Un ángel tatuado

Mérida 233

La Jornada Maya
Foto: Luis Castillo

Viernes 23 de agosto, 2019

El Ángel de la Independencia -que por cierto es mujer- debe estar orgullosa del tatuaje que le han dejado sus hermanas, las que por fin alzaron la voz, el puño, el coraje y dijeron ¡basta!

Lo dijeron dejando salir una furia que -en una sociedad machista y misógina- reservamos y damos como privilegio y monopolio absurdamente legítimo a los hombres, a los machos, a los brutos.

Por fin -sí, por fin- el Ángel tiene dibujos que son de su género y no abominaciones de aficionados de fútbol borrachos, hooligans o políticos que no saben perder o ganar. Por fin esa criatura etérea porta un tatuaje fraterno, uno que sin duda ha de hacerla sonreír y decir: “voltéenme a ver como mujer, como mujer alada, como mujer victoriosa pese a todos los tropiezos nacionales y sociales”.

Ella, la invicta habitante de esa columna, debe querer que la veamos para que nos cuente todas las atroces historias que ha presenciado desde su elevado pedestal: mujeres golpeadas, violadas, injustamente acusadas, asesinadas, denigradas, arrumbadas y convertidas en objeto de uso y placer.

No, no le podemos decir violentas a las dos mil mujeres que marcharon como muy aguda punta de lanza de millones más. Yo no me atrevería, sería un acto de cobardía.

Decirle violentas a ellas sería llamarle violentos a Hidalgo, a Morelos, a Juárez, Zapata, Cárdenas o al que quieran; sería etiquetar como violentos a todos los que lucharon por la Independencia, la Revolución o las transformaciones nacionales sin pedir permiso, sin estar de rodillas, sin esperar que sus derechos fueran regalos graciosos que los amos coloniales, el patrón latifundista o el autoritario político concedieran.

Sin duda el Virrey desde su Palacio, que sigue en el Zócalo, se indignó cuando escuchó lo que Hidalgo, Morelos, Allende y Aldama hacían en el Bajío, “violentos y bárbaros” los debe haber llamado. A Zapata lo vilipendiaron como el Atila del Sur, el sanguinario y obtuso salvaje, pero ningún mexicano en su sano juicio hoy lo llamaría así.

El único violento de esa tarde del 16 de agosto fue un hombre, un reventador político profesional que agredió a un reportero; lo demás fue desobediencia civil breve y mínima, un flashazo que nos mostró en un segundo la oscuridad que ellas sufren a diario.

Se acuerdan cuántos políticos de cuántos partidos han llamado a la desobediencia civil desde la izquierda o la derecha pero los perdonamos porque eran hombres. “A ellas hay que medirlas con otra vara” pareciera que muchos dicen en voz baja o disfrazada.

Claro que la marcha fue estridente, porque lo que escuchamos fue un grito atrapado demasiado tiempo en demasiadas gargantas; y como todo grito conmovió, rompió y, sobre todo, nos hizo voltear a ver, a verlas.

Ningún cambio o revolución ha ocurrido sólo por las buenas, sólo como favor, sólo suplicando, sólo con resignación y abnegación. El poder, sea el político, el económico o, en este caso, el de género, nunca se ha entregado o repartido mejor por pura bondad de corazón. Si por mí fuera, que el Ángel de la Independencia se quede así.

No deberíamos quitarle ese tatuaje de pintura en aerosol hasta que no le hayamos quitado a este país y sociedad la vergonzosa mancha de la violencia doméstica, de las mujeres discriminadas en su trabajo, de los padres que las hacen menos, de los chacales que las matan y mutilan. Que no le quiten la pintura. Que el Ángel lleve ese tatuaje como quien porta una orgullosa cicatriz de batalla.

No y No. Cuando la víctima de brutalidad policial grita, hay que arropar y consolar su grito. Cuando la violada rasguña y rompe la ropa o la piel de su agresor, hay que estar con ella, no ponernos a reparar los botones del monstruo. Cuando la secuestrada patea la lámina de la cajuela del auto en que la meten, hay que ayudarla en sus patadas. Cuando la abusada le da una cachetada al maldito manoseador, hay que prestarle nuestra mano para que le dé otra. Cuando la esposa nos muestra el moretón en el ojo, no hay que consolar al bruto por el bendito arañazo que se llevó en la desigual refriega.

Bravo por la Victoria Alada que presume el tatuaje que sus hermanas le dieron y que seguro los hombres -que quieren su ciudad y su cancha de juegos políticos (Avenida Reforma), sumisa, maquillada e inmaculada- pronto le van a borrar y hacer olvidar.

Son muchos los que no quieren ver a las mujeres pintando una raya, pero esta vez ellas se hicieron ver. Bravo, sin regateos.

La lucha por la igualdad tiene muchos frentes. A veces el silencio y los modales pueden ser cómplices y ruines; a veces el grito y el grafiti son la opción más noble y valiente. Depende del horror de los tiempos y estos son tiempos horrorosos, de plomo y sangre.

Este es un Ángel nuevo, rebelde, color rosa profundo, rosa mexicano. Que así se quede.

*El papel arde a los 233 grados centígrados, tal como lo hace en la inmortal novela de Ray Bradbury, Fahrenheit 451.

Mérida, Yucatán
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