Sueños de cada quién

Estatuas de la Villa Blanca

Antonio Martínez
La Jornada Maya

Viernes 23 de agosto, 2019

Muchas versiones existen, aunque ninguna totalmente satisfactoria, acerca del significado del Monumento a la Lámpara de Aceite, el cual recibe al viajero que llega a la Villa Blanca por el Camino Real de Campeche. La versión que difunde el Cabildo, como puede leerse en la placa que nadie lee, es que se trata del Monumento a la Enfermería y su simbolismo refiere a la famosa enfermera Florence Nightingale, quien de acuerdo a la leyenda cuidaba a sus pacientes ayudándose de noche con una lámpara semejante.

Don Guadalupe Terrazas, director de la Facultad de Arquitectura, difiere: El contexto urbano de esta estatua, señala, es una maravilla de planificación metropolitana que incluye obras magnas de referencia, como el Hospital Psiquiátrico, la Penitenciaría y el Hospital General, construidas todas ellas frente al Zoológico del Centenario durante la gestión del licenciado Trinidad Cárceles Trena.

“El Zoológico es una cárcel para animales”, razonó don Trinidad, “así que habrá que construir una cárcel semejante, o mayor, para los ladrones y otra para los locos. Los humanos no podemos ser menos”.

- “Y un hospital para los pobres”, añadió su esposa doña Dolores, “para que no olviden la prisión de la carne”.

- “Buena idea, querida. Y al parque central lo llamaremos el Parque de la Paz, pues ¿qué mejor manera de garantizar la Pax Yucatenensis que amenazar al ciudadano con la celda, el quirófano y el loquero?”.

- “Eres un genio, amor mío, deberían hacerte una lámpara”.

El Monumento de la Lámpara del Parque de la Paz, de acuerdo a esta versión, sería así un homenaje al genio de don Trinidad, creador del triángulo penitenciario urbano.

Otra opinión distinta es la de don Eugenio Tarconi, director del Museo de Artilugios Yucatecos, para quien la lámpara es un monumento al Genio Yucateco, que compite a nivel mundial con maravillosas invenciones más allá del Cero, el Soldadito de Chocolate y el Resistol. El sabio sostiene que si fuera por las enfermeras, hubieran puesto una jeringa.

La realidad es que, ignorante de las versiones oficiales o académicas, la impresión del paseante que encuentra el monumento por primera vez es siempre la misma: Es la lámpara del genio de Aladino, la de los tres deseos, descrita en Las Mil y una Noches. Así, la lámpara del Parque de la Paz recibe miles de peticiones al día; la estudiante que cruza apresurada le pide que su padre encuentre trabajo, que ella apruebe los exámenes semestrales y que su novio se atreva por fin a levantarle la falda; la señora con el hipil tan blanco le pide que se cure el abuelo, que está en el Hospital General, que suelten a su hijo del presidio y que no pierda el autobús de vuelta a su pueblo. Distintos son los deseos del trovador, que le pide una buena noche de propinas, que una gringa lo apapache y que mañana nunca amanezca. Por su parte, el jardinero del parque anhela que la doña le comparta la hamaca esta noche, que haya salbutes para cenar, y que el Cabildo arregle el sistema de riego. El vendedor de globos, camino del Centenario, ruega que se venda toda su mercancía, que su hija se gradúe de secretaria y que su esposa, que en paz descanse, regrese a su lado. Los que sí coinciden en sus anhelos son los miles de k’a’awes que al atardecer descienden con estruendoso graznido a pernoctar en los árboles: piden plumas de colores, comida para mañana y que el Cabildo llene la fuente.

Hasta en sus orígenes es grande el misterio que rodea a esta estatua, ya que nadie recuerda bien quién la puso allí. A este respecto, don Adelfo Chan, un viejo jardinero del Parque, me contó una vez esta bonita historia: hace muchos lustros, vivió en la colonia Chenkú Alberto Ladino, joven ladrón al que ninguna cerradura se resistía y que conquistaba a todos con su simpatía. Una tarde en que se encontraba en el bar La Ruina, libando con su amigo El Mono; se le acercó el usurero Simón Jafar, quien le propuso asaltar esa misma noche los almacenes La Lámpara Maravillosa y robar la nómina que estaba en la caja fuerte. Alberto esperó a que se hiciese de noche afinando su plan, mientras continuaba bebiendo con su compinche hasta ponerse bastante persa. Cuando por fin acometió la tarea, el joven ladrón falló en su trabajo por primera vez; debido a que por su estado de ebriedad despertó al velador y abandonó frustrado el intento, pero al escapar, de puritito rencor, arrancó la lámpara que adornaba la marquesina de los almacenes y huyó con ella. Al cruzar por el Parque de la Paz, de regreso a su guarida, se encontró con Jafar y sus secuaces, quienes enojados con su fracaso lo atraparon y golpearon hasta dejarlo medio muerto. El pobre ladrón fue trasladado en estado de coma al Hospital General, donde estaba de guardia la bella enfermera Jazmín Ruiseñor, quien lo cuidó durante mil y una noches hasta que recuperó la consciencia. Lo primero que vio Alberto al despertar fueron los orientales ojos de Jazmín, después su misteriosa sonrisa y desde ese momento su vida cambió para siempre.

La lámpara fue encontrada por el jardinero del parque, don Florencio Pat, quien, como también le sabía de albañil, le hizo una modesta base con unos tabiques que encontró y la pegó con cemento. Con el paso del tiempo, sucesivos Cabildos fueron mejorando y elevando la base, hasta alcanzar su estado actual, con bello alicatado de mosaico de baño de color naranja y rojo.

Decía don Adelfo, que oyó la historia directamente de don Florencio, que las enfermeras al fallecer se transforman en hadas, y que los ladrones simpáticos se transforman en Aladinos. Sus espíritus viven dentro de la Lámpara de los Deseos y, en las noches en que el mágico polvo de la ceiba duerme a toda la Villa Blanca, salen a bailar danzón en el Parque de la Paz bajo la luna tropical. Que es cosa digna de verse.

Mérida, Yucatán
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