial, el famoso PUT. Pero también, a diferencia de lo que ocurría en el siglo XX, los instrumentos de medición geodésica y posicionamiento satelital son mucho más precisos. Las condiciones del país son también otras; Quintana Roo ya no es una zona de refugio de rebeldes levantados en armas contra el Estado mexicano, y a Campeche le vendría muy bien definir su frontera oriental, frente a la tala clandestina en sus reservas de la biósfera. Hay, pues, un interés nacional por resolver el tema.

Toca ahora a los congresos de las tres entidades que conforman la península yucateca demostrar si existe la voluntad política para resolver la cuestión limítrofe. Los hechos históricos, a fin de cuentas, son simples.

El Congreso de Quintana Roo tendrá un reto. A la nueva integración del mismo deberá corresponder una novedosa manera de abordar la legislación estatal, así como de resolver conflictos con los estados vecinos. Sin embargo, el principal desafío que tendrá la 16 Legislatura estriba en demostrar que tiene representatividad, dado el bajísimo porcentaje de participación electoral. Ahora bien, ese mismo porcentaje es indicador de que la población no encontró una postura lo suficientemente atractiva como para salir a votar incluso con el estímulo de la compra de votos en que presuntamente incurrió el PAN; y también el tema es mucho más grave y lo que se tiene en realidad es desinterés por los asuntos públicos; es decir, estamos ante el germen de una nación fallida.

Mérida, Yucatán
[email protected]