Juan Pablo Duch
La Jornada Maya

Moscú, Rusia
Lunes 9 de septiembre, 2019

Los resultados de los comicios celebrados el domingo anterior en Rusia, dados a conocer este lunes, confirmaron lo que era previsible: el Kremlin, por un lado, no cedió ninguna de las 16 gubernaturas en juego y, por el otro, la oposición, impedida de participar, logró romper el monopolio del partido oficialista Rusia Unida en la capital con su propuesta de “votación inteligente”.

Este último modelo sugerido por el líder opositor Aleksei Navalny de forma experimental –votar por el candidato con más posibilidades de vencer al aspirante oficialista, encubierto como “independiente”, al margen del partido que represente– hizo posible que la asamblea parlamentaria de Moscú tenga ahora casi la mitad de legisladores que formalmente no provienen del partido oficialista: 20 escaños del total de 45, sumados los 13 diputados del partido comunista, los 4 de Yabloko de centro-derecha y los tres de Rusia Justa.

A pesar de la escasa asistencia, menos del 22 por ciento del padrón, que muestra el poco interés por estos comicios, el partido gobernante tiene, por primera vez en la capital rusa, donde vive el diez por ciento de la población del país, una frágil mayoría, muy diferente a la casi totalidad –cerca de 40 escaños– de la legislatura anterior.

Por supuesto, se trata de una victoria simbólica, en la medida en que poco podrá cambiar a la hora de instrumentar la política en Moscú, pero a la vez significativa al destruir el mito de la imbatibilidad de las autoridades, convencidas de que, con todos los recursos a su alcance, nada parecido podía suceder.

Es curioso observar qué va a pasar con los diputados comunistas que ganaron no tanto por su programa, sino porque se beneficiaron del voto de castigo propuesto por la oposición extraparlamentaria. Algunos acabarán plegándose, como sucede en la Duma federal, a los intereses del Kremlin, pero otros no querrán aparecer como traidores a quienes votaron por ellos.

Navalny, que no consiguió que Rusia Unida perdiera la mayoría de la Cámara, puede darse por satisfecho ya que su “votación inteligente” dejó fuera a personajes impopulares como Andrei Metelsky, el inamovible líder oficialista en Moscú, o Valeria Kasamara, vicerrectora de la Universidad Escuela Superior de Economía, postulada en el distrito de Ilia Yashin, quien era el favorito para ganar, considerada segura vencedora sobre todo después de que a él se le impidió participar con toda clase de pretextos.

Estas elecciones demostraron que hay una gran brecha entre Moscú y el resto del país, en cuanto a posibilidades de “ajustar” los resultados a los intereses de las autoridades.

En San Petersburgo, por ejemplo, hubo todo tipo de irregularidades y abusos para asegurar que el “independiente” promovido por Moscú, Aleksandr Beglov, sin rivales en las boletas, pueda ser proclamado gobernador.

Más o menos lo mismo ocurrió en las otras regiones que iban a elegir gobernador –se impusieron cinco candidatos con bandera de “independiente” y diez sin renegar de Rusia Unida–, y sólo en el parlamento de Javarovsk obtuvo mayoría un partido diferente al oficialista.

A la vez, aun sin alcanzar la mayoría, los candidatos a diputado que no se identifican con el partido gobernante comenzaron a tener la posibilidad de hacer oír su voz discordante en los parlamentos locales de las trece regiones en que hubo votación.


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